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La maestra autoritaria (2)


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Esa noche regresé a casa sumida en mis pensamientos, preocupada de que la situación se saliera de control. En realidad, nunca antes me había aventurado en ese tipo de juegos, nunca había explorado esa faceta dominante con nadie. Sin embargo, mi corazón latía con fuerza cada vez que lo hacía, era como una descarga de adrenalina. A pesar de ello, el temor a perder mi trabajo estaba presente: no solo por el riesgo de ser descubierta, también por el hecho de que la esposa del director pudiera averiguarlo o incluso que él perdiera el control. No sabría qué hacer si se rebelaba o actuaba de forma imprudente. Por un momento, pensé en la pobre esposa, pero pronto aparté esos pensamientos al desnudarme, acostarme y comenzar a jugar con mi cuerpo recordando cómo sometí a mi jefe y todo lo que planeaba hacerle.

Al día siguiente, comencé las clases con normalidad, aunque mi mente estaba preparada para cualquier escenario. De hecho, ya estaba inmersa en mi propio juego y parecía no poder detenerme.

En el receso, lo vi y noté que intentaba ignorarme, sin embargo, puse en práctica mis dotes de seducción. Cruce de piernas constantemente, acariciaba mis muslos suavemente y de manera sugerente, asegurándome de captar su atención de manera disimulada. Al mismo tiempo, trataba también de observarlo de forma discreta. De repente, se acercó a mí y supe que pediría otra reunión, lo cual me hizo dudar, ya que tantos encuentros podrían levantar sospechas. Cuando por fin se acercó, me saludó cortésmente.

-Profesora Alexa, espero que se encuentre bien. Sé que puede resultar tedioso, pero necesitamos hablar antes de la salida de clases, especialmente sobre su forma de vestir. Parece que las quejas persisten. Lo espero en mi oficina.

Y se retiró dejándome allí, casi sin darme la oportunidad de responder. Llegó entonces el momento de la reunión. Al entrar, esperaba encontrarme con mis colegas reunidos, pero en cambio me topé con el director observándome seriamente desde su escritorio. Me senté como de costumbre, lanzándole una mirada coqueta, pero él mantuvo su gesto serio. De repente, comenzó a hablar.

-Señorita Alexa, lamento tener que abordar este tema nuevamente, pero he recibido más quejas sobre su vestimenta y sinceramente no sé cómo calmar las aguas. Parece que tendré que pedirle que reflexione sobre mi petición una vez más.

Era evidente que intentaba manipularme, por lo que decidí llevar el juego a otro nivel, preparada para ello. Adopté una expresión de tristeza y lo miré a los ojos como una niña buena, diciéndole:

-¿Qué opina usted de mi vestimenta, señor? ¿No le agrada mi vestido de hoy? -mientras lo acomodaba un poco- ¿O acaso considera que no luzco bien? -mientras abría mis piernas, mostrando que no llevaba ropa interior y dejando al descubierto mi entrepierna ya húmeda.

El pobre hombre palideció. Me puse de pie, me coloqué frente a él, le acaricié el rostro y con un gesto lo hice inclinar su cabeza. Él sabía lo que debía hacer. Bajó la mirada y abrí mis piernas, mientras él se aferraba a ellas, las besaba y chupaba. Yo agarraba su cabello con firmeza, sin dudarlo, lo tomé con determinación y lo guié hacia mi entrepierna. Ansiaba sentir una lengua adentrándose en mí, explorando mi clítoris, y así lo hizo. El desdichado sabía cómo realizar sexo oral de forma magistral, estaba disfrutándolo y él también, pues no dejaba de complacerme. Tomaba mis nalgas y las separaba mientras se entregaba a su labor con desesperación. Estaba sumamente excitada y necesitaba ligarlo más a mí. Lo aparté, tomé su corbata, me puse a cuatro patas en el sofá y le dije "CHUPA". Sin necesidad de más palabras, se dispuso a explorarlo todo, desde mi vagina hasta mi ano. Nadie había realizado algo similar en mi vida, pero en ese momento ya no pensaba, simplemente me dejaba llevar por mis instintos.

Tomé su cabeza con más fuerza y moví mis caderas hacia atrás, deseaba alcanzar un orgasmo lo más pronto posible, ya no aguantaba más. Sin embargo, quería retrasar lo inevitable, así que lo aparté y le dije:

-Quítate los pantalones

Él, ingenuo, se los quitó rápidamente, pensando que tendría relaciones sexuales conmigo. Pero no. Quería jugar y aún quedaban cosas por hacer. Entonces, le ordené que se masturbara frente a mí, y así lo hizo arrodillado, mientras yo me acariciaba y abría mi vagina para que él pudiera ver cómo me humedecía, manchando el sofá. Él se masturbaba lentamente, deseaba que experimentara sufrimiento y que comprendiera que no sería tan sencillo. Por eso, le hice señas para que se acercara, pero le ordené que no se detuviera, sino que continuara masturbándose. Cuando estuvo cerca de mi vagina, tomé su cabeza y le dije:

-Haz que llegue al clímax en tu boca. ¿No deseas probar mis fluidos?

Sin pronunciar palabra alguna, prosiguió masturbándose mientras me estimulaba con su boca. En ese instante, perdí el control y comencé a imaginar cómo él se acercaría a su esposa con la boca llena de mis fluidos y la besaría. Esa idea me excitaba y terminé empapando por completo su rostro y su cabello. Él no cerró la boca en ningún momento. Me levanté, él permanecía arrodillado, y le ordené que besara a su esposa de la misma forma que el día anterior. Me vestí y me fui.

Me sentía poderosa. Ser dominante frente a mi jefe me resultaba emocionante. Me excitaba más que cualquier encuentro sexual previo. Decidí continuar con el juego, pero llevándolo a otro nivel. Quería controlarlo y ver hasta dónde llegaría. Experimentaba ansiedad por ir a trabajar, nunca antes ansié tanto asistir al instituto desde que inicié este juego. Ahora, deseaba más que nunca ver al director de rodillas.

Al día siguiente, al encontrarme con el director, mantuve su mirada y percibí su vergüenza. Sabía que ahora debía tomar las riendas. Durante el receso, tomé la decisión. Ingresé a su oficina, cerré la puerta y lo vi sorprendido al verme entrar a esa hora. Lo observé con determinación y le dije:

-Arrodíllate

De manera tímida, lo hizo. Levanté mi falda (sin ropa interior) y hundí su cabeza en mi vagina. Sentí su lengua explorando y su dificultad para respirar. Estaba excitada, el morbo de la situación me dominaba. Luego, lo levanté y lo empujé sobre su silla. Le ordené abrir las piernas. Quitándome un tacón y quedando con un pie únicamente cubierto por la media, lo posicioné entre sus piernas. Percibí su erección, era un pene común, pero eso no me importaba. Mi deseo era torturarlo, que comprendiera que de ahora en adelante haría lo que yo deseara. Presionando su pene con mi pierna y moviéndola hacia abajo, observando su semblante enrojecido y sus ojos que hablaban por sí solos, le interpelé:

-¿Harás lo que te pida?

-Sí, lo haré -respondió con voz temblorosa.

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-¿Sí, qué?

-Sí, señorita

-Así me gusta. Ven, quiero que me limpies (unos de mis fluidos descendía por mi muslo).

Él se arrodilló nuevamente y comenzó a limpiarme. En ese instante, sonó el timbre del recreo. Me recompuse y le indiqué:

-Nos vemos a la salida. Quiero que estés desnudo cuando llegue.

Me dispuse a dar clases, caminando con más seguridad que nunca. No sabía qué me ocurría, aquella no era mi forma habitual de actuar, sin embargo, disfrutaba de la situación. Durante toda la clase, no sabía cómo contener mis fluidos que continuaban fluyendo por mi muslo. Cada recuerdo me excitaba más, deseaba enormemente masturbarme, tanto que me dirigí al baño de profesores y acabé empapando incluso la puerta.

Al llegar la hora de salida, tomé mi portátil para aparentar que trabajaba y que por eso me demoraba. No quería levantar sospechas. Finalmente, al percatarme de que todos habían partido y de que el automóvil del director seguía en su sitio, me dirigí directamente a la dirección. Ansiaba correr, pero moderé mi paso al llegar, evitando mostrar entusiasmo. Al abrir la puerta, me encontré con el director allí.El supervisor sentado en su escritorio, me puse frente a él y le expresé:

-¡vaya! Realmente cumples las órdenes, eso me complace

Él solo asintió con la cabeza, demostrando total disposición. Tomé un pañuelo oscuro y le vendé los ojos, indicándole que esperara, mientras instalaba un trípode compacto para grabar con mi celular. Una vez lista, subí mi falda y le ordené que adoptara una postura sumisa, mientras yo me sentaba en el sofá con las piernas abiertas. Escuchaba su respiración acelerada y sentía los latidos de su miembro, señal de que era momento de avanzar. Por lo tanto, le inquirí:

-¿Cumpliste con lo que te solicité ayer?

Dejó de realizar la tarea y reflexionó.

-¿A qué te refieres?

-¿Recuerdas lo que te pedí después de limpiarme la vagina con tu boca?

-Sí, me pediste que besara a mi esposa al llegar a casa

-¿Lo hiciste?

Inclinó la cabeza y respondió:

-Sí, pero fue un beso breve

-Supongo que no fui lo suficientemente clara en cuanto a cómo debías besarlo. ¡Vamos, continúa con lo tuyo! Supongo que no necesito explicarte que debes besarla con pasión, ¿cierto?

-No señorita

-Así me gusta

Al cansarme de sentir su lengua en mi intimidad, le indiqué que se recostara en el suelo. Su miembro estaba firme como un mástil, así que lo acariciaba con mi pierna, desabroché mi blusa y apreté mis pezones, ansiosa por alcanzar el clímax, pero aún no quería concluir. Me coloqué sobre él como si fuera a cabalgarlo.

-¿Deseas penetrarme?

-Sí, sí, sí

Lo hizo, observando cómo su miembro se hacía más firme con cada caricia que le daba. Lentamente, deslicé una de mis piernas y empecé a estimularlo mientras él continuaba con su labor. Cuando acerqué mi intimidad a su miembro, permití que mis fluidos lo mojaran, invitándolo a entrar, y acerqué mis pezones a su boca sin que pudiera tomarlos por completo.

-¿Cuándo fue la última vez que lo hiciste con tu esposa?

-La semana pasada

-¿Le hiciste sexo oral?

-No, casi nunca lo hago

Me molestó que me dijera eso. Sabía que él era el tipo de hombre que solo buscaba su propio placer y ahora lo tenía, sometido a mis deseos

-¡Eres despreciable! ¿Lo sabías?

Permaneció en silencio, lo tomé del rostro y lo insulté mientras movía mis caderas como si estuviera siendo penetrada, pudiendo sentir la tensión en su cuerpo deseando penetrarme, pero deseaba jugar con él. Comencé a moverme más rápidamente, casi simulando una penetración, acerqué mis pechos a su boca mientras le decía:

-¿Qué estarías dispuesto a hacer por mí?

-Lo que sea, te lo prometo

-Entonces quiero que, al llegar a casa hoy, beses a tu esposa. Luego, quiero que la arrodilles, que introduzcas tu miembro en su boca, que pruebe mis fluidos y después la pongas en cuatro patas para que le hagas sexo oral como nunca antes. Cuando sientas que no puede más, penetrala con fuerza hasta que grite tu nombre. Quiero que lo grabes y me traigas la prueba.

Permaneció en silencio, pensativo, así que sabía que debía ejercer presión.

-Parece que no estás dispuesto a hacerlo por mí

-Claro que sí, te lo prometo que lo haré

Fue en ese momento en que lo penetré profundamente para dejarlo lleno de mí susurrándole al oído:

-Ahora estás lleno de mis fluidos para que tu esposa también los pruebe

Me puse de pie y, agachándome, le ordené que abriera la boca. Comencé a tocarme, sin esfuerzo liberé toda la tensión acumulada, jurando que me desmayaría. Después de recuperarme, me vestí, tomé mi celular sin que él lo notara y me despedí, recordándole lo que debía hacer.

Continuará...

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