Hace un par de años, cuando recién había cumplido los 18 años, se dio aquella experiencia con mi ex pareja. En ese momento, ella tenía 19 años. Era una chica de estatura baja, con unos pechos pequeños pero muy atractivos, y lo que destacaba era su impresionante trasero: redondo, firme y bien formado, con unas caderas prominentes que lucían fenomenales al ser chaparra.
Ese día me encontraba solo en casa, la recogí en su hogar y juntos caminamos hasta el mío. En el trayecto, nos besábamos y comencé a estimularla con mis dedos para ir preparándola para lo que vendría a continuación.
En el camino hacia mi casa, recibí una fotografía suya en lencería, lucía muy sensual con su tanga y sostén negros que la volvían muy atractiva y excitante para cualquier persona.
Una vez dentro de casa, apenas cerré la puerta, ella se abalanzó sobre mí como una fiera en celo. Empezó a besarme apasionadamente y me empujó hacia el sofá. Se subió encima de mí y comenzó a besarme de forma muy provocativa y frenética en el cuello. Yo empecé a acariciar sus pechos y le quité la blusa. Sobre su sostén, besaba sus senos y le daba pequeños mordiscos, los cuales, gracias a sus gemidos, pude deducir lo mucho que estaba disfrutando.
Deslicé mi mano bajo su falda y empecé a acariciar su intimidad sobre su diminuta tanga. Su excitación era tal que ella apartó la tanga y permitió que mis dedos la exploraran. La cargué y la llevé a la cocina, donde la senté en la barra, aparté su tanga y empecé a saborear su vagina completamente empapada de jugos deliciosos. Mientras yo la complacía, ella tiraba de mi cabello y se retorcía de placer, llegando al punto de no poder contener su orgasmo en mi boca.
Se sintió un poco cohibida, pero yo seguí estimulándola y ella gimiendo. En ese momento, me puse un preservativo para la siguiente etapa. La bajé de la barra, la giré y la penetré completamente de una vez. Estaba tan lubricada que entré sin dificultad. Con su rostro apoyado en la barra, comencé a moverme dentro de ella.
A pesar de que intentaba contener sus gemidos tapándole la boca, no podía evitar expresar su placer. Permanecimos así durante unos minutos hasta que me retiré. La llevé de regreso al sofá, me senté y ella se montó sobre mí para cabalgarme de forma intensa. Se movía, gemía, saltaba y gritaba hasta alcanzar su segundo orgasmo, pero en esta ocasión no se detuvo y siguió cabalgando hasta que estuve a punto de llegar al clímax. Entonces, se apartó de encima, se arrodilló y comenzó a practicarme sexo oral de forma apasionada, como si de ello dependiera su vida. Justo cuando estaba a punto de terminar, acercó sus senos y me pidió que acabara sobre ellos. Me masturbé hasta eyacular sobre sus pechos, dejándola completamente empapada. Ella esparció mi semen por todo su cuerpo y de manera muy excitante lamió su pecho cubierto de mi líquido espeso y caliente.
Ella me sugirió ducharnos juntos, y continuamos disfrutando en el baño un poco más. Luego salimos, nos vestimos y la acompañé a su casa, no sin antes decirme que fue el mejor encuentro sexual que había experimentado en su vida.
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