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Con malestar en la garganta


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Fue totalmente inesperado, sinceramente mi garganta me dolía mucho, de verdad, y ella me comunicó por teléfono que pasara a recoger un remedio que tenía en su domicilio, ya que es enfermera y vive muy cerca de mi casa.

Al abrir la puerta y verme, con su cabello encrespado y largo, sus ojos grandes y hermosos, tipicamente criollos, y sus labios carnosos, no pude resistirme, y decidí actuar bajo el lema de que los besos no se piden, se arrebatan. La besé con delicadeza en primer lugar, sus labios me cautivaron, suaves y seductores.

Anteriormente, la había intentado cortejar en numerosas ocasiones en el vecindario, siempre tan refinada, formal y femenina, pero nunca obtuve respuesta. Y ahora la besaba apasionadamente. Al separarse, me dijo:

- Si no me sueltas y te marchas, voy a gritar.

- Sí, por favor, los gritos me resultan muy excitantes. Y me lancé de nuevo.

La conduje suavemente hacia un pilar, donde se apoyó de espaldas mientras correspondía a mis besos.

Comencé a acariciar su cuerpo. Cada vez que liberaba su boca, emitía un gemido que gradualmente fue disminuyendo en intensidad y volumen hasta desaparecer por completo.

Cuando ya tenía sus piernas rodeando mi cintura y percibía su respiración agitada, me confesó:

- Poseo una horrible cicatriz en medio de mis pechos. Su expresión era seria y parecía estar expectante.

- Cualquier mujer desnuda dispuesta a amar y ser amada es extraordinariamente hermosa. Fue mi respuesta improvisada, no es una frase propia, la leí en algún lugar, me gustó y realmente concuerdo con ella.

Desnudamos rápidamente, verifiqué la existencia de su cicatriz y admiré el hecho de que hubiera vencido sus inhibiciones, dejando a un lado la vergüenza para entregarnos al amor. Alguien que supera sus miedos por mí, alimenta mi autoestima.

Cada parte de ella me parecía hermosa.

Y allí, en el suelo de su sala de estar, comenzamos a explorarnos. Recorrí todo su cuerpo con mi boca, mi lengua acariciaba cada centímetro de su piel. Descendí hasta su preciosa vagina, la cual me bañó el rostro con sus fluidos mágicos. Sus muslos no me permitían escapar de esa situación, estaba al límite de mis emociones, mi erección era impresionante, intenté penetrarla, su desnudez me maravillaba, admiré sus escalofríos, la dulzura de sus ojos cerrados, sus labios, todo generando una experiencia que parecía surrealista.

Y entonces llegó el milagroso instante de sentir cómo se abre una mujer que anhela desesperadamente la presencia de un hombre en su interior, mi pene abriéndose paso entre sus piernas, sintiendo su piel lubricada cediendo ante mi penetración, nuestras respiraciones y salivas fusionadas en una sola, logrando ese ritmo frenético de sincronizar nuestros movimientos que culminó en un intenso orgasmo suyo, expresado sin temor ni pudor con gritos y gemidos pidiendo más. Y cuando ya no pude contenerme, retiré mi miembro y sus manos apretándolo sin compasión, terminaron por estimularme hasta que mi semen se derramó en sus maravillosos pechos. Empecé a percibir alternativamente frío y calor, mi cuerpo reaccionaba con sensibilidad extrema mientras sus manos no cesaban de estimular mi miembro, a pesar de haber vaciado todas mis energías.

Nos llevó unos minutos recuperarnos del agotamiento tendidos sobre su alfombra. Y cuando ya no sabía qué depararía el futuro, ella posó su mano en mi frente y afirmó:

- Tienes fiebre, no debes salir, quédate, me encargaré de cuidarte.

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