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El muchacho y la mujer


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Inicié en un nuevo empleo, siempre me hablaban de una mujer llamada Rosa, que disfrutaba de la vida nocturna, que le gustaban las fiestas, entre otras cosas.

A pesar de ello, no tenía el placer de conocerla debido a que se encontraba de baja laboral por motivos de salud, hasta que un día regresó. Nos presentaron, yo siempre manteniendo la cortesía y la caballerosidad, pero con la certeza de que en algún momento conseguiría acercarme a ella de manera íntima. Nunca dejé entrever mis pensamientos, pero siempre estuve intrigado por qué ocurriría si pudiera experimentar todas las formas de expresar amor que he aprendido a lo largo de los años. Fantaseaba con poder explorar cada rincón de su cuerpo, desvelar sus secretos más íntimos sin que ella tuviera que mover un dedo. Deseaba descubrir su aroma, la textura de su piel, el tacto de sus senos, anhelaba adentrarme en su ser, acariciar sus pies, lamer su entrepierna y rozar mi lengua por su parte posterior.

Todos esos pensamientos invadían mi mente. Por su parte, ella parecía notar mis miradas. Creo que, consciente de los comentarios que podrían surgir entre las otras mujeres de la oficina, intentaba que pasaran desapercibidas. Realizaba preguntas sobre trabajo de forma superficial, pero a la vez cercana, generando una electricidad que aceleraba mis latidos, estimulaba mi sangre y conducía a una erección tímida pero que, ante el menor estímulo, alcanzaba su máximo vigor.

Los días pasaron hasta que decidimos salir juntos, siempre en compañía de otros colegas de trabajo en reuniones semanales separadas, como era costumbre. El alcohol, el tabaco y las risas formaban parte de ese ambiente en el que nos sumergíamos, y era habitual que los compañeros fueran desapareciendo poco a poco, dejándonos a solas en el bar. Rosa, conocida por estar abierta a nuevas experiencias, y yo, despreocupado por la hora debido a mi juventud, nos quedábamos disfrutando cerveza tras cerveza.

En ese momento, llegaron unos amigos suyos quienes mencionaron tener un departamento cercano. Continuamos con las cervezas, pero durante una visita al baño, presentí que ella también acudiría. Por ello, me mantuve en el pasillo que separaba ambos servicios, esperando su llegada. Cuando apareció, nuestros ojos se encontraron y nos miramos fijamente durante tres eternos segundos. Después de que ella entrara al baño, permanecí observando la puerta como un depredador aguarda a su presa. Cuando finalmente salió, nuestras intenciones eran evidentes.

Nos acercamos y nos entregamos a besos apasionados como si fuéramos dos adolescentes. Ella gemía solo con mis besos, algo que jamás hubiera imaginado poder provocar. Me sentía tan poderoso en ese momento que solo quería seguir besándola sin cesar. Recordamos que sus amigos aún estaban en la mesa y tratamos de mantener la calma, ella se arreglaba el cabello con los dedos mientras yo quitaba apresuradamente el rastro de labial de mi rostro, acomodando mi excitación en la pierna para que pasara desapercibida.

Las cervezas seguían fluyendo y de pronto nos vimos en el baño de aquel departamento de los amigos, donde pude finalmente explorar cada rincón de su ser, materializando todas las fantasías que había concebido, dejando espacio para la improvisación. Desde encima del lavamanos hasta el suelo del baño, hice mía a Rosa.

Los encuentros se sucedieron, nos entregábamos mutuamente en cuanto lográbamos aislarnos del grupo, manteniendo nuestra pasión como un secreto a voces. Todos lo sabían, pero para nosotros la sensación de clandestinidad lo hacía aún más excitante. Los baños se convirtieron en nuestros espacios de intimidad, permitiéndonos sentirnos más vivos que nunca.

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