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Experimentando mi primera relación anal con un hombre maduro


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¡Hola! Me llamo Anitha, tengo 30 años, mido 1,70, soy delgada, de tez blanca, con senos pequeños, cintura estrecha, piernas de longitud media y un trasero pronunciado y firme.

Voy a comenzar mi relato.

Todo comenzó una noche mientras trabajaba como vendedora ambulante de café en mi pueblo. Eran alrededor de las 9 de la noche cuando vi acercarse un automóvil. Se detuvo y lo atendí, comprando un café que luego pagó. Al día siguiente, regresó y al ser nuevamente mi turno, lo atendí de nuevo. Comenzamos a conversar y me pareció una persona gentil y amable.

Después de pedirme mi número de teléfono, accedí a dárselo al considerarlo una buena persona. En ese momento, yo tenía 19 años. Con el paso de los días, continuamos hablando y nos volvimos buenos amigos, compartiendo detalles sobre nuestras vidas diarias. Él era considerablemente mayor que yo, con 40 años en ese momento, moreno, alto y de constitución robusta, además de estar casado y tener dos hijos. Aunque era bastante promiscua en aquel entonces, no sentía ninguna atracción por él en absoluto.

A pesar de mis reiterados rechazos, él siguió insistiendo en tener relaciones sexuales conmigo. En un punto, mi abuela enfermó de migraña y, al tener dificultades económicas para comprar sus medicamentos, le comenté mi situación. En ese momento, él me ofreció dinero a cambio de tener intimidad, y aunque inicialmente me resistí, la urgencia me llevó a aceptar finalmente.

Me propuso pagar 20 dólares por 4 horas de sexo. Con el dinero en mano para comprar los medicamentos, acordamos encontrarnos al día siguiente por la noche en un hotel de un pueblo cercano. Cuando el taxi enviado por él me llevó al lugar, lo encontré esperándome afuera y le indicó al portero que yo entraría y saldría con él.

Avanzamos hacia la habitación, entramos y, tras cerrar la puerta, me ofreció una bebida y me pidió que me relajara. A pesar de estar algo nerviosa y temerosa, accedí a desnudarme por completo y caminar junto a él de manera sugerente. Luego, me indicó que me sentara en la cama. Al despojarse de su ropa, noté que su miembro era considerablemente grande, lo que aumentó mis temores, ya que pensé que me lastimaría al tener relaciones anales. Con unos 23 cm de largo y un poco grueso, me sentí intimidada por su tamaño.

Posteriores acciones mostradas por él me generaron mayor incomodidad y miedo. A pesar de todo, seguí adelante por la necesidad económica. Una vez iniciado el acto, sentí un dolor intenso y la presión en mi cuerpo, pero él comentó que así era como le gustaba. Sus movimientos bruscos sólo incrementaron mi malestar.

Entonces le sugerí que me permitiera tomar la iniciativa, de esa manera tendría el control y solo avanzaría hasta cierto punto. Él estuvo de acuerdo y procedí a subirme, introduciéndome solo hasta la mitad antes de empezar a lubricar y excitarme.

Más tarde, me indicó que adoptara la posición de perrito para observar cómo se abrían mis nalgas. Yo estaba muy excitada, así que obedecí de inmediato. Él me penetró por completo, experimenté una punzada en el vientre, pero al estar ya lubricada, la penetración fue fluida. Permaneció un buen rato en esa postura hasta que finalmente se retiró y expresó su deseo de practicar sexo anal. Le respondí con un rotundo NO, ya que era virgen en ese aspecto y con su gran tamaño, temía que me lastimara.

Él me interrumpió diciéndome que todas las mujeres lo hacían y que además me estaba pagando por ello. Intenté alejarme, pero él me inmovilizó y, quitándose el condón, utilizó un poco de saliva antes de penetrarme de golpe. Experimenté un dolor agudo como nunca antes, solo podía gritar de dolor, pero él me amenazó con taparme la boca si no me callaba, colocándome una almohada para morder y soportar el dolor. Pasaron unos minutos, pero para mí parecieron horas, pues sus embestidas eran muy intensas. Le supliqué que parara, pero no escuchó mis ruegos.

Luego exclamó que estaba a punto de eyacular, y jadeaba de placer. Me ordenó arrodillarme. Justo cuando cerré los ojos, sentí cómo su semen caía en mi rostro. Se recostó en la cama, mientras yo me dirigí al baño para limpiarme. Al pasar el papel por mi ano, sentí un ardor intenso y el papel salió manchado de sangre. Aunque mi vagina estaba enrojecida, hinchada y satisfecha, mi ano estaba dolorido y lastimado. Había tenido una intensa experiencia sexual, pero mi ano quedó resentido.

Al salir del baño y vestirme, él hizo lo mismo. Salimos, él me llevó en su coche hasta mi lugar de trabajo, donde me recordó que solo habían pasado dos horas, por lo que le debía dos horas más. Descendí del auto y me dirigí a trabajar.

Las próximas dos horas las relataré en otra ocasión.

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