Esa noche fue sombría para la familia, enterarse de que uno de nuestros miembros había sido ultrajado y vejado de la peor manera fue impactante para nosotros, pero aún más para ella, mi hermana. Al regresar de la universidad, alguien se aproximó por detrás, le tapó la boca y la llevó a unos matorrales donde la desnudó y abusó de ella a su antojo. Sus declaraciones al testificar fueron devastadoras para mí.
Cuando volvía de la universidad, decidió tomar un camino más corto que resultó fatal no solo para su dignidad, sino también para su futuro. El desalmado que la violentó se tomó la molestia de despojarla de toda su ropa, la ató a las esquinas de una mesa por las manos y los pies. Al despertar, vio cómo su agresor se acercó a ella con su órgano reproductor en mano, dispuesto a arrebatarle lo más valioso que poseía: su virginidad.
Sin pizca de compasión, penetró su virilidad en su interior de forma brusca, causándole un intenso dolor. A pesar de sus gritos, que fueron silenciados con un trapo en la boca, se dio cuenta de que estaba encerrada en algún tipo de sótano y comprendió que no habría recurso para detener la brutalidad que estaba padeciendo.
Sus fuerzas apenas alcanzaban para moverse mínimamente, pero lo suficiente como para permitir al desgraciado terminar su vil cometido. Tras tres eyaculaciones, ella se sintió al borde del desfallecimiento, mientras él la seguía violentando una y otra vez, durante un largo periodo de tiempo.
Después de un breve descanso, él regresó con su miembro aún firme, como si nada de lo ocurrido hubiese sucedido. La desató de pies y manos, pero en lugar de liberarla, la giró sobre la mesa con el pecho apoyado en ella y el trasero expuesto para él. Al sentir sus manos separando sus nalgas, entendió que era el turno de su ano. A pesar de sus intentos por resistirse, sintió cómo era invadida con violencia, primero lentamente y luego de forma brusca hasta el fondo, provocándole un intenso dolor.
Mientras sufría, sintió cómo él comenzaba a moverse dentro de ella, penetrándola y retirándose parcialmente una y otra vez. Apenas pudo reaccionar cuando se dio cuenta de que su intestino estaba siendo inundado con cada embate de ese horrendo falo. La sensación de ardor y la compresión de su interior la llevaron al límite de sus fuerzas, pero él no se detuvo, eyaculando copiosamente en ella y dejándola completamente exhausta y desfallecida.
Después de un tiempo, recobró el conocimiento. Aunque ya no estaba atada, permanecía desnuda sobre la mesa, en compañía de su cómplice. Con dificultad, se vistió y recogió sus pertenencias. A pesar del intenso dolor que le impedía caminar con normalidad debido a las lesiones sufridas, logró salir del lugar cuando ya eran las 4 de la madrugada. Después de caminar varios minutos, llegó a la carretera donde fue encontrada por un oficial que la llevó de urgencia al hospital para su atención médica.
La policía
Contaba con un individuo sospechoso, sin embargo, no había suficientes pruebas que lo incriminaran y tampoco se mostraron interesados en llevar a cabo una investigación. Tenía información de que la zona en la que residía esta persona era peligrosa. Decidí no quedarme de brazos cruzados y opté por indagar sobre este individuo por mi cuenta. Confirmé que, efectivamente, el vecindario era riesgoso. Durante casi quince días seguí de cerca sus actividades, realicé un dibujo detallado de su entorno e incluso ingresé a su vivienda una noche para tomar fotografías, por si en algún momento debía actuar por mi propia cuenta. Sin embargo, siempre estaba acompañado de sus amigos, lo cual desalentó mi búsqueda.
Un día, vi en las noticias el caso de una joven encontrada muerta en un sótano, sobre una mesa. Apagué el televisor inmediatamente al percatarme de la presencia de alguien, me retiré a mi habitación y contemplé la posibilidad de retomar la vigilancia sobre él, con la esperanza de descubrir algo sospechoso. Esa misma noche me dirigí al barrio del individuo, preparado con un pequeño equipo por si algo salía mal. Alrededor de las 3 de la madrugada, lo vi llegar conduciendo un automóvil, aparentaba estar preocupado. Se acercó al maletero de su vehículo y extrajo algo que, al acercarme, resultó ser una persona con extremidades. Parecía ser una joven a la que llevó cargada hasta su casa. En ese momento, me di cuenta de que debía tomar una decisión: llamar a la policía o intervenir por mi cuenta.
Opté por la segunda opción, me acerqué a su vivienda, trepé por un lateral e ingresé por una ventana. Desde una posición segura, observé cómo el joven maltrataba a la chica que había llevado consigo. Ella le rogaba que la liberara, prometiendo no revelar nada a nadie sobre lo sucedido a su amiga fallecida. Él la golpeó en respuesta, lo que me hizo tomar la determinación de actuar antes de que algo grave ocurriera.
Aprovechando un descuido suyo al manipular a la chica, logré golpearlo en la cabeza con una sartén, dejándolo inconsciente. La joven, sorprendida al verme, se marchó sigilosamente siguiendo mis indicaciones. Antes de desaparecer, me miró y susurró: "Tú eres la hermana de esa chica". Le pedí que se alejara y procedí a atar al individuo en la mesa del comedor, despojándolo de su ropa por completo. Saqué una navaja de mi bolso y, antes de llevar a cabo mis intenciones, decidí que debía despertarlo para que fuera testigo de lo que iba a suceder, a fin de que experimentara un impacto similar al sufrido por mi hermana.
Al recuperar la conciencia, el sujeto se mostró confundido y adolorido, intentó moverse sin éxito al percatarse de mi presencia. Observé cómo reaccionaba al encontrarse en una situación vulnerable, notando cómo su miembro se endurecía al percatarse de mi desnudez. Había decidido que esta sería una experiencia inolvidable para él en represalia por el daño infringido a mi hermana. A diferencia de ella, yo mantenía una figura atlética, con un busto más prominente y una cintura marcada, acentuando mis atributos femeninos. Me acerqué, acariciando mi zona íntima con una mano, y le mostré una foto de mi hermana, a lo que él respondió con palabras ofensivas e irrespetuosas.
Sus comentarios me enfurecieron al extremo, sin pensarlo dos veces, propiné una patada con todas mis fuerzas a sus genitales descubiertos, provocándole un enorme dolor. Él solamente alcanzó a gritar
En medio de su grito de dolor, y sin dejar de proferir insultos, me espetó: “Te prometo que cuando salga de aquí, no solo te destrozaré eso que tienes por culo, sino que aniquilaré tu útero de una manera que ni siquiera puedes imaginar, lo llenaré con mi semen caliente, y querrás olvidar el día en que decidiste hacer esto, maldita perra”. “Voy a dejarte embarazada, y serás mi sumisa, y si te resistes, te eliminaré maldita...”. Antes de que pudiera terminar de proferir sus desvaríos, y al verlo sin pestañear siquiera, exhibí el cuchillo que sostenía en mi otra mano, su expresión de enojo cambió a una de miedo, y antes de poder terminar su insulto, se detuvo de golpe. “¿Qué planeas hacer?”, me interrogó.
Me aproximé a él y con una mano agarré su miembro, lo acaricié y le dije: “No, no, no, cariño, debes mantenerlo erecto o no resultará como deseo”. Sin perder más tiempo, ya que el frío empezaba a calar, aunque era evidente que él lo sentía aún más. Alcé su miembro y escroto con una mano, mientras con la otra posicionaba el cuchillo en la base de sus partes íntimas, con el filo frío y afilado hacia arriba, ante la mirada atónita del individuo. Comencé a cortar lentamente sus genitales. El individuo no dejaba de gritar e intentar moverse, pero eso solo intensificaba su sufrimiento, facilitándome el corte. Podría haberlo seccionado de un solo golpe y marcharme sin más, pero él debía experimentar cada segundo de agonía. Pronto dejó de gritar, se desmayó por el dolor, con los ojos en blanco pero respirando.
Continué el corte sin pausas, y al cabo de 30 segundos su escroto estaba separado, pude sentir cómo sus testículos se desprendían de su cuerpo a medida que cortaba su piel. En los siguientes 30 segundos me enfoqué en su pene, que consideré dejar intacto, ya que aún podría utilizarlo para violar, pero sin sus testículos, ese pedazo de carne no le serviría de mucho. Después de un minuto, había completado el corte, sería imposible volver a unir su pene después de aserrar su carne, y no dejaría sus partes para que intentaran hacerlo.
Tomé sus despojos y con sumo cuidado los introduje en una botella con agua. Lo dejé con algodón en la zona para detener la hemorragia y asegurar su supervivencia, con la imposibilidad de volver a violar y con el riesgo de ser violentado por el delito que había cometido.
Dejé el lugar y regresé a mi hogar, deseando olvidar lo sucedido. Al día siguiente me desperté algo tarde, encendí la televisión y a los pocos minutos vi las noticias: habían encontrado a un hombre atado a una mesa en su casa, con signos de mutilación, efectivamente era ese individuo, lo identificaron como el violador de mi hermana y de la joven que había sido encontrada muerta.
Según los reportes, una vez se recuperara sería entregado a las autoridades. Estaba hecho, ese malhechor no volvería a lastimar a nadie. Mi hermana, al recibir la noticia, se emocionó y expresó que ella mismo hubiera deseado ser quien le amputara el miembro a ese desalmado, lamentando que siguiera con vida. La miré a los ojos y le dije: “No pienses más en ello, él vivirá, pero sin los medios para violar, más bien será él quien sufra violencia en la cárcel”, ella me abrazó.
En mi mente sabía quién le había mutilado y cómo, por supuesto, fui yo. Guardé su miembro y testículos en un lugar secreto de mi habitación, a veces los saco y me masturbo mientras los observo. Por alguna razón, recordar sus amenazas me excita, y llego al clímax al imaginar cómo aserruchaba su pene.
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