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Mensaje al autor de «La fragancia de sus calcetines sucios me enamoró perdidamente»

La fragancia de sus calcetines sucios me enamoró perdidamente

Cuando arribé a mi reciente empleo, conocí a uno de mis compañeros, de gran atractivo, y conectamos de inmediato. A los pocos días de trabajar en la nueva empresa, me percaté de que, no solamente era heterosexual, sino que además tenía esposa e hijo. Sin embargo, esto no fue un obstáculo, pues nuestra amistad creció de manera excepcional, íbamos a tomar unas cervezas ocasionalmente, conocí a su familia y él conoció a uno de mis novios posteriores. Esta amistad se convirtió en algo invaluable.

Un par de años después, él consiguió un empleo en otra ciudad, por lo que se mudó y estuvimos separados por un tiempo; no obstante, seguimos en contacto a diario. En una conversación, nos dimos cuenta de que coincidiríamos en un congreso en otra localidad; fue emocionante la idea de volver a encontrarnos, así que decidimos compartir habitación en el mismo hotel para ahorrar gastos.

Al llegar a la ciudad, mi vuelo aterrizó unas horas antes, así que fui al hotel, pedí la habitación y la recepcionista me preguntó si quería una cama matrimonial o dos individuales. En ese momento no me había planteado la posibilidad de compartir la cama, ya que veía a mi amigo únicamente como un amigo; sin embargo, al escuchar la pregunta, una sensación de morbo surgió en mí y sin pensarlo, pedí una cama matrimonial, pensando que le diría a mi amigo que hubo un error en la reserva y que no quedaba otra habitación disponible. Al final, no fue necesario recurrir a esa mentira, ya que él no hizo ningún comentario al respecto.

Por la tarde, él llegó, salimos a cenar, a ponernos al día y a explorar la ciudad; luego regresamos al hotel para atender algunos asuntos laborales pendientes. Al volver a la habitación por la noche, él mencionó que se iba a duchar y se encerró en el baño. Al salir, estaba en ropa interior, aún húmedo por la ducha. A lo largo de mi vida he visto a varios amigos en ropa interior o en atuendos más reveladores sin sentir ninguna excitación, por lo que me desconcertó sentir deseo por él de repente, después de varios años de amistad. Discretamente, observé detenidamente su cuerpo: con una estatura de aproximadamente 1.75 metros, un poco más alto que yo, de piel blanca bronceada, con una barba larga pero bien cuidada, varios tatuajes a color de símbolos extraños en los brazos que contrastaban con su tono de piel, de complexión media con una prominente barriga que le otorgaba un toque peculiarmente atractivo, además de un bulto que insinuaba la forma de su miembro y unos glúteos redondeados marcados debajo de su ajustada ropa interior negra.

De repente, me encontré ahí, en la misma cama donde él dormiría, justo a su lado, y mi mente comenzó a divagar... en cuestión de minutos imaginé diversos escenarios en los que no llegábamos a tener relaciones sexuales, pero sí intimidad. Imaginé que él comentaba haber escuchado que los hombres homosexuales son hábiles en el sexo oral y que yo le ayudaba a comprobarlo; también visualicé una fantasía en la que, durante la noche, él me abrazaba y acercaba su cuerpo al mío, sintiendo su miembro erecto presionando mis nalgas. Mi excitación aumentó cuando se acostó junto a mí, solo en su ajustada ropa interior negra, y entendí que esa sería su vestimenta para dormir. Permaneció echado, viendo la televisión y en algún momento flexionó una pierna y cruzó la otra sobre ella, apoyándose en la rodilla. Hasta entonces, no me había percatado tanto de sus piernas. Aunque no eran musculosas, estaban bien definidas, con un vello que le confería un aspecto muy masculino, y mientras las observaba, mi mirada se deslizó hasta su pie cruzado. Nunca antes me había planteado tener un fetiche por los pies, pero en ese instante, esa parte de su cuerpo se convirtió en el objeto de mis deseos más profundos.

Al ver sus pies, me dio el impulso de acercarme y recorrer con mi lengua toda la planta, para luego saborear cada dedo, continuar besando y lamiendo sus piernas y finalizar con su miembro en mi boca, donde solo su fino bóxer se interponía entre su erección y mi lengua.

Estaba muy excitado, así que me tuve que esforzar por salir de mis pensamientos y fantasías. Con cuidado para no revelar mi excitación, mencioné que iba a ducharme y me encerré en el baño, con la idea de masturbarme. Para mi sorpresa, dentro del baño encontré su toalla húmeda en el suelo, sus vellos recortados en el lavabo y sus zapatos en el suelo. Pensé "típico hetero" al ver sus calcetines sucios sobresaliendo de los zapatos. Sin pensarlo demasiado, me incliné para tomar uno de ellos. Era un calcetín blanco con dibujos de cactus verdes, un poco tieso y ligeramente sudado. Sin comprender por qué, ese aroma me excitó mucho, por instinto me acerqué el calcetín a la nariz. Tenía un olor fuerte, como si hubiera corrido un maratón o no se los hubiera cambiado en días. Lo inhalé profundamente, dejando que ese olor invadiera mi ser. Rápidamente me bajé los pantalones y el bóxer, asegurándome de cerrar la puerta con llave y encendí la regadera para no ser escuchado.

Me recosté en la pared del baño y acerqué su calcetín a mi rostro, inhalando profundamente. Luego, tomé el otro calcetín y mientras degustaba ese olor masculino, usé el otro para empezar a tocarme, despacio, disfrutando del roce húmedo por el sudor en mi miembro erecto. Permanecí así por un rato, respirando ese olor, dejando que invadiera mis sentidos, imaginando diversas situaciones excitantes. Llegó el momento previo al orgasmo, así que intenté inhalar más profundo y retener ese aroma en mí. Al final, eyaculé varias veces en el suelo del baño, procurando no gemir demasiado fuerte. Había tenido muchas experiencias sexuales, pero esa, solo en el baño, con la ayuda de unos calcetines sucios y la imaginación, fue una de las mejores.

Finalmente, coloqué los calcetines en su lugar, me duché, me vestí y me acosté junto a él en la cama, ambos en ropa interior. Esa noche no pasó nada, pero no pude conciliar el sueño, sabiendo que él estaba tan cerca y no podía hacer nada al respecto. Durante las tres noches que compartimos juntos, nuestros cuerpos se rozaron por momentos, disfrutando de esos contactos, que me transmitían ternura y calma más que excitación sexual. Fue entonces cuando me di cuenta de que esa experiencia con sus olores corporales fue solo el comienzo de un enamoramiento hacia mi mejor amigo.

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