La situación se produjo hace aproximadamente quince años. Acababa de cumplir la mayoría de edad y en ese momento nunca había experimentado relaciones íntimas, ni sentía la prisa por hacerlo. A diferencia de algunas de mis amistades, que ya habían tenido experiencias sexuales en varias ocasiones y con diferentes personas. En aquel entonces, vivía solo con mi papá y además de estudiar, debía ocuparme de las labores del hogar, ya que él pasaba la mayor parte del día trabajando. Por mi parte, cursaba el último año de instituto en la ciudad cercana a mi poblado. Cada mañana tenía que levantarme muy temprano para tomar el autobús que me llevaba hasta las proximidades de mi instituto. A pesar de que madrugar tanto resultaba molesto, no me quedaba otra opción.
Como todos los días, me disponía a tomar el autobús hacia mi "cárcel personal", pero ese día fue diferente. Acostumbrada a ver las mismas caras todos los días, en su mayoría ancianos que tomaban la primera ruta matutina para hacer sus compras y regresar a tiempo para preparar el almuerzo, ese día me encontré con un hombre que rondaba los treinta años, como mucho. Desde el momento en que lo vi subir, me sentí atraída por él. Era como los hombres que aparecen en las novelas que solían emitir a todas horas por televisión: alto y robusto, el tipo de hombre que realiza trabajos físicos y se mantiene en buena forma sin necesidad de ir al gimnasio.
Yo estaba sentada en el fondo del autobús, mientras que él se colocó unas cuantas filas más adelante. Su sola presencia me ruborizaba y fantaseaba con la idea de que se fijara en mí, aunque no creía que fuese posible. Como mencioné en mi presentación, que podéis ver en mi perfil, soy una chica corriente y no destacaba entre las demás. Mucho menos pensaba que alguien como él se fijaría en una joven como yo. El trayecto transcurrió sin más novedad, así que decidí estudiar un poco, ya que ese día tenía un examen y necesitaba repasar.
Eran las ocho de la mañana cuando el autobús llegó puntualmente a mi destino. Me preparaba para bajar y no pude evitar, en mi camino hacia la puerta, echar un último vistazo a ese apuesto hombre que había captado tanto mi interés. Al pasar a su lado, deseaba que se girara para mirarme, pero no lo hizo. Estaba demasiado absorto mirando por la ventana y, como era de esperar, no notó mi presencia. Sin embargo, algo sucedió... lo sentí, noté su mirada cuando descendía ¿Quizás estaba observando mis atributos? El verano se aproximaba y las temperaturas hacían que vistiera de manera más ligera. Llevaba el clásico uniforme escolar de camisa y falda.
Al descender, me hice la distraída para confirmar mis sospechas. Decidí pasar frente a su ventana y ponerme de espaldas, fingiendo buscar algo en mi mochila. Fue entonces cuando me di la vuelta y mis sospechas se confirmaron, él me estaba mirando. Una ráfaga de calor y autoestima recorrieron mi cuerpo. Había logrado captar la atención de un hombre mayor y no entendía por qué. La parada del autobús había llegado a su fin y él siguió su camino. Yo seguí el mío y fui a clase.
El día transcurrió con normalidad y, al terminar las clases, regresé a casa en el autobús de las cuatro, pensando en lo poco probable que sería volver a encontrarme con ese hombre. Y así fue, no estaba. Al llegar a casa y después de hacer las tareas domésticas para ayudar a mi papá, me desvestí para ducharme. Me detuve un momento frente al espejo, la pubertad había hecho tiempo que había completado su trabajo. Recorrí mi cuerpo con la mirada, deteniéndome en mis pechos pequeños pero firmes, con una aureola oscura y de un tamaño, en comparación con las de mis amigas, algo más grande. La vista siguió su recorrido y se detuvo en mi pubis cubierto de vello, del cual nunca me había planteado depilarme, ya que no veía la necesidad.
Por último, me giré y me detuve para observar mi trasero. Sin duda, una de las cosas en las que tengo más confianza es en tener un buen trasero, grande y en su lugar, con un imán para las miradas curiosas... Fue en ese momento cuando recordé una vez más a ese hombre. ¿Me deseaba realmente o simplemente me había mirado por casualidad? Quizás nunca obtendría la respuesta.
Me metí en la ducha y mientras me enjabonaba, noté que mis pezones se endurecían. Mi mano bajó y comencé a acariciar mi zona íntima. Algo me había excitado, estaba demasiado sensible; cada roce de mis dedos me acercaba más y más al clímax en un tiempo récord. Realmente estaba ardiente ese día. Mi mente no podía evitar recordar a ese hombre y cómo me miraba. Fue entonces cuando alcancé el orgasmo. Me enjuagué, me puse el pijama y me preparé para cenar con mi padre, ya que era el único momento del día en que coincidíamos en casa. Hablamos un rato sobre cómo había sido mi día, obviando por mi parte lo de ese hombre y lo mal que me había ido en el examen. Una vez que terminamos y después de recoger, me fui a dormir.
A la mañana siguiente, me desperté como de costumbre, desayuné rápidamente y fui a esperar el autobús. Como siempre llegaba un poco tarde, fui corriendo. Afortunadamente, llegué justo a tiempo. El conductor ya me conocía, nos saludamos como de costumbre y me dirigí a mi asiento habitual. Las paradas transcurrían y el autobús se llenaba. Entonces, sucedió algo inesperado: ese hombre había vuelto a subir y se acercaba hacia donde yo estaba. Apenas quedaban asientos libres y uno de ellos era donde tenía mi mochila, justo al lado mío. Se detuvo junto a mí:
- Buenos días, ¿puedo sentarme aquí? - me preguntó mirándome a los ojos.
- Claro -le respondí tímidamente mientras cogía mi mochila y la ponía en mi regazo.
- Ayer me pareció verte. ¿Sueles tomar este autobús? - inquirió.
- Sí, lo uso todos los días para ir a clase.
- Ah, entiendo. Qué bien. Yo no suelo usar el transporte público, pero mi coche se averió y es lo único que me deja cerca del trabajo.
- Vaya fastidio debe ser. ¿En qué trabajas? - le pregunté.
- Trabajo en la fábrica metalúrgica de la ciudad.
- Ya veo - mis sospechas se confirmaban. Discretamente, volví a mirarlo. Llevaba una camisa ajustada que resaltaba su cuerpo y unos vaqueros. En ese momento, me sorprendió con una educada sonrisa. Yo, por mi parte, llevaba mi uniforme de siempre.
- Así que estudias - comentó.
- Sí, ya me falta poco para terminar e ir a la universidad.
- ¿Ya tienes dieciocho? Pareces más joven - observó.
- Sí, cumplí los dieciocho el mes pasado y muchas personas me lo dicen.
- Pues estás muy guapa con ese uniforme de instituto. Lástima que te quede poco tiempo con él - añadió.
Me sonrojé y no supe qué responder. ¿Acababa de halagarme de esa forma? Sentí un calor creciente en mi interior.
- A ti también te queda bien esa camisa - contesté en un intento torpe por devolverle el cumplido.
- Jaja, gracias - respondió educadamente. Realmente, ese hombre tenía algo que me encendía. El trayecto continuaba y seguimos en silencio, pero necesitaba hacer algo para llamar de nuevo su atención. Entonces, se me ocurrió bajar la mochila al suelo y, de manera inocente, mostrarle mis piernas.
- Uff, estos libros pesan mucho. Mejor los pongo en el suelo - dije.
- Deben ser pesados, sí. No entiendo por qué hacen cargar tanto peso a los estudiantes en las escuelas - comentó.
- Cierto - le respondí, siguiendo su misma línea.
Haciéndome la despistada, miré por la ventana y luego sentí esa misma intuición que había tenido ayer. Sentía que me estaba viendo, observando mis piernas. Continué como si nada y, al rato, fingí que me estaba acomodando en el asiento, lo que hizo que mi falda se subiera aún más, dejando al descubierto lo justo para no mostrarle.
Mis pantaletas.
Me volteé y lo vi observando fijamente mis piernas sin ningún tapujo, de inmediato pareció sentirse incómodo y procedió a acomodarse en su asiento. Fue entonces cuando lo miré y noté claramente el motivo de su incomodidad: ahora había un abultamiento más pronunciado en su pantalón que antes. Había logrado excitar a ese hombre... la lujuria se volvía insoportable, podía sentir cómo mis bragas empezaban a humedecerse. Nos encontrábamos en un intercambio de miradas indiscretas, sin cruzarlas directamente, cuando lamentablemente llegó mi parada.
- Oh, esta es mi parada, debo bajarme aquí. - le informé.
- Bueno, pues estudia mucho. Quizás coincidamos nuevamente, mi auto tardará varios días en repararse aún.
- Vaya... qué molestia lo del coche. Adiós.
- Hasta luego - volví a sentir esa sensación y lo miré, esta vez él me estaba viendo a los ojos, mantuve la mirada por unos pocos segundos, lo suficiente para percibir el deseo en su mirada.
Bajé corriendo del autobús, necesitaba actuar con premura, no podía soportarlo. Llegué al instituto y me dirigí directamente a los baños. Allí me quité las pantaletas, las cuales ya luchaban desesperadamente por contener la humedad, y comencé a estimularme frenéticamente. Dado que aún era temprano y los alumnos no habían llegado, me hallaba sola en los baños, no pude contenerme y decidí introducir mis dedos para satisfacer semejante excitación. Mis dedos entraban y salían produciendo un sonido característico debido a lo empapada que estaba. Fue entonces cuando imaginé lo que se escondía debajo de ese bulto que minutos antes había provocado.
Mi mano continuaba sin descanso, algo estaba a punto de liberarse en mi interior, algo que nunca antes había experimentado. Seguí dejándome llevar por el placer y en ese momento un chorro brotó de mí mojando el suelo del baño entre convulsiones. Nerviosa por el desorden que había ocasionado, evité hábilmente el charco y salí del baño corriendo para ir a clase como si nada hubiese sucedido. Nunca antes había experimentado un orgasmo de esa magnitud, pero aquello no fue suficiente, necesitaba más y lo conseguiría al día siguiente.
Después de aquel episodio en el baño, la mañana transcurrió sin mayores novedades, sin embargo, mi mente no dejaba de dar vueltas a lo ocurrido en el autobús y me resultaba imposible concentrarme en las clases. Afortunadamente, pasé desapercibida y ningún profesor me reprendió. Eran las tres de la tarde y, por fin, otro día en el instituto llegaba a su fin. Me disponía a marcharme cuando escuché que me llamaban, era mi novio, con quien recientemente había iniciado una relación que perduraría por muchos años.
- ¡Laura, espera! ¿No recuerdas que habíamos quedado hoy? - mencionó, aunque yo había olvidado por completo, decidí actuar como si no.
- Por supuesto que no olvidé, tonto. Solo estaba fingiendo para ver cuánto te importaba quedar conmigo jaja.
Lucas había llegado a mi instituto en ese curso y desde el principio mostró interés en mí, entablando conversaciones y obsequiándome pequeños detalles. Al principio, me pareció un tanto desesperado, pero con el tiempo me rendí ante su insistencia y decidí darle una oportunidad. Siempre me ha gustado ser el centro de atención de alguien y claramente lo era para él. Hasta el momento, nuestra relación se había mantenido en lo romántico, sin llegar a vernos desnudos o tener relaciones sexuales. Lo más íntimo que habíamos llegado era a besarnos al salir de clase.
Nuestro plan para ese día consistía en ir por un helado y pasear por el parque, lo típico de las primeras citas. Al llegar a la heladería de mi elección, pedí un cono con una bola de dulce de leche y otra de naranja, mientras que él optó por uno de chocolate con vainilla. Continuamos nuestro paseo conversando sobre cómo nos había ido en el día, y no pude ser mássincera con él, le indiqué que mi día había transcurrido con monotonía y sin novedad. Al llegar al parque de la ciudad, nos sentamos en un banco, entrelazamos nuestras manos y seguimos conversando durante otra hora. Después de ese tiempo, mi mente se distrajo y comenzó a recordar lo vivido unas horas antes. Revivir ese momento empezó a generarme sensaciones intensas, por lo que decidí besar a mi novio para aumentarlas. Al ver que eso no era suficiente, empecé a acariciarlo para que correspondiera de la misma manera.
"Ven conmigo", le dije mientras me levantaba. Él, sin dudarlo, se puso de pie y me siguió.
"¿A dónde vamos?", preguntó.
"A un lugar más discreto para estar tranquilos", respondí, notando que nuestra muestra de cariño en medio del concurrido parque empezaba a llamar la atención de los presentes.
Decidí llevarlo a un sitio apartado que conocía, el aparcamiento privado de la ciudad. Las escaleras entre el primer y segundo sótano eran un lugar poco concurrido, perfecto para nuestra intimidad. Al llegar, lo empujé suavemente contra la pared y lo besé apasionadamente. Tomé la iniciativa y bajé sus manos hasta mis caderas mientras continuábamos besándonos.
"No seas tímido", susurré.
Poco a poco, él se soltó y aumentó la intensidad de los besos mientras me acariciaba. Correspondí su deseo acercando nuestros cuerpos aún más, notando su evidente excitación. Sin sorpresas, encontré la evidencia de su deseo al tocar su entrepierna. A pesar de la excitación, escuché un gemido repentino y noté que él había llegado al clímax involuntariamente.
"Lo siento mucho", se disculpó, visiblemente avergonzado.
"No te preocupes, es normal", intenté tranquilizarlo, separándome momentáneamente para evaluar la situación. "Has causado un pequeño desastre ahí abajo, espero que tengas un pantalón de repuesto", bromeé.
"Sí, tengo el de deportes que usé en clase hoy", respondió.
"Bueno, ponte ese y acompáñame a esperar el autobús; sería un problema si lo perdiera", le dije mientras nos alejábamos del lugar discreto.
Eran las seis de la tarde cuando abordé el último autobús hacia mi hogar. Ansiaba llegar, tomar una ducha relajante y dejar atrás las emociones del día. Al llegar a casa, me despedí de Luqui y me dirigí a mi asiento en el autobús, que a esa hora iba bastante vacío. Con la mente en blanco, comencé a acariciarme suavemente sobre las bragas, sintiendo una excitación sin igual. A pesar de los riesgos, me dejé llevar por el deseo, disfrutando de cada movimiento y anhelando lo que vendría al llegar a casa.
Tras la media hora habitual de viaje, finalmente llegué a casa. Sin perder tiempo, me desvestí y me sumergí en la ducha, entregándome al placer y la relajación.
Con el flujo y con mis dedos logré el segundo clímax del día. Lo restante del día lo consumí lavando la ropa y preparando la cena para mi padre y para mí. Una vez hecho esto, solo restaba acostarme y reflexionar sobre el día que me aguardaba mañana.
El despertador sonó como de costumbre, sin embargo, en esta ocasión era distinto ya que yo ya estaba despierta desde hacía rato, por primera vez en mi vida anhelaba tomar ese autobús que me llevaba a la escuela y la razón no era por ver a mis amigas o a mi novio, era para volver a encontrarme con ese hombre y experimentar de nuevo esa mirada que afecta cada parte de mi cuerpo. Desayuné como de costumbre y me puse el uniforme habitual, pero con una pequeña diferencia: no llevaría nada debajo, no era la primera vez que salía sin sostén pero nunca antes lo había hecho sin eso y sin ropa interior, con la intención de evitar lo sucedido ayer y secarlas una vez en la escuela.
Por primera vez llegué a la parada con tiempo de sobra. La anciana que solía acompañarme en el trayecto diario se sorprendió al verme tan temprano y no corriendo como era usual. Era una mañana primaveral, no hacía frío pero soplaba una brisa que acariciaba mis piernas, ascendiendo hasta mi zona íntima al descubierto. Era una sensación muy placentera que nunca había experimentado. El autobús llegó puntual, seguí la rutina de siempre saludando cortésmente al conductor y dirigirme a mi asiento. Me senté impaciente sabiendo que algo estaba por suceder, pasaron las primeras paradas y al igual que ayer, los asientos se fueron ocupando a excepción de algunos. Llegó la parada tan esperada y en ella se subió el objeto de mi deseo y se acercó nuevamente hacia mí.
- Vaya, qué coincidencia volverte a encontrar aquí, ¿puedo sentarme? - me dijo.
- Sí, claro, no hay problema. -Tomé mi mochila y, al contrario de ayer, la coloqué directamente en el suelo dejando al descubierto mis piernas.
Se sentó luego de echarme un vistazo de arriba abajo, lo cual correspondí. Esta vez vestía de manera más casual que ayer, con una camiseta deportiva y pantalones de chándal, pero eso para mí no importaba, cualquier cosa que se pusiera le quedaba bien en mi opinión.
- Veo que hoy has puesto la mochila en el suelo directamente, gracias por cierto.
- ¿Gracias? ¿Y por qué? -hice la inocente.
- Bueno, así no me tapa la vista jeje
No esperaba tanta desfachatez, claramente no le importaba que los demás escucharan, aunque a mí sí, ya que uso ese bus a diario y la gente conoce quién soy. ¿Qué pensarían si sigo con esta conversación y me escuchan hablar de esa forma con un hombre mayor?
- Cuida tus palabras, aquí me conocen -susurré.
- Perdón, se me escapó en voz alta lo que estaba pensando, por suerte solo fue eso y no todo lo demás -me dijo acercándose a mi oído
Sentirlo susurrar en mi oído erizó cada vello de mi cuerpo.
- ¿Y qué más piensas? -no debía avivar esa llama, pero era más fuerte que yo, no podía resistirme.
- Pienso en lo mucho que me gustaría recorrer esas piernas con mis manos y no solo con la mirada.
Esas palabras lograron debilitarme, ansiaba sentir su piel en contacto con la mía, en ese instante ya estaba ardiendo. Un destello de cordura intentó surgir recordándome que el autobús estaba repleto y nos podrían descubrir. Pero no fue suficiente.
- ¿Por qué no lo haces? -le susurré al oído mordiéndole el lóbulo antes de apartarme.
Como un resorte algo se movió en su pantalón, la tela de chándal no ocultaba tanto como la de los vaqueros de ayer y se notaba claramente que estaba excitado. Sin perder tiempo, movió disimuladamente la mano más cercana a mí y la posó sobre mi pierna.
Sentir su contacto acabó con la poca cordura que me quedaba. Comenzó a mover su mano suavemente, acariciándome con delicados movimientos. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que no haber llevado ropa interior posiblemente no fue la mejor decisión, ya que la humedad era abrumadora y comenzaba a percibirla deslizándose por mis glúteos.
Su mano acariciaba el exterior de mi muslo, pero ese territorio ya estaba conquistado, por lo que se aventuró tierra adentro para explorar nuevos horizontes. Se adentró tanto que comencé a sentir sus caricias rozando la zona interior, subiendo cada vez más hasta llegar donde el río de fluidos había desbordado hacía tiempo. Al llegar allí, pude ver su sonrisa. Él sabía que la conquista estaba completa.
"Vaya, una niña traviesa, ¿y tu ropa interior, dónde quedó?" -me preguntó en tono jocoso.
"En la mochila, porque sabía que iba a terminar molestando" -respondí de manera descarada.
Nuestras miradas se encontraron y en ese instante supe que sería él, y no mi novio, a quien entregaría mi virginidad. Sentía que debía dársela a un hombre de verdad, y no a un chico.
"Tengo que bajarme en la próxima parada. ¿Me ayudas a llevar mi mochila? Está muy pesada de nuevo"
"Por supuesto, sin problema" -dijo guiñándome un ojo.
Nos bajamos y en silencio lo conduje al mismo lugar donde menos de un día antes había estado con Luqui. En ese mismo rellano de escaleras, fue él quien tomó la iniciativa empujándome contra la pared para devorar mi boca con pasión. Sentía el roce de su barba en mi rostro, algo que nunca antes experimenté y que me agradó. Sus manos se deslizaron directamente a mi trasero y luego bajo mi falda, entrando en contacto con mi piel.
Por mi parte, decidí repetir la jugada de ayer y empecé a acariciar su miembro por encima del pantalón. Estaba firme y claramente más grande que el de mi novio, aunque años después descubrí que no era ni de lejos el más grande con el que estaría. Seguimos con ese juego un rato hasta que decidí liberarlo de su prisión, tocando por primera vez un pene directamente y comenzando a estimularlo suavemente.
Estaba lista, lo sabía, y mi amante también. Me levantó en el aire contra la pared y colocó su miembro erecto en la entrada de mi intimidad.
"Por favor, ve despacio, es mi primera vez" -le pedí, sabiendo que la rotura del himen no sería un problema, ya que como a muchas chicas, me pasó montando en bicicleta, pero deseaba que fuera suave para no lastimarme.
"No te preocupes, lo sospechaba. Sé cómo hacerlo"
Esas palabras me provocaron una gran satisfacción interna. Me sentía plena en ese momento. Él procedió a introducirse lentamente, abriéndose paso en mi interior poco a poco, generando en mí una mezcla de placer y dolor. Me encontraba literalmente entre la espada y la pared. Nunca antes había experimentado tantas sensaciones en tan poco tiempo, era el inicio de mi vida sexual.
Cuando mi cuerpo se acostumbró a la profundidad de sus movimientos, comencé a disfrutar de verdad. Mis gemidos eran constantes al igual que sus movimientos de cadera contra los míos. Sentí que estaba a punto de llegar al clímax, pero cuando subió mi camisa y empezó a besar mis pechos, sucedió. Me dejé llevar entre gemidos, alcanzando mi primer orgasmo. Luego, decidió bajarme y voltearme, arqueé mi cuerpo y levanté una pierna en la escalera para facilitarle el trabajo. Los minutos siguientes consistieron en un constante vaivén sin pausa por su parte, sintiendo sus testículos chocar contra mis nalgas, lo que desencadenó mi segundo orgasmo. Fue entonces cuando anunció que estaba a punto de llegar al clímax. Me arrodillé frente a él, listo para recibir su eyaculación en mi rostro. Mientras ocurría, continué estimulando mi clítoris para alcanzar otro orgasmo, siendo sorprendida por su semen en el momento exacto en que llegaba por tercera vez, cubriendo mi rostro por completo.
Me limpié como pude y miré el reloj, eran las ocho y media. Sabía que iba a llegar tarde a clases, pero en ese instante, eso era lo que menos me preocupaba.
Él, por su parte, no podía llegar tarde al trabajo, así que se despidió abruptamente y se fue, dejándome sola allí para reponerme de lo que sería la primera de muchas experiencias más.