Al subirse al auto, lo único que logró decirme es que había esperado mucho por este momento. Desde mayo había querido realizar esta acción y me besó de manera muy placentera y apasionada, contempló mi rostro y me expresó: "Así es como te recordaba, te ves hermosa".
Nuestra cena fue exquisita, disfrutamos de una botella de vino que nos relajó profundamente. Entre besos apasionados, la charla se volvía cada vez más sugestiva, las caricias y los besos iban subiendo de intensidad, hasta que me propuso ir a otro lugar.
Al llegar, me besó con gran desenfreno dentro del coche y me confesó que deseaba poseerme durante toda la noche. Esto fue solo el comienzo, me abrió la puerta, me bajó del vehículo a besos, me rodeó con sus brazos desde la cintura y me subió las escaleras. En un momento antes de entrar a la habitación, me colocó contra la pared frente a él, me besó y lentamente subió mi vestido con sus manos mientras acariciaba mis piernas de arriba abajo, presionando su miembro firme y ya húmedo contra mí, mientras me incitaba a seguir subiendo.
Al llegar a la habitación, mostraba una sonrisa y me besaba en cada rincón de mi cuerpo, estaba ansioso por tenerme. Mientras me besaba, me recostó en la cama y lo primero que hizo fue subirme el vestido, quitarme la ropa interior y brindarme un sexo oral lento y delicioso. Fue tan estimulante que me humedecí de forma placentera, introdujo sus dedos en mi intimidad la cual estaba completamente mojada, y excitado con la situación, bastó con unas cuantas penetraciones con los dedos para hacer que mojara sus manos, siendo la primera vez que gritaba de placer.
Después de desnudarse por completo, sin más preámbulos me penetró, primero de forma lenta y luego con más fuerza, mientras me besaba y me miraba a los ojos constantemente halagándome, expresaba lo hermosa que me veía y su deseo hacia mí. Aunque duró poco, fue tan intenso que me hizo estremecer.
Al finalizar, me quitó el vestido, me envolvió entre las sábanas y comenzó a acariciar mi espalda, mis senos, mis caderas, pegando su cuerpo al mío. Hablamos durante un tiempo sobre nuestras experiencias previas, recordando momentos pasados, y poco a poco me fui excitando más y más, hasta que volvió a besarme apasionadamente, cargándome y haciéndome el amor.
Nos dirigimos a la ducha, donde, mientras el agua caía sobre nosotros, mordía y jugueteaba con mis pezones, me giró contra el cristal y sin dudarlo, me penetró. La sensación era exquisita, su pene erecto y firme, inició lentamente, embistiendo y besando mi espalda y cuello, agarrándose de mis caderas y halagándome diciendo cuánto le gustaba estar conmigo. Luego aumentó el ritmo, y yo le pedía más, acelerando como me gusta.
Ahí, como un loco, me ofreció uno de los momentos más intensos; empecé a gritar, contuvo su orgasmo y en medio del acto me indicó que era mi turno, alcanzando un clímax impresionante. Estaba sumamente excitado y yo completamente satisfecha.
De vuelta en la cama, charlamos durante un buen rato, y comencé a besar su pecho para luego deslizarme hacia abajo y darle sexo oral. Fue intenso, lo excitó y mojé mis labios, luego subí sobre él queriendo dominar la situación. Quería verlo gozar de placer al tenerme encima, realizando lo que sabía que le fascinaba; lo más memorable fueron mis gritos de placer al movernos sin cesar.
Terminé exhausta, me arropó y, acariciándome la espalda, me susurró al oído. Conversamos por un tiempo, compartimos lo último de la botella y al ver que era tarde, me indicó que debía irme. Sin embargo, antes de partir, no permitiría que me fuera así, manifestando que deseaba más. Se movió lenta y sensualmente sobre mí, besándome y absorbiéndome en cada movimiento hasta alcanzar el clímax.
La noche ya estaba avanzada, nos vestimos y mientras me ayudaba con algunas prendas, me despidió con un último beso y una palmada en la espalda. Subimos al coche y nos retiramos, con la esperanza de poder repetir la experiencia cuando regresara.