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Mensaje al autor de «Un moreno me divide por la mitad»

Un moreno me divide por la mitad

José estaba desorientado y no lograba regresar a casa, así que decidí asistirlo, ya eran las 7 pm y yo me dirigía a mi hogar, luego de pasar por el gimnasio. José es un ciudadano de la República Dominicana que había venido a mi país como turista, con una estatura de unos 1.75m, delgado, de piel oscura, con brazos y piernas largos, y una amplia sonrisa que mostraba unos hermosos dientes blancos que resaltaban con su fascinante tono de piel.

– Oye, ¿sabes qué autobús debo tomar para llegar a mi hostal? No recuerdo el número que me dijeron – dijo con su acento de la capital.

– ¿Dónde te encuentras hospedado?

– Cerca de la Universidad Nacional – respondió mientras me mostraba la dirección.

– Puedes tomar el autobús número 30 y luego caminar unas cuantas calles. Pero también podrías ir caminando, está a unas 5 o 6 cuadras de aquí.

Vi que vacilaba un poco y me ofrecí a acompañarlo.

– Si quieres, puedo guiarte.

– Por favor, tu ayuda sería de gran utilidad.

Recorrimos las 5 o 6 cuadras que separaban su hostal, y fue una caminata muy agradable. José tenía un excelente sentido del humor y un vocabulario muy extenso, se tomó todo el tiempo del mundo para conversar y incluso encontró espacio para invitarme a visitar su país. Al llegar a la puerta de su hostal, me dijo:

– No sé cómo agradecerte por tu ayuda.

– No te preocupes, ha sido un placer.

– ¿No deseas algo? El hostal vende comida, y hay un pequeño bar cercano, por si te apetece algo.

– Estoy bien, gracias... pero ya que insistes tanto, ¿tienes agua? Tengo algo de sed.

– Sí, tengo en la habitación. ¿Quieres subir?

– Quizás sea mejor no, para no causar molestias.

– No digas tonterías, ven, sube conmigo.

La noche estaba un poco calurosa y sentía sed, ya que me había bebido toda el agua en el gimnasio.

Subimos a su habitación en el segundo piso, tras lo cual entramos.

– Siéntate – me indicó, señalando su cama, mientras él se acercaba a la mesita donde había un garrafón de agua y unos vasos desechables. Tomó uno, lo llenó de agua y me lo ofreció.

Bebí rápidamente el contenido, ya que realmente lo necesitaba.

– ¿Quieres más? – preguntó con una sonrisa.

Asentí y él sirvió más agua en el vaso, que bebí de un par de sorbos.

– ¿Deseas más?

– No, gracias, ya es suficiente – respondí levantándome.

Él se había quitado la camiseta, mostrando su cuerpo delgado pero atlético, con el pecho cubierto de vello rizado y sus pezones grandes y oscuros.

– No tienes por qué irte, si no quieres – susurró.

Yo observaba su atractivo torso y sus largos brazos.

– Tienes unas manos enormes – le comenté.

– No solo tengo eso grande.

– ¿Qué más es grande?

– Descúbrelo por ti mismo.

No necesitó repetírmelo dos veces, de pie, desabroché su pantalón y lo bajé lo suficiente para dejar al descubierto su calzoncillo negro.

Él me quitó la camiseta y apretó mis pezones, luego mis pectorales con sus grandes manos y me besó intensamente. Yo bajé mi short y me quedé solo en boxers.

Mi excitación se dejaba ver, pero la de él era impresionante. Su miembro, intentando liberarse, había levantado la tela mostrando sus testículos peludos.

Juntó su entrepierna con la mía mientras acariciaba mis pectorales. Después, elevó mis brazos y probó mis axilas velludas, lamiendo de manera descontrolada. Deslizaba su lengua por una axila y luego la introducía en mi boca, repetía la acción con la otra axila y volvía a mi boca. Yo ya no tenía control, estaba extasiado de placer, apenas si podía mantenerme de pie.

Manteniendo algo de cordura, probé sus grandes y oscuros pezones, que resultaron ser una delicia, luego hice lo que siempre había deseado, probar...

las axilas de un hombre de piel oscura.

No me decepcionó, a pesar de que el vello estaba un poco recortado, mi lengua tuvo una experiencia exquisita explorando ese hombre.

Después de un tiempo, él colocó sus grandes manos en mis hombros y me hizo arrodillar.

Acerqué mi rostro a ese trozo de carne que intentaba romper el calzoncillo y percibí su característico olor masculino.

No resistí más y liberé a su miembro, al bajar el calzoncillo saltó como un semental ese pene negro curvado con la cabeza morada que emergía desde un pubis de cabello rizado intensamente aromático.

Comencé a practicarle sexo oral de manera convencional, apenas podía absorber los primeros 10 cm, pero él flexionó las rodillas y logró introducir su pene curvo en toda su longitud en mi garganta. Sin duda, sabía cómo manejar su miembro.

A pesar de tener arcadas, no podía liberar su pene de mi boca ya que él mantenía su control sobre mi cabeza, empujándola hacia su sexo. Finalmente, mi diafragma se acostumbró y le di la mejor felación de mi vida. Él insertaba y retiraba ese pedazo de carne en mi boca como una antesala de lo que haría con mi trasero.

Después de un rato logré separarme y tenía la boca llena de saliva.

Me levantó y me puso en cuatro en su cama, dándome un cunnilingus que jamás olvidaré. Su lengua exploraba mi ano una y otra vez. Mi pene estaba a punto de explotar y mis testículos llenos de semen ansiaban liberar su contenido.

Tal como estaba, estimulaba mi pene y luego con su lengua recorría y acariciaba mis dos testículos, para luego ascender por el perineo y brindar succiones deliciosas, y luego introducir su lengua en mi ano rendido.

– Qué trasero tan grande tienes – comentó, saboreando mi piel.

Ya con mi ano dilatado y lubricado sin pedirme permiso, procedió a penetrarme con su miembro.

A pesar de la dilatación extrema y la lubricación, mi recto aún sentía el impacto de tener ese pedazo de carne curvado dentro. Sentía como si me partieran en dos. Ramón definitivamente sabía cómo hacer su trabajo y movía mis caderas para que la penetración fuera más suave.

– Sácalo, es demasiado grande – le pedí.

– Ya está completamente dentro.

Toqué su pene y efectivamente, estaba todo dentro. Acto seguido, comenzó a embestirme lentamente, como con precaución, aunque en esa acción no había rastro de timidez, porque gradualmente incrementó la velocidad y la fuerza de sus embestidas, hasta que finalmente logró sacarlo por completo y volver a introducirlo de una sola vez, provocando que mis piernas temblaran de placer.

– Ahora tienes el culo abierto.

– Dame mi móvil– le pedí.

Me lo dio, lo desbloqueé y abrí la cámara.

– Tómale una foto a mi trasero, quiero verlo dilatado.

– Déjame un momento más.

Así lo hizo: introdujo ese falo negro en toda su extensión y lo sacó varias veces, mientras mis rodillas temblorosas apenas sostenían mi peso.

Resulta que grabó un video y yo, en posición y con el trasero palpitante, lo observé. Pobre de mi trasero, mostraba una dilatación de casi 2 pulgadas de diámetro (unos 5 cm).

– Me encanta dilatar culos, ¿te gusta mi miembro?

– Vuelve a introducirlo.

– Espera.

Me giró y me practicó sexo oral, mis 16 cm apenas parecían comparados con los de Ramón, no obstante los míos también son negros con la cabeza grande y casi morada. De repente, Ramón se sentó en mi miembro y sentí cómo éste se abría paso en ese trasero ajustado.

Ramón cabalgaba como un experto y cada vez que descendía, la cabeza de su pene curvo impactaba contra mi abdomen.

A pesar de disfrutar penetrándolo, quería ese miembro negro en mi trasero.

– Introdúcemelo – le ordené.

– Me gustan los hombres resistentes y varoniles.

– Mi trasero es tuyo.

Me puso de pie y comenzó a penetrarme y a sacar todo despacio, procurando masajear mi próstata con la cabeza de su miembro aprovechando su curvatura obscena. De repente, sentí un placer indescriptible, como olas que surgían en mi recto y recorrían todo mi cuerpo. Finalmente, mi pene empezó a segregar mucho pre-semen.

al compás de los placeres solitarios.

Después, la retiró y me empujó hacia la cama, dejándome boca abajo, y de esa manera me penetró con brusquedad una y otra vez con su miembro.

Al final, se retiró, me tomó de los tobillos, me giró quedando boca arriba en la cama y sin darme tiempo para reaccionar, me penetró nuevamente. Sus embestidas se volvieron verdaderamente salvajes y no pude contenerme, me corrí en pleno acto. Ramón se retiró, tomó mi semen con la mano y se lo untó en su pene para después volver a penetrarme con fuerza, hasta finalmente acabar dentro de mí.

Me encontraba exhausto, adolorido, sudado, sin dignidad, con el trasero tan abierto que no podía cerrarlo.

Tenía que volver a casa. Ramón deseaba que me quedara a pasar la noche con él. Ni siquiera lo consideré, quería conservar mi vida. Como pude, me vestí, lo besé y me despedí. Regresé a casa en Uber, pues no soportaría caminar todo el trayecto. El conductor de Uber me preguntó si estaba bien, le respondí afirmativamente, a pesar de que mi ano se sentía como si acabara de parir.

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