¡Manos a la obra! Cada encuentro era sin inhibiciones, y esta vez nos dirigimos nuevamente a la construcción del chalet abandonado. Nos apetecía revivir la emoción de hacer el amor al aire libre, en un lugar que nos provocara, y a la vez, desplegar todas nuestras fantasías.
Así que allí iba nuevamente rumbo a la obra, luego de la llamada del chico de la tienda por departamentos, mi amante secreto. Él despertaba toda mi imaginación y sacaba mi lado más erótico y sensual.
Descendí por los terraplenes de arena y tierra para llegar al semi-sótano del chalet. Con el verano, solo llevaba unos shorts ajustados, marcando mi entrepierna, me gustaba vestir de manera provocativa. Busqué el lugar perfecto entre los escombros, y mientras esperaba a mi amante, me acariciaba para estar bien excitado al momento de su llegada.
Lo vi acercarse, no llevaba los vaqueros ajustados que tanto me gustaban, pero su pantalón deportivo de algodón marcaba su virilidad y me excitaba aún más. Mientras se aproximaba, insinuaba mis deseos acariciando mis partes íntimas debajo de los shorts. Sin rodeos, nos besamos apasionadamente y le pedí que me hiciera sexo oral sin más preámbulos.
Su miembro estaba duro y húmedo, con el glande rojo y firme. Sin dudarlo, lo llevé a mi boca para que disfrutara. No paraba de empujar en su boca, quería que se tragara todo, llegar hasta mis testículos, llevarlo hasta el fondo de su garganta. En ese momento, yo era el activo.
Mientras él agarraba mi cabello para introducir mi miembro en su boca, yo estimulaba sus pezones y acariciaba su cuerpo atlético, hasta que finalmente lo puse de pie, le bajé los pantalones y sin pensarlo dos veces, me incliné para practicarle sexo oral en su trasero depilado y suave. Pasé mi lengua húmeda por su ano, penetrándolo mientras gemía de placer, al mismo tiempo que lo masturbaba con mis dedos, preparando su trasero apretado y jugoso para recibir mi miembro cada vez más erecto.
Tomé un preservativo del bolsillo, lo coloqué, lo lubrifiqué y sin compasión, lo penetré de un solo movimiento, deslizando mi miembro en su trasero sin resistencia, al ritmo de mis embestidas, él se masturbaba aprovechando los movimientos de la penetración.
Con gemidos de placer y excitación, seguí empujando cada vez más fuerte, mientras él pedía más y más. Llegó el momento de máxima excitación, saqué mi miembro de su trasero, nos dimos la vuelta y nos masturbamos mutuamente hasta eyacular sobre el suelo de la obra.
Otra despedida con mi miembro goteando, esta vez sin pasar por los shorts pero mojando el pantalón corto vaquero, marcando mi miembro todavía voluminoso bajo la tela. Regresé a casa más excitado de lo que llegué, esa situación me provocó tanto morbo que seguí erecto hasta llegar a mi habitación. Me duché ansioso por el próximo encuentro, que sabía que llegaría pronto.