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Mensaje al autor de «La vivienda en la costa (parte 5)»

La vivienda en la costa (parte 5)

Cuando Pablo se acercó a abrir la puerta, me levanté de la cama de manera rápida sin importar ya tapar mis atributos. Silenciosamente, ingresé al baño con el objetivo de ducharme mientras aguardaba la decisión de mi pareja; tal como habíamos acordado, él tendría la última palabra sobre quién sería el ganador.

Consideré que lo más sensato sería mantenerme alejada mientras mi pareja evaluaba las imágenes, evitando así influir en su elección. De esta manera, ninguno de los chicos pensaría que tenía preferencia por alguno de los dos, aunque en realidad la tuviera.

El baño era muy lujoso, con una amplia bañera de mármol blanco y una ducha con puertas de cristal templado, equipada con una regadera en el techo que imitaba la caída de la lluvia. A pesar de su lujo, la ducha no estaba pensada para dos personas, por lo que supuse con acierto que habría contacto físico, sin importar quién resultara vencedor.

Con la iluminación escasa proveniente de la habitación, abrí el grifo del agua para refrescarme y tranquilizarme mientras mi pareja tomaba su decisión. ¡Estaba sumamente emocionada y ansiosa!

El agua fría que caía del techo recorrió mi cuerpo, despertándome completamente y eliminando cualquier atisbo de embriaguez. En la habitación se escuchaban risas y comentarios obscenos del juez y los concursantes.

—¡Observen la expresión de deseo en el rostro de mi novia en esta foto! —se escuchó una voz riendo, posiblemente la de mi pareja, orgulloso mostrando alguna de las imágenes tomadas durante mi sesión como modelo.

—¡No, jefe, vea esta otra imagen, en esta su novia luce aún más seductora! —protestó uno de los chicos, intentando influir en la decisión de mi pareja.

—¡Para nada, en esta foto sí que se ve muy atrevida la señorita! —contradijo el otro competidor, buscando inclinar la balanza a su favor.

—Tienes razón, amigo —concordó momentáneamente mi pareja—, ¡aquí definitivamente se ve muy atrevida la mujer! —agregó redundando.

Me divertía escuchar a los chicos discutir acaloradamente sobre quién debería ser el ganador absoluto. Cada uno defendía su punto de vista con argumentos parciales, mientras mi pareja reía nerviosamente, incapaz de decidir de la forma más imparcial posible. Supongo que nunca imaginó la clase de debate en la que se convertiría nuestro inocente y erótico juego, ¡vaya sorpresa ver a Pedro y Pablo intentando sobornarlo!

En realidad, ver a esos varoniles chicos tratando de persuadir a mi pareja de manera tan vehemente me hacía sentir algo especial; más allá de ser una mujer deseada, me sentía venerada.

—En realidad, en esta foto no creo que ella pueda lucir más seductora... —bromeó mi pareja, manteniendo el suspenso de su decisión por unos segundos—. ¡Por su seducción! —concluyó finalmente, desatando las risas de todos que sacudieron todo mi ser; mientras el agua fría seguía recorriendo mi piel hasta el suelo.

Independientemente de quién resultara vencedor en esta singular competencia fotográfica, una cosa era segura: mi pareja y los chicos estaban fascinados con las imágenes capturadas por Pedro y Pablo de mi hermoso y sensual cuerpo. Sus gritos de emoción y morbo confirmaban este hecho.

Los comentarios sugerentes y bromas subidas de tono conmigo como protagonista dejaban claro que mi presencia.

El personaje principal, se convirtieron en la moneda de cambio que los jóvenes utilizaban para influir en la decisión de mi pareja. Aún en mi prudente aislamiento, podía escuchar claramente la mayoría de estas bromas, logrando incluso arrancar una sonrisa espontánea en mi rostro.

Toda esa algarabía en la habitación contigua me tenía sumamente ansiosa, y quizás un poco celosa, de la verdadera camaradería que ellos, como un grupo de hombres maduros y con una libido sana, disfrutaban a mi costa.

Teniendo en cuenta que era la única mujer en kilómetros a la redonda, no contaba con una compañera femenina con la que compartir esa intensa sensación de adrenalina y excitación que había mantenido mi cuerpo en un estado de éxtasis constante durante todo el día. Sin embargo, la soledad de género en la que estaba inmersa tenía sus ventajas, como recibir la completa atención de tres hombres y sus robustas erecciones.

El simple hecho de escuchar a mi pareja o a los jóvenes del otro lado de la puerta utilizar ese término despectivo hacia mí, generaba en mí una sensación electrizante que recorría mi espina dorsal, haciéndome temblar de emoción. Me había colocado deliberadamente en la posición que buscaba, la de convertirme en la "damisela de compañía" de todos ellos esa misma noche.

El agua fría que resbalaba entre mis pechos chocaba con el calor que se había apoderado de mi vientre inferior, tornándose tibia al deslizarse por mis piernas. Mientras acariciaba con ansias el exterior de mi zona íntima, resistiéndome a la tentación de introducir mis dedos en ella, pues anhelaba algo más grande... considerablemente más grueso y sustancial, en ese momento.

Mi excitación era tan intensa que no me di cuenta de que las risas y murmullos afuera de la habitación se habían apagado. De no ser por la repentina iluminación artificial que inundó el lujoso cuarto de baño, no me habría percatado de que el ganador de la peculiar competencia de fotografía erótica estaba a punto de unirse a mí en la ducha, elevando mi temperatura corporal al máximo.

Mordiéndome los labios ansiosamente y dando la espalda a los pasos que se aproximaban al otro lado del cristal, escuché cómo la puerta del baño se cerraba desde adentro.

En mi interior, agradecí con una sonrisa espontánea la privacidad que mi pareja nos brindaba tan amablemente. Ahora era libre de hacer y dejarme hacer todo lo que deseara; solo hacía falta descubrir quién sería mi afortunado compañero de "ducha".

Estaba ansiosa por girar la cabeza y descubrir de una vez por todas con cuál de los dos individuos tendría la oportunidad de satisfacer todos mis deseos. Los segundos en los que imaginaba a mi misterioso acompañante desvistiéndose parecían eternos. Apreté fuertemente mis piernas intentando contener a mi sedienta zona íntima, que en silencio clamaba por ser saciada.

Y de repente, el sonido más sublime de toda la noche me hizo sonreír una vez más, calmando mis ansias. Fue un leve crujido, resultado del roce entre el metal y el vidrio, que indicaba que la puerta de cristal de la ducha se había abierto; permitiendo que una suave brisa envolviera mi cuerpo desnudo, refrescando mi piel.

—"Hola" —saludé con una sonrisa coqueta, mirando sobre mi hombro el atlético cuerpo de mi compañero, fingiendo no estar impresionada por esa magnífica anatomía.

—"Hola" —respondió a mi saludo.

Abrió los ojos como platos, deleitándose con la perfección de mi figura desnuda; recorriéndome con la mirada de arriba abajo, mientras mordía sus labios con lujuria y acariciaba su miembro erecto sin intentar ocultarlo.

Su expresión de felicidad era innegable. Perfecto, la primera ronda era mía.

—¿Me permites el paso? —preguntó tímidamente Pablo, interrumpiendo la tensa situación.

¡Oh, era de esperar! ¡Qué pregunta tan tonta! Estábamos ambos desnudos en la ducha, ¡solo alguien con pocas luces se atrevería a hacer ese tipo de pregunta! ¿Por qué no ganó Pedro?, cuestioné al cielo en busca de respuestas.

En ese momento, deseaba fervientemente que la anécdota que había escuchado previamente, sobre el intercambio de novias entre los chicos, fuera cierta y así no me viera en la obligación de enseñarle a Pablo cómo hacer el amor. Hace mucho tiempo que no hacía ese tipo de 'servicio social'.

—Por supuesto cariño —respondí amablemente con una pícara llena de intención, tratando de calmar la situación.

Me apoyé en la pared de la ducha para darle espacio al corpulento chico. Pablo ingresó al reducido espacio del baño con una sonrisa; su miembro erecto destacaba, imponente. Rojizo, largo y ancho; envuelto en una densa y desordenada cabellera en su eje. Y detrás de esta maraña, descansaban sus dos enormes testículos, que hasta entonces solo había percibido por el tacto; cuando previamente habían chocado contra mi suave piel facial. ¡Debería examinarlos más detenidamente!

Claramente, en el plano sexual, mi novio y Pablo eran opuestos totales. Por un lado, estaba mi pareja, con un ego más grande que su hombría, pero siempre decidido a tomar la iniciativa en la cama; un hombre que no dejaba escapar ninguna oportunidad para tener relaciones sexuales o someterme sexualmente. Estar con él era garantía de placer de alguna manera.

Y por otro lado, estaba Pablo, obsequiado generosamente por la naturaleza. Sin embargo, su baja autoestima, como una cruel broma, le impedía priorizar sus necesidades carnales sobre sus complejos de inferioridad absurdos.

Respiré resignada, ¿acaso era mucho pedir un hombre que combinara lo mejor de ambos?, rogué al cielo nuevamente por ayuda. Casi como si mi 'hada madrina' o 'ángel de la guarda' estuvieran aguardando mi petición formal, mis súplicas fueron respondidas cuando la puerta del tocador se abrió de nuevo.

—¡Dejen paso al ganador! —exclamó Pedro con entusiasmo, al aparecer danzante en el umbral.

—¡Sí! —grité, sintiendo la alegría iluminando mi rostro.

La respuesta a mis plegarias ingresó al baño sin camisa, bailando con gracia, flexionando sus rodillas en pequeños movimientos divertidos mientras desabotonaba sus pantalones con sensualidad, dejándolos caer al suelo quedando completamente desnudo.

Mordiéndome los labios, observaba cómo su imponente miembro se balanceaba entre sus muslos al compás de su baile seductor. No solo era grandioso físicamente, sino que también transmitía una 'actitud' mucho mejor que la de Pablo; si es que un miembro pudiera tener personalidad.

Estaba tan emocionada con la imagen del atractivo y atlético chico bailando desnudo al otro lado del cristal que olvidé por completo a Pablo, que se encontraba igualmente desnudo justo a mi lado. Ni siquiera noté a mi novio, que sonreía con malicia en el marco de la entrada, con la entrepierna sujeta, poseído por la excitación que le provocaba la escena frente a él. ¡Pobre, esto recién comenzaba!

Sin interrumpir su baile, Pedro giró marcando el ritmo con un par de palmadas en su glúteo derecho, lo que me hizo doblarme de risa frente a Pablo, al punto de que mis nalgas chocaron con su miembro sin que él pareciera reaccionar. Supongo que también estaba prendado del baile de su amigo.

Continuando con su coreografía, Pedro se acercó a la puerta de cristal; mientras yo trataba de ...

de inflexionar, ¿cómo podríamos acceder todos en tan pequeño lugar? Quizás mi novio, debió haber tomado un momento extra para considerar mejor las verdaderas dimensiones del premio de su improvisada competencia de fotografía.

—Éramos bastantes y pareó la abuela —comentó Pedro en tono jocoso al abrir la puerta, haciendo alusión al estrecho espacio de la ducha en la que se disponía a ingresar.

—Entra ya, que si hay lugar para uno más —afirmé yo, apoyando mi cuerpo contra el de Pablo de modo que mis pechos chocaron con su pecho, y su firme miembro terminó deslizándose entre mis muslos.

A pesar de todo, encontrarme apretujada entre dos atractivos chicos completamente desnudos no me incomodaba en absoluto. Afortunadamente, mi novio no era muy hábil cuando se trataba de dimensiones espaciales; "al fin y al cabo, solo es un abogado", pensé justificándolo.

—¿Dónde está mi premio? —inquirió Pedro retóricamente, ya que conocía perfectamente cuál era su premio.

—¡Aquí está! —respondí de forma innecesaria, moviendo mis caderas contagiada por el sensual baile.

—¡Oh, cielos! —exclamó Pablo excitado, mientras su miembro hacía movimientos al ser frotado por mis muslos 'accidentalmente'.

Pensé, "¿había otro chico presente?" Pablo debía sentirse eternamente agradecido con su amigo; de no ser por Pedro, quien con su actitud alegre vino al rescate, esta situación seguramente habría terminado en fracaso.

Al igual que Pablo, Pedro ingresó en el reducido cubículo con su erguido y firme miembro al frente. El espacio era tan reducido que su pene rozó mis glúteos antes de que completara su entrada a la ducha. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, causándome un espasmo en el vientre que me llevó a sujetarme a Pablo de manera espontánea.

—¡Ay, qué susto! —grité aferrada a Pablo.

—Tranquila, nena —dijo Pedro en voz baja y en tono jocoso, tomándome por la cintura con ambas manos.

Se me erizó la piel al sentir el roce de la cabeza del pene de Pedro por la abertura de mis nalgas. Mi cuerpo quedó atrapado entre los dos chicos, mientras sus firmes miembros se encontraban en medio de mis muslos.

—¿Eres tú, Pablo? —preguntó Pedro en tono de broma, refiriéndose al contacto entre sus penes bajo mi zona íntima.

Riéndome ante la ingeniosa broma de Pedro, nunca imaginé encontrarme en una situación tan peculiar. Ciertamente, ya había compartido una ducha con dos chicos anteriormente, ¡pero jamás delante de mi novio!

Pedro cerró la puerta de cristal, quedando los tres tan apretados que podíamos sentir como nuestras barrigas se expandían y contraían al respirar. La fría agua que caía del techo apenas llegaba al suelo, evaporándose debido a la alta temperatura de nuestros cuerpos desnudos que se rozaban de manera lujuriosa con cada mínimo movimiento.

¡No podía creer la increíble situación! Una vez más, mi respiración se aceleró mientras mi estómago se encogía en nerviosismo. Junto mis piernas para sostener firmemente los miembros de ambos chicos entre ellas, causándoles un escalofrío ahora a ellos, al intentar acariciarlos con un alegre baile como si tuviera ganas de orinar, que en realidad las tenía.

—¡Caray! —exclamaron ambos, o quizás solo uno, al sentir mis hábiles caricias.

—¡Vamos, sigamos así! —exclamé con entusiasmo, animándolos a seguir el ritmo de mi baile.

Nuestras caderas se sincronizaron casi de inmediato al compás de la sensual y húmeda coreografía. Con mi mano izquierda limpié el agua del muro de cristal para poder mirar afuera, donde vi a mi novio parado en el marco de la puerta; masturbándose vigorosamente.

Jugueteando con mis labios, nuestras miradas se encontraron. Él me sonrió.

Al ser descubierto estimulando su miembro viril, era evidente que disfrutaba del show, quizás más que cualquier otro de nosotros.

“Goza, princesa”, expresó mi pareja sin proferir palabra alguna; dejando de acariciar su miembro por un instante para levantar ambos pulgares en señal de aprobación.

Todo quedaba claro ahora. Al haber complacido a mi pareja con las fotografías obtenidas de su hermosa y sensual novia, había decidido de forma equitativa declarar un empate, concediendo a Pedro y Pablo ambos el derecho a recibir el premio prometido. ¡La situación no podría haber salido mejor!... ¿o tal vez sí?

De repente, mi pareja cerró la puerta tras de sí, quedando encerrado en el tocador. Por un momento logró captar mi atención, haciéndome preguntar qué clase de juego seguiría a continuación. Y antes de que pudiera pasar algo más, mi pareja alcanzó el interruptor de la iluminación para apagarla y sumirnos en la total oscuridad.

—¡Sí! —exclamamos emocionadas las tres personas en la ducha.

En completa oscuridad, teníamos vía libre para explorar más allá de simplemente ducharnos frente a mi pareja; sin duda alguna no dejaríamos pasar la oportunidad que se nos presentaba. De repente, mi cuerpo fue acariciado por dos pares de manos, ansiosas por recorrer cada uno de mis encantos. Mis senos y mi intimidad recibieron mayor atención, sin olvidar, por supuesto, mi estrecho ano.

De vez en cuando, uno o varios dedos llegaban a mis labios, luego de haber visitado alguna otra parte de mi anatomía; permitiéndoles introducirse en mi boca para saborear mis propios fluidos corporales, combinados con el néctar de aquel par de atractivos compañeros. ¡El gusto era exquisito!

Cada cierto tiempo, mi pareja encendía la luz por breves instantes, sorprendiendo a ambos chicos en plena acción, acariciándome con ambas manos o frotando su miembro contra mi piel. Solo para luego señalarnos con su dedo acusador, simulando estar regañándonos antes de volver a apagar la iluminación.

Permanecimos en esa morbosidad durante unos minutos más hasta que finalmente mi pareja eyaculó, dejando la luz encendida. Me pareció injusto, ya que yo ni siquiera había tenido el placer de experimentar uno de aquellos hermosos y firmes miembros en mi interior. Pero antes de poder expresar mi queja, mi pareja abrió la puerta del tocador, indicándonos que era momento de dirigirnos a la habitación para continuar con nuestra pequeña orgía.

—¿Se quedarán allí? —inquirió mi pareja de forma retórica, claramente ebrio.

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