Regresando a la residencia El Paraíso, donde Araceli desempeña su trabajo como seguridad, continuaremos detallando lo que sucede en algunas de sus 61 habitaciones. Para conocer las particularidades arquitectónicas de dicho lugar, remito al lector a que lea la primera parte de esta historia, en caso de no haberlo hecho todavía.
Luego de experimentar dos orgasmos al ver en los monitores las escenas subidas de tono en las alcobas de los inquilinos, Araceli decidió tomar un breve descanso para recargar energías. A pesar de haber sentido intensos y explosivos orgasmos al presenciar esas escenas, tenía ciertas molestias debido al roce constante, así que optó por aplicarse una crema hidratante y esperar media hora antes de continuar.
Mientras disfrutaba de un bocadillo, seguía cambiando de canal en los monitores. En la habitación 10, observó un encuentro sexual grupal. Diez hombres se turnaban para tener relaciones con una mujer negra muy atractiva. Esta mujer tenía el pelo rubio recogido en varias trenzas y lucía una figura atlética con unos muslos tonificados.
Los participantes experimentaban con diversas posturas sexuales: misionero, perrito, de costado, entre otras. Incluso realizaron un trío simultáneo en diferentes posiciones (de pie, boca arriba, boca abajo).
Mientras era penetrada por distintas vías, la mujer se agarraba con ambas manos a otras dos. Los otros cinco hombres presentes esperaban su turno masturbándose de pie.
La mujer se veía abrumada. Durante una de las prácticas, no pudo evitar salivar abundantemente, dejando que estas babas resbalaran por su cuerpo hasta llegar a sus senos, vientre y ombligo.
En una esquina de la habitación, un chico estaba como castigado, encadenado a la pared.
Tras casi una hora de intensa actividad, los diez hombres decidieron finalizar con un bukkake, bañando a la mujer en esperma.
La mujer se arrodilló en el centro de la sala mientras los hombres formaban un círculo a su alrededor y se masturbaban vigorosamente. Con gestos provocativos, la mujer se introducía los dedos en la boca, poniendo los ojos en blanco. Dos hombres eyacularon sobre su cabeza y mejillas, seguidos por otros tres que lo hicieron en su boca, nariz y cuello. Uno de ellos prefirió eyacular en su oreja derecha, mientras otro lo hizo en la izquierda. Los tres restantes esparcieron su semen por todo su cuerpo, incluso llegando a sus fosas nasales.
Después de quedar completamente cubierta de esperma, su rostro resultaba irreconocible, creando un contraste morboso y excitante con su piel oscura.
Finalmente, uno de los hombres liberó al otro chico que estaba encadenado, lo acercó a la mujer y le ordenó que la limpiara lamiendo todo el esperma mientras ella escupía. El chico obedeció limpiando meticulosamente desde el ombligo hasta el cuello, ingiriendo todas las secreciones dejadas por la mujer.
Después continuó con su cabello, pestañas, mejillas, etc., asegurándose de dejarla completamente limpia. La mujer había recibido una gran cantidad de esperma y saliva.
en su boca y la escupió con fuerza para que él la tragara, apenas dándole tiempo para saborearla.
De las orejas le salían regueros de esperma que el esclavo recogía con la lengua y succionaba. Asimismo, lamió sus narices introduciendo la lengua en los orificios para recoger los residuos de cuajada presentes. Después de que la chica se sonara varias veces, expulsó una buena cantidad de semen mezclado con moco. Todo esto fue ingerido por el chico, dejándole el rostro cubierto como los chorros del oro.
La mujer volvió a escupirle otra vez, un buen escupitajo de semen y saliva que recogió con la lengua, pasándola por todos los rincones de sus dientes, paladar y mucosa. Realizó gárgaras y se lo tragó todo. A la chica le causó tal diversión que decidió repetir la acción, lanzándole otro escupitajo importante, aunque esta vez con más saliva que semen.
Araceli optó por llamar a la mencionada habitación para que enviaran al joven a orinar en la boca, ya que necesitaba vaciar la vejiga y, de paso, que le practicara sexo oral de forma decidida en su zona íntima ensangrentada, ya que estaba comenzando su periodo. Mientras tanto, siguió cambiando de canal y en la planta inferior (reservada para el sadomasoquismo), en la habitación -2, quedó fascinada con lo que contempló.
Un joven estaba suspendido en el aire, horizontalmente, por cuerdas atadas a sus brazos y piernas. Detrás de él, una mujer dominante le introducía el puño y parte del brazo derecho en su interior anal. Lo empujaba con fuerza, como si pretendiera golpear fuertemente en el interior de sus entrañas. El hombre gritaba como un cabrito en el matadero.
Alrededor del esclavo se encontraban otras tres mujeres que se reían a carcajadas y animaban a su compañera a introducirle el brazo hasta el codo al menos. Estas mujeres también se entretenían en apagar cigarrillos en la espalda del hombre, presionando con fuerza como si quisieran insertarlos en la piel. Luego se colocaron en cuclillas sobre un frasco de vidrio y, por turnos, empezaron a orinar. El frasco quedó más que medio lleno. Tomaron una pajilla, la introdujeron en el frasco y le dieron al esclavo a beber.
–Ve bebiendo poco a poco. Si no lo haces, te meteremos dos brazos al mismo tiempo en el trasero. ¡Te destrozaremos, maldito! –le advirtieron.
Ante esta situación, al chico no le quedó más alternativa que, entre gritos de dolor y alaridos (por los empujones que la principal Ama le propinaba en el trasero), ir sorbiendo a través de la pajilla y tragando todo ese maravilloso líquido dorado.
En las tres horas que duró esa sesión de sadomasoquismo, los ocho puños y brazos de esas mujeres valientes experimentaron la sensación de tocar y rozar las entrañas del joven. El esclavo salió de allí con el estómago lleno de orina (pues al final, la cuenta ascendió a tres frascos bien colmados), y con el ano más dilatado que la boca de un túnel. Se marchó encantado.
Araceli observaba todo esto mientras comía pipas y se acariciaba los pezones ocasionalmente para intensificar el placer. Estaba sentada sobre el rostro del joven que había sido enviado. Este ya le había proporcionado dos orgasmos y tragaba sin rechistar todos los fluidos vaginales mezclados con el sangrado menstrual, que fluía en abundancia. La cara del chico estaba bastante sucia de restos menstruales.
–Bebe todo lo que salga de mi copa, cariño. Es el Santo Grial. La sangre de la vida mezclada con los fluidos del placer. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo –le decía Araceli con picardía y desparpajo.
La guarda de seguridad, mientras continuaba con sus quehaceres para alcanzar otros dos orgasmos, decidió averiguar qué ocurría en el vestíbulo, también llamado habitación 0.
Como recepcionistas, había una pareja vestida elegantemente.
En un estilo victoriano, como si vivieran en el siglo XIX, el caballero llevaba un frac con un sombrero de copa mientras que ella lucía un vestido rococó con vuelo y un sombrero muy distinguido.
Mientras atendían a los nuevos huéspedes en la recepción, el empleado abrazaba por detrás a su compañera y, frotándose contra ella, simulaba el acto sexual. Luego, sacó su miembro erecto por la bragueta y, levantando el vestido de la joven, continuó frotándose contra su cuerpo. Resulta que la mujer estaba bien resguardada contra cualquier intento de penetración no consentida. Bajo su vestido llevaba enaguas, calzones y bragas. El hombre tuvo que conformarse con acariciar y frotarse contra esas telas. A pesar de que el vestido era largo y amplio, el hombre daba la impresión de estar consumando un acto sexual, pero en realidad solo era una simulación con sus propias ilusiones.
Ella continuaba atendiendo al público como si nada sucediera, mientras su compañero se apretaba contra ella, presionando con fuerza su miembro contra su piel. Con sus manos acariciaba su cintura y caderas, pero al intentar llegar más arriba, se topó con un corsé que le impedía acariciar de manera adecuada esos pechos firmes. Una sensación de cosquilleo se apoderaba de su miembro, anunciando que, si seguía por ese camino, pronto llegaría a un orgasmo satisfactorio.
Los movimientos del empleado hacia su compañera hicieron que, al momento de redactar el recibo, ella cometiera algunos errores. Minutos después, el joven finalmente, luego de frotar y frotar, liberó su semen manchando buena parte de las prendas interiores de la mujer y dejándolas impregnadas.
El hombre se retiró y poco después llegó otro empleado vestido de manera similar, para no romper con la armonía. Repitió la misma actuación: levantó el vestido de la joven y colocó su miembro entre las prendas interiores y el vestido, simulando una relación sexual. Pronto, su miembro se humedeció al contacto con los restos de semen de su antecesor.
Este ciclo se repitió a lo largo del resto del día con la llegada de otros compañeros. Las prendas (vestido, enaguas, calzones e incluso bragas) quedaron tan empapadas en semen al final de la jornada que, al secarse, se volvieron rígidas como cartón. Al día siguiente, ella las volvería a usar para que otros hombres continuaran con sus simulacros de relaciones sexuales.
Araceli tenía la ventaja de que, incluso durante su periodo, eso no le impedía disfrutar de intensos orgasmos. Entre sus manos y, sobre todo, gracias a la boca y lengua de su esclavo, alcanzaba clímax tras clímax. Ya ni siquiera se molestaba en ir al baño para orinar, lo hacía donde estaba... es decir, encima de la boca de su sirviente.
Él, como fiel servidor, saboreaba y bebía todos los fluidos que emanaba el hermoso cuerpo de su ama.
Continuaremos narrando en futuras entregas lo que sucede en las demás habitaciones de esta mansión de fantasías conocida como El Edén.