Los hábitos, los condenables hábitos que arruinan tu persona e incluso a tu familia, yo caí en uno de ellos, y lo pagué caro.
Llevaba una vida tranquila con una hermosa esposa y una hija maravillosa, un trabajo promedio, no me daba lujos pero me permitía vivir dignamente, trabajaba en una oficina, era un "Godinez" como usualmente se dice.
Todo iba bien hasta que por influencia de un compañero de trabajo empecé a frecuentar casinos para apostar ocasionalmente, al principio lo tomaba como diversión, íbamos por la noche y no me arriesgaba, mis apuestas eran muy modestas pero siempre existía en mí esa sensación de desear tener más, avaricia le llaman, no soportaba irme a casa sin nada y siempre intentaba ganar más dinero, en algunas ocasiones lo lograba, en otras no.
De este modo el hábito fue aumentando poco a poco, debido a mi horario laboral sólo podía ir a jugar por la noche pero pronto mi esposa cuestionó las razones de mis salidas, yo con gran cinismo le inventaba que el jefe de departamento realizaba reuniones y estas se alargaban, ella ingenua me creía hasta que llegó un momento en que las cuentas no cuadraban, el dinero escaseaba en la casa, ella quiso aclararlo.
-Eduardo, cada vez me entregas menos dinero para el hogar, ya van dos veces que no pagas la luz y nos la cortan ¿qué sucede con el dinero?
-Ana, todo está subiendo, además sabes que no gano tanto.
-Ese es el punto, hay que manejar bien el dinero ¿qué haces con el resto?
-Amor...
-Y ya que estamos hablando explícame sobre tus reuniones a altas horas de la noche, eso es imposible ¿¡a dónde diablos te vas!?
-Bueno...
-Dime...
-Pues... He estado asistiendo al casino con un colega.
Al terminar la frase Ana enloqueció, pronto la confrontación entre ambos no se hizo esperar, discutimos toda la noche y al final logró hacerme entrar en razón y le prometí no volver a apostar ni siquiera la cantidad mínima.
La realidad es que el juego ya me había gustado bastante pero ya no podía escapar por las noches, Ana se daría cuenta, por lo que decidí ir al menos una vez a la semana al casino a la hora del almuerzo. Mantuve esa rutina durante varias semanas pero no me satisfacía, siempre anhelaba experimentar esa adrenalina de no saber si la carta que estás jugando, el caballo al que apostaste o la máquina en la que estás jugando te hará ganar más dinero.
En una mala noche perdí más de 3000 pesos en una pelea de gallos, le pedí prestado a uno de los organizadores de las peleas con quien tenía confianza, volví a apostar y perdí nuevamente, al final él me ayudó pero le quedé debiendo una suma de dinero.
Días después junté algo pero no era suficiente, él me dijo que si no contaba con efectivo podía entregarle una computadora o una televisión y con eso la deuda quedaría saldada. Opté por entregar la televisión y en un momento en que Ana no estaba en casa la saqué y se la entregué a "El Toro" que era el apodo del individuo a quien le debía.
Obviamente mi esposa me preguntó sobre la televisión, sin encontrar una mejor excusa le dije que le había caído refresco y la había llevado a arreglar, asintió pero era evidente que no me había creído.
Escenas como estas se repitieron con el paso del tiempo, aunque también había días en los cuales traía mucho más dinero de lo habitual a la casa producto de una buena racha que tuve, un día de esos Ana me confrontó nuevamente.
-¿Continúas asistiendo a apostar verdad?
-Ana, llevo meses sin ir.
-No soy ingenua Eduardo, sé que te escapas con tu amigo, solo te pido que te contengas.
-Ana...
-Ten cuidado por favor, no pongas en juego más de lo que tenemos, por favor.
Era obvio que ya sabía que era muy aficionado a apostar perose había cansado de enfrentarme, decidió resignarse. Incluso en algunas noches se atrevía a cuestionarme cuánto había ganado. No es que me hubiera dado permiso para seguir apostando, pero tampoco se oponía, por lo que continué haciéndolo.
Recuerdo una vez que regresé temprano a casa con un rostro desencajado porque había tenido mala suerte en el blackjack, me dejé llevar y adquirí la deuda más grande de mi vida; preocupada, ella me pidió saber qué me pasaba.
-Debo 35,000 pesos Ana.
-¿Qué?
-Debo...
-¡Cállate! Sabía que esto sucedería, te dije que te controlaras, ¿qué piensas hacer?
-No sé, solicitar un préstamo, algo.
-¿A quién?
-No sé, creo que debo vender el coche.
-Tú verás, eso sí te advierto, ¡es la última vez que apuestas, eh!
-Sí.
-Mírame a los ojos y júralo.
-Lo juro.
Superamos ese amargo episodio, logré vender el coche y apenas reuní lo que debía, ya que mi auto era bastante viejo, a pesar de todo, mi esposa me perdonó y seguimos adelante. Pasé cerca de seis meses sin apostar en absoluto, pero cada día que pasaba quería seguir jugando póker o apostar en los partidos de fútbol. Pronto rompí la promesa que le había hecho a mi mujer y volví a mis viejas costumbres, me escapaba varias tardes para jugar, llegando al punto de no regresar a trabajar. Pronto eso se volvió en mi contra.
Una tarde de miércoles, mi jefe me llamó, fui a su oficina preocupado, imaginando la razón por la que me necesitaba, sin dar muchas vueltas, se habían percatado de mis ausencias repetidas y me despidieron.
No quería que Ana supiera la razón de mi despido, le dije que fue por reducción de personal. Con el paso de los días, la ociosidad me consumió y fui al hipódromo a apostar los últimos pesos que tenía en el bolsillo, los perdí todos.
Quedé endeudado con una gran suma de dinero y constantemente me llamaban por teléfono reclamando el pago, incluso me amenazaban, sin opciones, le confesé a Ana lo sucedido. Al principio se molestó, pero al explicarle las amenazas, su rostro se transformó en uno de pánico, ahora más que nunca necesitaba su apoyo. Vendimos casi la mitad de los muebles de la casa y pedí dinero prestado a mi suegro, pero no fue suficiente, ahora sí me encontraba en problemas.
No pasó mucho tiempo antes de que unos individuos llegaran a mi casa a cobrarme, se llevaron el resto de los muebles, dejando la casa vacía. A mi hija le dije que se los habían llevado porque compraríamos nuevos y mejores, una sonrisa se dibujó en su rostro, me sentí despreciable e impotente al mentirle a mi propia hija. Pasamos la noche en el suelo, Ana llorando en mi hombro e inútilmente intentando reconfortarla diciéndole que todo mejorarían.
Días después caminaba por la mañana pateando las hojas en el camino, pensando en cómo resolver esta crisis, cuando alguien me tomó por el hombro sorprendiéndome.
-Shhh... Sube a la camioneta y no hagas nada.
Con evidente temor, subí a una camioneta estacionada a un lado, era grande, negra y con los vidrios polarizados.
-Siéntate. -me ordenó.
La camioneta arrancó y el individuo frente a mí me habló.
-Veamos, todavía me debes algo, envié unos hombres a saquear tu casa y ni así pudiste pagar, tu casa, ¿es tuya o la rentas?
-La rento. -contesté.
-¡Maldición! -golpeó el asiento- ¿¡cómo demonios planeas pagarme!?
-Señor, no sé...
-Me caes bien, pero tengo que cobrarte, te expliqué claramente cómo son las reglas en este negocio.
-Por favor, no me haga daño, tengo familia...
-Me da igual, eso debiste pensarlo antes.
-Le juro que le pagaré, solo necesito algo de tiempo.
-Qué, me pagarás ¿dices? No tienes dónde caerte muerto, ya no tienes opción... conduce a la casa de este sujeto, vamos a hacer que se despida de su familia.
Esa frase me dejó helado.
pero tenía razón, ya no tenía alternativa, era inevitable mi futuro, mi adicción al juego y las apuestas me habían llevado hasta aquí. Al llegar a casa, caminé lentamente sabiendo lo que me esperaba; entramos a la casa vacía.
-Toro, realmente, no me causes daño.
-Lo lamento Eduardito, sabes cómo son las cosas, tuviste suerte al deberme a mí y no a mi compadre, él es más despiadado jajaja, venga, despídete de tu familia y baja, mientras yo cargo mi pistola de balas.
Con las piernas temblorosas y el corazón latiendo al máximo, fui a ver a mi familia por última vez; en ese momento, mi esposa bajó las escaleras, vio a los tres hombres y se preocupó inmediatamente.
-¿Qué sucede? -me preguntó.
-Nada amor, ahora subo, ve con la niña.
Subió con intriga y miedo.
-Enseguida regreso. -le dije a mi "ejecutor".
-Tranquilo, hombre, ven aquí un momento.
Me agarró del brazo de forma amenazante y se quedó pensativo.
-Así que ella es tu esposa...
-Sí...
-Está muy bien conservada, ¿cuántos años tiene?
-33...
-Aún en su mejor momento. ¿Qué mujer tienes? -comentó mientras observaba un retrato familiar en la pared.
-Toro...
-Si hubiera sabido, nos habríamos ahorrado tanto drama.
-Por favor, no metas a ella en esto.
Me golpeó en el abdomen con su arma, dejándome sin aliento.
-Tienes una joya de mujer, vaya sorpresa. -mencionó mientras seguía mirando la imagen.
-Toro...
-Este es el trato: me acostaré con tu esposa varias veces hasta que tu deuda esté saldada ¿entendido? De lo contrario, no me quedará otra opción que mandarte al otro barrio, tú decides.
-Pero...
-Sin peros, más claro imposible, tu esposa o tu propia vida. Tienes 24 horas para pensarlo, y no se te ocurra hacer alguna tontería, recuerda que estamos vigilándote, te llamaré mañana.
"El Toro" me lanzó una mirada fulminante y salió de mi casa seguido por sus dos compinches; cerré la puerta y me dejé caer al suelo para lamentar la terrible situación en la que me encontraba.
-Voy a llevar a la niña a la escuela. -me dijo Ana.
-Está bien. -respondí evitando su mirada.
Quedé solo, pensando en cómo darle la noticia; no deseaba que lastimaran a mi esposa, ella no merecía esto. Con lágrimas en los ojos, me di cuenta de que estaban contadas mis últimas horas de vida.
Media hora después, mi esposa regresó a casa, notó mi estado de ánimo y me reconfortó.
-¿Esos hombres son a quienes les debes dinero? -preguntó entre lágrimas.
-Sí.
-¿Quieres hablar al respecto?
-No.
Me encerré en la habitación a reflexionar; pospuse el momento de hablar con ella durante horas, pero igualmente debía hacerlo. Me acerqué a ella y le conté lo sucedido.
-¿Estás seguro de lo que dices? -me preguntó.
-Sí Ana.
-Oh Dios mío. -se llevó las manos al rostro.
-Tengo que sacrificarme, no puedo permitir que te hagan daño Ana.
-Pero ¿cómo vamos a sobrevivir sin ti?
-No lo sé Ana, pero todo es culpa mía, yo soy el responsable.
-Mi amor, nuestra hija no puede quedar sin su padre...
-Sabes lo que él quiere...
-Lo sé, pero te amo, no sé qué haría si no estás con nosotras.
-¿Entonces?
Ella aceptó con profunda tristeza y vergüenza en su rostro; yo me sentí aún peor. Intenté dormir sin éxito; el solo pensar en lo que mi esposa tendría que hacer para mantenerme con vida me hacía sentir la persona más despreciable y cobarde sobre la faz de la tierra.
Al día siguiente, mientras desayunábamos, le pregunté a Ana si realmente estaba dispuesta a hacerlo.
-Aún podemos evitarlo amor, puedo decirle que no. -insistí.
-Lo entiendo, pero es tu vida Eduardo, ¿qué le diré a nuestra hija si no estás?
-Tienes razón.
-¿Por cuánto... tiempo será esto?
-Sinceramente no sé, supongo que será por un largo tiempo...
Anase levantó abrumada de la mesa y se encerró en el baño probablemente a llorar, a medida que pasaba el tiempo me sentía más culpable por haberla involucrado en esta situación. Pasé la mañana entera esperando la llamada de "El Toro" hasta que al mediodía sonó mi teléfono.
-¿Diga? -respondí tímidamente.
-¿Qué onda amigo? ¿Ya tomaste una decisión?
-Pues... Sí, mi esposa aceptó...
-Jajaja lo sabía, decisión acertada, así es la situación amigo, el viernes por la noche una camioneta pasará por ustedes, irán los dos, quiero que veas cómo me la paso de bien jaja, ponte bien sexy, ¿ok?
-Sí.
-Perfecto, nos vemos ahí.
Solté un suspiro frustrado, quería creer que todo era un mal sueño pero lamentablemente era la cruda realidad. Fui con Ana para informarle al respecto.
-Sobre eso, el viernes por la noche nos recogerán. -le expliqué.
-¿Y la niña?
-Pues no sé, la dejamos con mi mamá.
-Está bien, emm, ¿qué me pongo?
-No tengo idea, ve al centro comercial y compra algo.
Respondí con frustración y le di dinero para que fuera a adquirir ropa como solicitaba "El Toro". Por suerte, un amigo me había conseguido empleo con su padre y me habían adelantado algo de dinero.
Los días pasaron y evitamos tocar el tema, sin embargo, la tensión y el miedo entre nosotros era palpable. Llegó el fin de semana y por la tarde llevamos a nuestra hija con su abuela. Pensé que nuestro "compromiso" sería prolongado, así que le comenté a mi madre que la recogería al día siguiente. Ella aceptó y regresé a casa.
Todavía era temprano, así que me senté a ver la televisión, honestamente ni siquiera sabía qué estaba mirando, mi mente estaba en otro lugar, preocupado por lo que estaba por ocurrir. En ese momento, mi esposa pasó frente a mí con las bolsas del centro comercial.
-Voy a ducharme y cambiarme.
-Está bien.
Respondí desanimado, se iba a arreglar pero no para mí, sino para otro hombre, motivo por el cual aún no había visto lo que había comprado. No tenía sentido, decidí centrar mi atención en la televisión y esperar a que terminara.
Cerró la puerta del baño y solo se escuchaba el agua caer, se bañó cerca de 45 minutos, luego se maquilló y vistió, después de 2 horas y media salió del baño lista.
La miré de arriba abajo y quedé impresionado, lucía deslumbrante; antes de continuar describiendo a Ana, debo mencionar que mide 1,75, es de contextura muy delgada ya que después de dar a luz a la bebé se dedicó a hacer ejercicio aunque últimamente lo ha dejado, tiene el pelo negro liso y largo, piel blanca, labios finos, ojos oscuros, nariz respingada, piernas largas y blancas, cadera pequeña y un trasero mediano pero muy atractivo, sin embargo, su mayor encanto son sus senos, redondos y grandes, verdaderamente impresionantes.
La observé embobado, llevaba un top blanco de tela muy fina, en algunas zonas era algo transparente mostrando su brassier del mismo color, con un escote que dejaba al descubierto esos generosos pechos que solían llamar la atención; debajo llevaba una minifalda de mezclilla ajustada, mostrando la mayor parte de sus bonitas piernas, estaba seguro de que si se sentaba se vería su ropa interior, llevaba la falda muy arriba, combinada con unos tacones de aguja blancos a juego con el top, mi esposa realmente parecía una femme fatale, pero lucía espectacular.
No pude evitar excitarme al verla vestida así, una erección se formó en mis pantalones, la verdad es que no estaba acostumbrado a verla tan provocativa.
-Ya estoy lista. -me dijo.
Solo asentí, recordé por qué estaba vestida así, sentí ira aunque la excitación no disminuía. Listos, esperamos a que pasaran por nosotros, alrededor de las 9:30 de laEn la noche se oyó un claxon afuera de la vivienda, desde la ventana vi que se acercaban. Nos dirigimos hacia la camioneta negra, mientras caminaba con mi esposa hacia ella, noté cómo los dos sicarios o secuaces de "El Toro" la miraban fijamente.
La camioneta comenzó su recorrido, Ana y yo evitábamos incluso mirarnos, estábamos llenos de temor y vergüenza por lo que ocurriría a continuación.
Después de un tiempo en ruta, la camioneta se detuvo frente a una casa grande. Nos abrieron la puerta y entramos lentamente, seguidos por mi esposa y yo.
-Se les pide pasar. -se escuchó a lo lejos.
Nos sentamos en la sala con el miedo palpable en nuestros cuerpos. Fue entonces cuando Ana observó detenidamente a su nuevo amante por primera vez, "El Toro" tendría alrededor de 50 años, era alto y corpulento, con una estatura de unos 2 metros y un peso de al menos 90 kilos. Presentaba una prominente barriga que sobresalía de su camiseta, mostraba entradas notables en su cabello, un poblado bigote y una barba descuidada, siendo un claro ejemplo de la clásica fealdad masculina, pude ver cómo mi esposa fruncía el ceño al instante.
-¿Por qué esta bella dama no me saluda? -sentenció "El Toro" con su habitual voz ronca.
Mi esposa, comprendiendo la situación, se levantó del sofá y se acercó lentamente al hombre. El Toro se puso de pie y, acercándose a mi mujer, empezó a besarla en la boca y a acariciar descaradamente sus nalgas.
-¡Eres bien atractiva! ¿Cuál es tu nombre?- preguntó El Toro.
-Ana -respondió mi esposa visiblemente resignada.
-Perfecto. ¡Pues ya sabes por qué estás aquí, ¿verdad? Más te vale portarte bien conmigo y hacer todo lo que te pida, ¿entendido? De lo contrario, tanto tú como tu ingenuo esposo lo pasaréis mal -amenazó.
-Sí -asintió ella.
-Sonríe y ven a sentarte en mis piernas, vamos a tomar algo -ordenó.
Sin oponer resistencia y con una sonrisa fingida, mi esposa obedeció al hombre. La sirvienta trajo dos copas de vino y comenzaron a beber, mientras yo observaba en silencio. El Toro, mientras bebía, aprovechaba para tocar las piernas desnudas de Ana y deslizar su mano bajo su falda, luego, empezó a besarla mientras le acariciaba los pechos por encima de la blusa.
-Oh, Anita, ahora experimentarás lo que es tener una reata de verdad entre tus piernas -afirmó.
El hombre continuó besando a mi esposa con mayor intensidad, usando su lengua. Con sus dedos, recorría las piernas de Ana en su totalidad, ella permanecía quieta ante el contacto. Estaba claro que ella no disfrutaba de aquella situación. Pronto, los besos se hicieron más intensos, él besó su cuello y orejas, mientras sus manos impuras acariciaban los pechos de mi esposa, apretándolos con fuerza. A pesar del tamaño generoso de sus senos, El Toro los cubría por completo con sus manos, tenía unas manos enormes, era un hombre imponente, no quería imaginar el tamaño de su miembro penetrando la estrecha vagina de Ana.
-Tienes unos pechos deliciosos, se te han endurecido los pezones. -le dijo El Toro.
Los pezones eran visibles a través de la fina blusa, fue entonces cuando me di cuenta de que realmente ella estaba disfrutando de aquello, lo cual me decepcionó un poco. Estaba excitada, las caricias de aquel bruto la estaban estimulando. Mi esposa seguramente luchaba internamente entre resistirse a las caricias de ese hombre o dejarse llevar. Después de apasionados besos, ella se aferró al cuerpo de El Toro, claramente entregada, ahora parecía devorar la boca del despiadado hombre, constantemente frotaba con intensidad los muslos de mi esposa, acercándose a su intimidad.
-¿Te gusta lo que te hago, verdad? -inquirió.
Ella guardó silencio, en ese momento entendí el conocido refrán "el que calla otorga", no se atrevía a responder afirmativamente debido a mi presencia.
Él acarició sus pechos por encima de la blusa mientras mordía sus labios.
-Dime, ¿te agrada lo que te hago?
-Sí -contestó con temor.
-¿Disfrutas que te acaricien los pechos, verdad?
-Síí -respondió con más entusiasmo.
-Espera a que te los saboree, vas a excitarte mucho.
El Toro acarició el cuerpo de mi esposa desde sus piernas y la fue elevando hasta llegar arriba de la falda introduciéndola bajo la blusa y sin timidez palpó todo el abdomen con sus grandes manos hasta llegar al sostén. Después de tocarla retiró sus manos de la blusa, con sus dedos la fue subiendo lentamente, Ana giró su cabeza hacia atrás facilitando el trabajo al hombre hasta que la blusa dejó al descubierto su cuerpo.
Observé su sujetador, era de esos con tela fina que se transparenta, se podía apreciar claramente el erecto pezón y sus aureolas, una prenda muy atrevida, me enfadó un poco que adquiriera ese tipo de vestimenta para ese individuo.
-Levántate, te voy a quitar esa falda -dijo de forma imperativa.
-Sí.
Él fue descendiendo la minifalda hasta retirarla y arrojarla al suelo, mi esposa quedó en tacones, sujetador y una diminuta tanga blanca que apenas cubría su trasero, ella se encontraba entre las piernas de El Toro frente a él, desde mi posición podía observar a mi esposa de espaldas, empecé a admirar su hermoso trasero, la pequeña tela se perdía entre sus blancas nalgas, El Toro empezó a acariciarle las nalgas con ambas manos a su antojo, ella movía la cabeza a un lado mostrando complacencia, le propinó un par de palmadas haciendo que temblaran esas hermosas mejillas.
Sin darme cuenta me estaba acariciando sobre el pantalón, a pesar de lo humillante que resultaba la escena para mí, todo lo que presenciaba me excitaba. El hombre que aún estaba sentado comenzó a besar el vientre de mi esposa desde encima de la tanga pasando por su ombligo hasta llegar a sus pechos, los cuales mordió ligeramente por encima del sujetador, ella se retorció pero él continuó hasta que finalmente Ana emitió varios gemidos, resultaba imposible resistir tanto placer.
-Ven aquí, vamos a la cama -ordenó.
Le dio una sonora nalgada y tomando su mano la hizo caminar delante de él para poder apreciar su trasero moverse. Ambos subieron las escaleras y entraron en la habitación olvidando mi presencia, yo dudaba si subir a presenciar o no, al final la morbosidad venció y subí las escaleras, los vi caminar y entrar en la tercera habitación dejando la puerta abierta donde me detuve para presenciar lo que ocurriría.
-No mires -me dijo Ana con tristeza en sus ojos.
-Déjalo, que vea cómo se follan a la mujer que tiene como esposa -intervino El Toro.
La sujetó con más firmeza y la besó mientras sus manos acariciaban toda su anatomía, ella se abrazó a su robusto cuerpo con pasión. El Toro colocó su cabeza entre los pechos de mi esposa y la movió haciéndolos balancearse de un lado a otro.
-Vamos, quítame la ropa, puta -ordenó.
-Sí.
-Bueno, ¿sabes qué? de ahora en adelante ese será tu nombre, puta, ¿de acuerdo?
-Sí.
-¿Cómo te llamas?
-Puta.
El corpulento hombre soltó una carcajada y permitió que Ana lo desvistiera. Le quitó los zapatos, sus calcetines, luego desabotonó su camisa dejando al descubierto su enorme barriga cubierta de vello oscuro. Después retiró el cinturón, bajó la cremallera y le quitó los pantalones y finalmente su ropa interior, dejando al hombre completamente desnudo. Mi esposa observó detenidamente la erección de El Toro y quedó sorprendida, un enorme falo de unos 22 centímetros sobresalía del cuerpo de ese hombre.
-Vamos, chúpamela, puta.
El Toro se acostó en la cama boca arriba y mi esposa se subió a la cama y con temor acercó su boca al miembro del hombre, este con su mano la tomó de la cabeza y la acercó más hasta que los labios de ella hicieron contacto con el pene, algo calmada comenzó a besar el miembro, entonces El
El Toro empezó a acariciar los pechos de Ana y a medida que los acariciaba con más intensidad, mi esposa aumentaba las felaciones hasta que perdió la vergüenza y comenzó a chupar el pene con ambición y confianza, agarrándolo con la mano y llevándolo hasta lo más profundo de su garganta, lo que provocaba los gruñidos del hombre. Luego, incorporó su lengua al acto, chupando la punta, el glande e incluso los testículos.
-Oh, me la chupas muy bien -dijo él.
-Sí -respondió con soberbia y excitación.
-¿Te gusta mi pene?
-Sí.
-¿Te gustan grandes verdad?
-Sí.
-¿Quién lo tiene más grande, tu marido o yo?
Permaneció en silencio al recordar que yo estaba presente, pero era evidente que el de él superaba al mío en tamaño.
-Vamos, dime. -insistió.
-Tú.
-Jajaja, ya lo sé y sé que te voy a complacer más y durante más tiempo. ¿Quieres que te dé toda la noche?
-Sí.
Cada vez que Ana respondía "sí", sentía un dolor en el corazón. Me dolía saber que a mi mujer le gustaba lo que le hacía y decía ese hombre, y más aún lo que sucedería después.
-Eres toda una lasciva, sabes cómo satisfacer oralmente, seguro que a tu marido no lo haces así, zorra.
El Toro continuó ofendiéndola con esos insultos que ya me estaban irritando, pero a ella parecía no importarle. Siguió complaciendo al hombre de manera voluntaria, hasta que él la detuvo, la besó en la boca durante unos minutos y la sentó en la cama. Luego, acercó sus manos a la espalda de ella y le quitó el sujetador, dejando al descubierto esos enormes senos.
Posicionándose detrás de ella, comenzó a besar su cuello y oler su cabello mientras acariciaba sin distinción alguna sus pechos, amasándolos con sus manos. Mientras Ana dejaba escapar pequeños gemidos, daba a entender al hombre que estaba completamente a su disposición. Tras acariciar constantemente los senos, El Toro acostó a mi esposa boca arriba y se colocó sobre ella. Poco a poco se fue acomodando hasta que su boca quedó a la altura de sus pechos. Llevó su boca a los senos de Ana y los devoró uno a uno, pasando su lengua por los pezones y haciéndolos endurecerse, ante los suspiros de mi esposa que pedía más.
Después de satisfacerla con los pechos de forma tan eficaz, El Toro fue descendiendo hasta llegar a la entrepierna de Ana. Con sus dedos, exploró la zona introduciendo uno o dos dentro de la tela, mientras Ana abría las piernas ansiosa de atención. El hombre bajó la pequeña tanga dejando completamente desnuda a la madre de mi hija. Fue entonces cuando pude ver que tenía su área íntima totalmente depilada, algo que nunca había hecho en los 12 años que llevábamos juntos, lo cual me frustró. El Toro colocó su cabeza entre las piernas de Ana y comenzó a lamer su pubis en toda su extensión, masacrando el clítoris de mi esposa con su lengua y provocando sus gemidos, mientras ella lo agarraba de la cabeza y la llevaba hacia su intimidad pidiendo más.
-Cógeme -dijo mi esposa.
-¿Quieres sexo, eh?
-Sí.
El Toro posicionó su cuerpo sobre el de Ana y la penetró con un solo movimiento en su húmeda vagina.
-¡Ahh! -mi mujer dejó escapar un gemido dolorido.
-No te quejes, verás cómo me lo vas a suplicar más tarde.
Ambos se besaron de manera lasciva durante varios minutos, hasta que El Toro empezó a penetrarla y ella comenzó a jadear profundamente por el placer que él le proporcionaba. No podía entender cómo ese grueso trozo de carne podía entrar en la vagina de mi esposa. Ana enredó sus piernas alrededor del cuerpo del sudoroso hombre y él la levantó con una fuerza descomunal, empezando a hacer el amor con ella en el aire, mientras yo observaba todo desde un rincón, experimentando una mezcla de enojo, vergüenza, morbo y excitación.
Tuvieron relaciones sexuales en aquel...
permaneció en esa postura durante un extenso período de tiempo, luego él lanzó bruscamente en el lecho como si fuera un trapo y se recostó mirando hacia arriba con un miembro voluminoso y erecto aguardando por ella.
-Vamos, querida, cabálgame.
-Sí.
Mi esposa se subió encima del hombre y de forma independiente introdujo el pene en su vagina, al sentirlo suspiró aliviada como si necesitara tenerlo dentro de ella, una vez encima y completamente excitada comenzó a moverse suavemente, cada vez que el gran miembro rozaba lo más profundo de su intimidad gemía como una gata en celo, con el pasar de los minutos los movimientos se tornaron más intensos, mi esposa saltaba y se empalaba en el falo del hombre con entusiasmo, los prominentes pechos de Ana se balanceaban y sacudían al ritmo de cada penetración, ocasionalmente El Toro los atrapaba y los llevaba a su boca para chuparlos, generando en Ana un mayor placer.
Después de montar al macho por más de veinte minutos, Ana no resistió más y alcanzó un estruendoso orgasmo empapando el falo de El Toro con sus fluidos vaginales. Descansó su cuerpo sobre el de él intentando recuperarse, pero él no parecía estar cerca de acabar, continuó penetrando a mi esposa como si nada.
-Dios mío... Ya no puedo más. -exclamó mi esposa.
-Esto terminará cuando yo lo decida, ¿entendido?
-Oh... Sí.
Apenas ella deseaba detenerse, su cuerpo la traicionaba y exigía más sexo, sus gemidos delataban sus deseos.
-Ves, tu cuerpo ansía ser castigado.
-Dame más.
Entonces la puso en posición de cuatro y él se colocó detrás de ella, le propinó un par de palmadas en las nalgas tan fuertes que las dejó enrojecidas, penetró a mi esposa con su grueso miembro y comenzó a practicar sexo con ella desde atrás, la agarraba de las caderas y con violencia la acercaba y alejaba de su cuerpo, el cabello suelto de Ana se le pegaba al rostro por el sudor, sus pechos jugosos se balanceaban de un lado a otro y El Toro reposaba su enorme abdomen en la espalda de mi esposa, la tomó del cabello mientras la penetraba y empezó a hablarle de manera lasciva y vulgar.
-Mmmnh, eres toda una mujer lasciva, ¿no es así?
-Sí.
-¿Quién hubiera imaginado que una simple ama de casa podría ser tan fogosa en la intimidad?
-Ya lo sé.
-¿Te gusta mi miembro?
-Sí, me colmas por completo.
El Toro continuó penetrándola hasta que Ana no pudo más y alcanzó su segundo orgasmo, sus fluidos volvieron a empapar el miembro del hombre y también la cama, ella se tumbó en la cama completamente sudorosa y con la respiración agitada. Desde el ángulo en el que yo me encontraba, podía ver su rostro y ella el mío, no podía reconocer a mi propia esposa, tenía una mirada profunda y perdida, se había entregado por completo a ese hombre que me había aterrorizado durante meses y apenas era el primer día.
-Después mirarás a tu esposo, hoy yo soy tu hombre, querida.
El Toro la tomó del cuello y la alzó para besarla sin demostrar ninguna emoción, aún así ella correspondía atentamente, Ana lo abrazaba buscando cariño mientras él con sus manos acariciaba el trasero de mi esposa, untó sus dedos con algunos de los jugos vaginales de Ana, llevó los dedos a la boca de ella y la hizo probarlos, mi mujer chupó sus dedos impregnados con su propio sabor. Termmconfiguración personal fnier y esbozó una amplia sonrisa que hasta hoy me atormenta.
-Así me agradan las mujeres sumisas, obedientes. -dijo El Toro.
Tomó su cabeza y la llevó a su pecho, por instinto mi esposa comenzó a lamerle el pecho velludo con todo y lengua, El Toro asintió, fue bajando hasta llegar a su prominent panza la cual besó con devoción.
Después de aquel extraño momento, El Toro la recostó en la cama y la puso nuevamente en posición de cuatro, ella se inclinó con más naturalidad y sensualidad, más provocativa, el hombre se arrodilló detrás de ella y comenzó a acariciarle el trasero, era evidente lo que vendría a continuación: empezó a darle sexo oral al mismo tiempo que acariciaba. Luego su lengua se adentró en el oscuro agujero haciéndola retorcerse.
a mi esposa en esa cama.
-Te voy a destrozar el trasero, zorra.
-No, por favor.
-Te va a gustar, a las mujeres como tú les encanta que les penetren el ano.
-No, soy virgen.
-Perfecto, entonces seré el primero en disfrutar de ese hermoso trasero.
Era verdad, nunca lo habían hecho antes, a pesar de que yo se lo había pedido en varias ocasiones y siempre se negaba por miedo al dolor. Esta vez, aunque continuaba asustada, seguía resistiéndose.
-Vamos a tener un buen momento, te lo aseguro.
-No, por favor no.
Ana decía una cosa pero su cuerpo expresaba otra, se inclinaba ofreciendo su trasero lo más que podía al sentir a El Toro cerca. Él continuó estimulándola hasta que en un descuido la penetró analmente, causándole un gran dolor. Desesperado, El Toro le tapó la boca con sus manos para silenciar sus quejidos, pero en ese momento, sorprendentemente, Ana comenzó a moverse pidiéndole que la penetrara. Sin titubear, él comenzó a desflorar su ano. Mi esposa gemía de placer, la cama se sacudía al compás de sus cuerpos. Él la agarraba de las caderas, le tiraba del pelo o le metía los dedos en la boca, mientras ella se tocaba los pechos o se estimulaba en la entrepierna. Cuando parecían alcanzar el clímax ambos a la vez, El Toro se apartó, puso a mi mujer de rodillas y la penetró en la boca durante unos 40 segundos, hasta que finalmente eyaculó llenándole la boca de semen, que ella no pudo contener y se desbordó por su barbilla y cuello hasta llegar a sus pechos.
Ambos terminaron exhaustos y pasaron unos 30 minutos descansando, besándose y acariciándose. Sin embargo, continuaron toda la noche. Después del tercer encuentro, no pude soportarlo más y me retiré a la sala, donde traté de dormir sin éxito, debido a los constantes gemidos y gritos de mi esposa que resonaban sin cesar.
A la mañana siguiente, Ana me despertó de pie frente a mí, con una apariencia desaliñada, tacones en mano y ojeras en su rostro que evidenciaban que no había dormido en toda la noche.
-Es hora de irnos.- dijo ella.
-Entendido. -respondí.
Regresamos a casa sin abordar el tema, tal como lo habíamos hecho hasta ese momento.
Así transcurrieron seis funestos meses, en los cuales "El Toro" "obligó" a mi esposa a participar en diversas actividades, incluyendo la grabación de videos para adultos, tríos con otras mujeres, caminatas semidesnuda por la calle, e incluso orgías, siempre conmigo como mero espectador.
Fue a los seis meses cuando esta pesadilla (al menos para mí) llegó a su fin. Una mañana, leyendo el periódico, nos topamos con el titular: "Ejecutan a 'El Toro' en su casino de Mexicali". La calma volvió a nuestra vida, aquel despiadado individuo que tanto nos había hecho sufrir había sido eliminado.
Finalmente, pudimos retomar nuestra vida normal. Yo estaba progresando en mi trabajo y poco a poco recuperábamos nuestra estabilidad. Ana, por su parte, descubrió que estaba embarazada de dos meses. Era evidente que el bebé no era mío, pero decidimos seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. Nunca más me involucré en apuestas ni juegos de azar.