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Mensaje al autor de «Infiel por mi error. Prostituta por obligación (40)»

Infiel por mi error. Prostituta por obligación (40)

No tan pura, ni tan fría.

Mi mente sigue reposando sobre sus pies, y mis ojos entreabiertos, en ángulo observan esta apacible habitación. Aquí veo los cálidos rayos matutinos que la iluminan y al mismo tiempo, transforman mi inquietud y la vergüenza, junto con nuestro sufrimiento, –y también su enfado– en una calma momentánea que ambos necesitamos para seguir afrontando este desastre.

La agradable luz de la mañana atraviesa los cristales de las puertas entreabiertas, acompañada por la brisa que suavemente mueve las cortinas blancas, creando sombras en el suelo de cerámica con sus danzas, delineando los contornos de los muebles y luego desvaneciéndolos, ofreciéndome un descanso tonto pero liberador.

El silencio de Camilo, junto con su respiración calmada después de desahogarse, y su falta de movimiento posterior, me da un respiro necesario, para poco a poco calmar mi llanto entre suspiros, y reflexionar sobre todo lo que acabo de escuchar. Nunca antes me sentí tan herida por sus reclamos. Jamás imaginé que Camilo se atrevería a buscar información, y mucho menos confrontarlo. No llegué a comprender la magnitud de la catástrofe que desencadenaría en mí misma si Camilo descubría mis acciones. Miné su confianza, destruí su dignidad como esposo y destrocé su orgullo masculino.

Lo visualicé tantas veces, –asustada y nerviosa– en solitario mientras Camilo dormía tranquilamente a mi lado, ajeno a todo. En las primeras escenas, aparecía enfadado. Luego, pensativo al enterarse de la traición. Y al final, claramente destrozado. Me sentí mal, me culpé por ello y por eso intenté ocultárselo. Pero ahora, escucharlo y verlo sufrir en persona ha sido mucho más impactante y devastador. Mi mente sigue reproduciendo esas imágenes una y otra vez, como si las estuviese leyendo en la pantalla de mi celular, aunque ya están grabadas en mi memoria.

—Camilo... Él... ¡Es un mentiroso! ¿No has cuestionado todo lo que dijo? —Balbuceo, tratando de recuperar el aliento y calmar el llanto que persiste en mis ojos, mientras libero sus pies de la presión de mi cabeza, y enderezo mi postura.

—Tú... Debiste darte cuenta de que no te mentí. Él, por jactarse frente a ti, inventó muchas cosas que no sucedieron o distorsionó la realidad. ¡No me entregué a él solo para demostrarte algo! Fuiste tú el primero y a él... Ese idiota solo lo probó la noche antes de que nos despidieran. Cuando volví a casa el viernes, poco antes del amanecer. —Llevo mi mano derecha a la altura de mi cuello. Luego la izquierda sobre ella, para apretar mi garganta y sentir cómo trago saliva con ambas manos.

—¡Por favor, confía un poco más en mí! Estuve pendiente de K-Mena en todo momento, ella llegó virgen al matrimonio. Y sinceramente dudo que, al regresar de la luna de miel con Sergio, ella... Quisiera estar con él. Me lo hubiese contado porque confiaba en mí, al igual que detalló todo lo ocurrido en San Andrés, los cinco días que pasó allí enamorada, disfrutando del sexo que tanto esperaba. Sé que fue otra mentira suya, para parecer ante ti como el irresistible de siempre. ¡Estoy segura de eso!

Sigue inmóvil, mi amor agonizante. Mientras mis manos nerviosas pero vivas, descienden, abiertas, frotan de arriba abajo y viceversa,

la epidermis descubierta en mis muslos.

—Después de... De aquella primera ocasión en su residencia, él deseaba mantener conmigo todo el procedimiento del cortejo. Quería que, en la pantalla de su teléfono móvil personal, un mensaje mío lo despertara cada amanecer, o que en el buzón de voz de su teléfono de trabajo, antes de que compartiera mi lecho, le deseara buenas noches con el sonido de un beso mío, no como somnífero, sino como motivo para soñar conmigo.

—Claro. Al ser tu recién llegada... ¡Él te necesitaba! —Tosiendo mientras yacía boca arriba, aún inmerso en sus pensamientos habituales, Camilo arroja afiladas pullas, como salpicaduras de aceite caliente en trayectorias parabólicas, impactando por completo en mis oídos, –tan abrasadoras allí– formando instantáneamente ampollas dolorosas en mi ser.

—A esas demandas, me opuse categóricamente, –Cierro mis párpados y prosigo, sintiendo la intensidad. – porque no deseaba convertir lo eventual en una convivencia digital, ni mucho menos exponerme a que, por su arrogancia o por descuido, otros individuos pudieran enterarse. —¿Sería mejor levantarme para tomar de una vez el resto del cóctel?

—Y durante el día, cuando nos encontrábamos en la máquina dispensadora del décimo piso, sin testigos, o aprovechando nuestros repentinos momentos de soledad en la sala de ventas de los apartamentos al sur de la urbe, discretamente nos tomábamos una y mil fotografías, ya sea en espacios cerrados o en la calle, abrazados o con nuestras manos entrelazadas y los dedos bien juntos. Soltero inconsciente y optimista, deseaba vanagloriarse de mí. Yo, sensata y restringida, inevitablemente acababa quitándole el celular y, amenazando con poner fin a nuestra incipiente relación, –y dejar de frecuentar su lecho– eliminaba todas esas pruebas.

—Mariana... ¿Podrías dejar de adornar tu historia de amor? Me resulta desagradable escucharte hablar de ello. Sería mejor que te esforzaras por salvaguardar tu integridad. ¿No crees? —Me aconseja, recobrando un poco la compostura.

—¡Vale, vale! Lo siento, pero es que en realidad no sostuve ningún romance, Camilo. En realidad, él se encaprichó conmigo y de mi parte solo fue una relación circunstancial; simplemente fue un recurso utilizado para mi beneficio, por lo cual, dejé de tener contacto con él tras nuestra despedida, y esas fotos... Esas fotos no significan nada. –Con mis piernas temblorosas, soportando el peso del cuerpo, esta mente les ordena avanzar hacia la bandeja. – Ni siquiera imaginé que las usaría para decorar esas austeras paredes. Es un embustero consumado, un arrogante empedernido, que frente a ti, se exageraba e inventaba cosas para seguir exhibiéndose como el macho dominante y conquistador que tanto te molestaba. Simplemente fanfarroneaba delante de ti.

—Si decidió utilizarlas, fue porque necesitaba superar la soledad en la que siempre había vivido y que te he mencionado, pero las exhibió para continuar presumiendo ante los demás de su liderazgo y su aparente importancia. Siempre buscaba impresionar a quienes lo rodeaban. ¡Destacarse! Estar en el centro de atención para todos, era su aspiración y su bálsamo, porque en realidad está solo y eso le aterra. —Este primer sorbo ya no quema, ni hace cosquillas en mi garganta. ¿Mis cigarrillos? ¡Ah, sí. ¡En la mesita redonda!

—Y así fue contigo. Exactamente lo confirmó con tu visita, ya que en ti encontró lo que quería lograr, exhibiendo esas malditas fotografías. Quería que le preguntaran, –como tú hiciste– para saber quiénes eran los que le acompañaban, pero eso ya lo sabías tú. ¿Dónde fueron tomadas? Sería la siguiente interrogante para que él, con toda su petulancia a flor de piel, la contestara. Sin embargo, la mayoría de los escenarios te resultaban conocidos, salvo uno. Ese último cuadro, tan cuadrado y bien centrado, –claramente planificado– sería el punto culminante de los cuestionamientos para su egolatría. ¡¿Cuál, de todas sus mujeres, era la mujer...?

¿Que había besado él?!

—Entonces en ese momento, él cometió el trágico yerro de jactarse de ser el propietario de algo que, para mi corazón y mi mente, nunca le perteneció. ¡Jajaja! Exhibiéndose ante el verdadero dueño. Me lo imagino y me resulta cómico. ¡Claro que sí! Debe haber sido un golpe de realidad para su arrogante pedantería. —¡Buaj! Este trago, ya no tiene sabor.

—¿Y sabes por qué te digo que te mintió y exageró todo? Porque su pareja, la tal Grace, ni más ni menos, era la esposa del propietario de la constructora y madre de uno de los socios, y luego de ser expuestos, seguramente ella también, arrepentida u obligada, lo habría abandonado. Él estaba teniendo una relación con una mujer casi veinte años mayor que él. ¡Con una mujer que bien podría ser su madre!

Observo la botella de tequila, que todavía guarda en su interior algunos mililitros del ardor que necesito para continuar con mi relato.

—Seguramente su ego estaba herido, porque yo igualmente, no lo busqué más. Eso fue exactamente lo que le pasó en las siguientes semanas, cuando se quejaba de que no le prestaba atención por estar ocupada con La Pili y otros negocios que había llevado a cabo durante ese fin de semana largo. Después de regresar de trabajar en Peñalisa, me enfoqué únicamente en finalizar mis negocios y lo aparté a él. Eso le molestó. —¡Ay! Realmente quema.

—Hmm, como te mencionaba. Se molestó cuando ya no salíamos solos, ni íbamos juntos al bar los dos viernes siguientes. ¡Y tú lo sabes, Camilo!, porque hasta tarde, después de dejar a Mateo dormido en su habitación, en los días de esas dos últimas semanas, fuiste tú quien me ayudó a organizar y preparar toda la información financiera para presentarla a los bancos y a la fiduciaria y así lograr cerrar ese mes como líder en ventas. —No confirma ni niega.

—Además, a partir de noviembre, me propuse cerrar el trato con María del Pilar a toda costa y darle a Diana esa buena noticia cuando regresara de sus vacaciones. —Dejo la habitación y la botella por un momento para encender un cigarrillo.

Después de tomar una bocanada, reteniendo el humo en mis pulmones, me paro cerca de las puertas ventana y veo a Camilo, quien me escucha y reflexiona con los ojos cerrados. Sé que no me creerá fácilmente, pero... Intentaré explicarle.

—Ese beso fue simplemente un acto, una simulación de entrega dócil para ambos. Principalmente para Eduardo. Ese desgraciado ángel guardián estaba feliz por haber concretado los dos acuerdos más importantes para el equilibrio financiero de la constructora. Sí, cariño, viste que me estaba besando con él en aquella foto, en nuestro último viaje a La Heroica. Te sentiste lleno de odio, decepción y resentimiento, con toda la razón. Esa instantánea capturada por Eduardo, –curiosamente un poco ebrio– confirmaba tus sospechas fundamentadas. —Camilo, apoyándose en sus antebrazos, se incorpora en la cama, interesado en escuchar mi explicación.

—Pero lo que debes notar al recordar esa escena, es que finalmente logré mi objetivo. Mantenerlo interesado solo en mí, hasta enamorarlo con la intención de derrotarlo primero desde adentro, y con suerte, con la ayuda de Carmencita unos días después de que nombraran a Eduardo como gerente de ventas a nivel nacional, –evaluando los resultados y mi currículum vitae– seguramente la junta directiva me elegiría como su sucesora para liderar el grupo de ventas en Bogotá y la zona central.

—Pero hubo un grave error en tus cálculos, en los de Eduardo y en los del seductor de pacotilla. ¿No es así? —Cuestiona Camilo, levantándose de la cama.

—Exactamente, no consideré... una investigación sobre nuestras actividades. –Y aunque Camilo intenta interrumpir, no le permito hacerlo y continúo. – Pero por eso mismo, quiero.

Quiero dejar claro que lo que sentí por José Ignacio no fue lo suficientemente importante como para afectar mi amor por ti. Me atrajo físicamente al verlo, pero me disgustó su personalidad al conocerlo.

Mi deseo de independizarme, de tener una vida más allá de ser solo un ama de casa, me hizo no darme cuenta de que, con mis nuevas responsabilidades laborales y tu exitosa carrera en la constructora, nos alejaríamos con el tiempo, de forma sutil y contraria a lo que imaginaba. Permití que la rutina diaria, que al principio sabía a triunfo, se convirtiera en una toxina que envenenó nuestra relación, descuido tras descuido, gota a gota, todos errores míos pero con influencia externa.

Te pido perdón, mi amor. Cometí el error de priorizar mi propia liberación sobre el amor incondicional que me brindabas. Fue culpa mía, como ya dije. Tú no tuviste responsabilidad en mi caída ni pudiste evitar presenciar nuestra separación. Fui egoísta al apartarte de la gestión de mi vida. Actué de forma vanidosa y egocéntrica, siguiendo mis propios pensamientos y sentimientos contradictorios, sin considerar los tuyos. Por favor, sigue de pie, sin moverte, junto a la cama y sin... ¡Sin mirarme!

No sentí cariño ni amor por él, solo un poco de compasión y pesar por su situación. El resto fue pura actuación. Puedes no creerme, pensar que miento para justificarme. Pero sé que no hubo otro interés. Estabas equivocado en tus comparaciones machistas.

Con él, nunca fui infiel emocionalmente, no lo deseaba como a ti. Ahora me mira sorprendido mientras fuma.

Mariana, con los ojos llorosos y desconsolados, deja caer un brazo sobre su cadera derecha. Sostiene la botella de tequila con una mano, y en el borde de sus labios, una gota que duda en caer por su barbilla o ser bebida con el próximo trago.

Quería decirte que si llegué a temer por perder a alguien en este proceso, fue por ella.

Noté en su mirada derrotada y en las palabras que no ha querido decir, el camino que quiere seguir. Me entran ganas de fumar.

Mi prioridad era sentirme bien conmigo misma, por dentro y por fuera. Tú nunca compartirías mi modo de vida obsesionado con la belleza y el éxito. Nunca aceptaste mis decisiones laborales ni sentimentales.

Dime, Mariana. ¿Qué utopía no cumplí contigo? Yo lo hice todo, te propuse y acepté tus límites. ¿O no? —pregunto.

en mi camino hacia el balcón.

—¡Cambiar compañeros, Camilo!

—¡¿Qué?! ¡Nunca! Jamás tuve ese pensamiento... Ceder y... Mirarte... Escucharte, o... ¡No! Definitivamente no. —Le contesto totalmente sorprendido, con el cigarrillo entre mis dedos sin encender.

—¿Lo ves? Aunque lo intuía, también notaba en ti una necesidad de aventura, una fantasía adicional, para excitarte aún más, cariño. Cuando veíamos esas películas para adultos, tú... Se podía percibir la pasión en tu mirada, y pensé que a ti... Te ponías tan excitado, Camilo, al ver cómo a la protagonista la complacían entre dos o con otra mujer, y desbordabas pasión dentro de mí, que yo... Llegué a creer que te gustaría experimentarlo algún día. —El encendedor enciende su llama, iluminando sus labios y en medio de una nube blanca y densa, su semblante arrepentido y la boca abierta, indican que tiene algo en mente y está a punto de expresarlo.

—Claramente fue entretenido y excitante verlas contigo. Probamos ciertas posiciones inspiradas en la pantalla, o después de ver a esos actores en acción, te usaba como parte de la escena, uno de esos artefactos que adquiriste, pero solo hasta allí. Jugábamos a ser tres, y a tener una inclusión fantasiosa, pero jamás tuve la... ¡No tuve la intención de permitir que otro hombre te tocara! Yo, Mariana, estaba contenta con nuestra relación monógama. Tú me bastabas a mí y nuestros juegos eróticos. Con tenerte a medio desvestir, era suficiente para mi diversión. Por eso te entregaba todo mi amor, con deseo y, sobre todo, con respeto. Fui fiel hasta... ¡Hasta donde pude!

—¿Alguna vez pensaste que me gustaría compartirte con ese modelo de playa? ¡Vaya locura! ¿Y yo con quién lo haría? ¿Con su maldita novia, la esposa de don Octavio? ¡Por favor, Mariana! Parece que malgastaste tu tiempo conmigo, analizando mis gustos sexuales, y yo el mío contigo, durmiendo con una mujer que en realidad era tan extraña. Pensé que nos conocíamos.

—Vamos a ver, cariño. Con ese idiota, ¡Nunca, jamás! Pero... Sí fantaseé con esa otra persona, pensando en serio cómo, cuándo y dónde hacerlo los tres juntos. Pero muchas veces en nuestra cama, mientras hacíamos el amor, al sugerírtelo, rechazaste rotundamente intentarlo siquiera.

—No puedes culparme por eso. Fantasear no es lo mismo que llevarlo a cabo en la vida real. Disfrutar esas escenas de vez en cuando no es un problema, siempre y cuando las mantengas en tu mente. Era válido mientras lo manejáramos entre nosotros, en la intimidad de nuestro mundo. Pero, Mariana, al hacerlas realidad, al hacer esas fantasías tan tangibles, existiría el riesgo de que lo que nos gustaba imaginar, al ver cómo se cumpliría con otras personas, realmente nos hiciera sentir mal, al menos en mi caso. Porque inevitablemente me llevaría a cuestionar mi desempeño y a preguntarme... ¿Qué me falta para que mi pareja busque eso con otras personas?

—Y la única respuesta a ese intento egoísta de placer tuyo, compartido por mí para complacerte, sería sentirme, como me pasó contigo sin que lo supieras, -aunque lo sospechara en los últimos días de febrero- emocionalmente despojado. —Termino por aclararle mi posición al respecto.

—Vale. A ver. José Ignacio me pareció atractivo, físicamente, sí. Pero siempre detesté su actitud tan engreída, y aunque su conmovedora historia de vida equilibraba un poco la balanza, nunca se me cruzó la idea de estar con él. ¡Ni loca! Esa persona, de la que sí me enamoré poderosamente fue... Otra...

—Permíteme adivinar. ¿Ella te causó una fuerte impresión? —La interrumpo, y veo que asiente con determinación.

—María del Pilar, es a sus 40 y tantos años, una mujer especial y única. Amada por cientos de seguidores en sus redes sociales y odiada por los críticos que cuestionan sus puntos

de perspectiva, bastante socialistas eso sí. Aparte de destacar los rizos apretados de sus cabellos, su rostro ovalado y de tez blanca como la mía, con algunas arrugas visibles en el cuello y las arrugas apenas perceptibles al final de sus párpados, por encima de eso, es más atractivo por su personalidad dominante y su carácter afable pero decidido ante las cámaras y los micrófonos.

—¿Te escuchas Mariana? Eres muy similar a ese despreciable siete mujeres. Esa diva tan reconocida, tiene la edad suficiente para ser tu madre. ¡Por favor!

—Sí, estás en lo correcto. ¡Podría ser, pero no lo es! Muy pocas mujeres ostentan esa gracia tan enigmática, al hablar tan claramente solicitando algo sin intimidarse. Lo que le llama la atención, lo que le agrada y lo que no, lo va expresando sin preocuparse de las críticas. Las opiniones le resbalan, –cual si estuviese envuelta de teflón– gracias a sus años siendo la vedette de los programas de televisión.

—Desde que nos encontramos, nos sobraron las palabras para expresar la agradable sororidad que entre las dos surgía. Al observarla detenidamente, escondidos entre sus pensamientos desordenados, tras los rizos apretados sobre la frente, sueltos y ondulantes por debajo de los hombros, sus ojos enormes y grises, destacando sobre uno de ellos, un leve corte en su ceja izquierda, su personalidad independiente, liberal, curiosa, e impetuosa me fue conquistando y ella… ¡Me envolvió!

—Increíble. ¡¿Qué locura es esta?!

—Sin embargo, esa sonrisa de falsa felicidad, escondía a los flashes de las cámaras y al calor de las luces en el set del noticiero, o en las portadas de las revistas donde la entrevistaban, un alma lastimada. Y a pesar de aparentar en las pantallas, ser tan fácil de amar y, por ende, hacerse desear, en realidad en su intimidad era otra. Complicada y difícil de comprender para aquellos que no la tenían tan cerca.

—De figura delgada, carne firme, boca besable, piel blanca ligeramente bronceada desde la base del cuello hacia abajo, con sus pechos pequeños pero muy firmes, como los tenía yo antes; pezones de un rosa oscuro, duros, erectos al momento de sentir un suave roce, y el vientre plano, ligeramente marcado, indicando a la vista de quien lo observara, el camino hacia un pubis infantil, depilado por completo, y con los labios mayores de su feminidad, floreciendo como pétalos de un hermoso tulipán, resaltando en medio del arco que se forma en la parte alta de sus muslos. Todas esas características la convirtieron tras varios encuentros furtivos, en una de mis fantasías sexuales preferidas. Y allí, donde tú no tenías lugar al principio, con esos comienzos egoístas, llegué a asustarme.

—Fue tan abrumador el sentimiento por querer estar constantemente a su lado, que necesité urgentemente compartirlo con alguien más. Pensé en confesarme con una de mis amigas de la universidad, pero la cercanía y amabilidad de Iryna, me hicieron decidirme por ella y, compartirle esas últimas sensaciones; por supuesto, revelarle mis inicios de mujer forzada y esposa infiel por mi estúpida idea de venganza y protección, así que una tarde al comenzar diciembre, sentadas en el parque, mientras Mateo jugaba con sus amigos, le hice un resumen de todo y en parte descansé.

—Entonces, nuestra vecina rusa, ya lo sabía todo… ¿Cuando ocurrió lo nuestro?

—Sí, Camilo. Creo que, por eso mismo, Iryna se permitió involucrarse contigo. La informé de gran parte de mi angustia pasada y luego de cómo, La Pili, se transformó con el pasar de los días en una de mis clientas preferidas, aunque su compra no estuviera muy definida. Le confesé que me gustaba estar cerca de ella y compartir sus conversaciones hablando sobre el arte contemporáneo, escucharla cantar baladas románticas en portugués, y pasar tiempo admirando su belleza, respetando sus silencios mientras se fumaba varios porros, repasándose con la punta de la lengualos labios, después de beber dos copas de vino tinto seguidas, se relajaron y comenzaron a visualizar imágenes y pensamientos que despertaban su deseo.

—Hubo varios instantes en los que mi mente, rodeada de personas, la imaginaba en privado... para el deleite de mis sentidos, anhelando explorar sin prisa esas piernas esbeltas y atractivas, firmes y fascinantes, sin llegar a ser demasiado gruesas, que la destacaban en la pantalla pequeña. Permití que mis deseos tomaran el control sobre mi racionalidad, solo por ella, dispuesta a entregarme a sus caprichos y a utilizar mi cuerpo para su placer. En realidad, para nuestro mutuo disfrute.

—¿Cuándo ocurrió esto? ¿Fue durante el viaje a Villa de Leyva?

—No, ese viaje no tuvo relación directa en un principio. Tanto el primero como el segundo viaje fueron estrictamente por motivos de trabajo. No obstante, ambos viajes reforzaron la atracción inicial que nos unía. Fue en La Candelaria donde me cautivó mostrándome su mundo oculto. Y en el tercer viaje a su casa, todo se concretó. —La sorpresa en el rostro de Camilo lo decía todo. Nunca se habría imaginado algo así.

—Una antigua llave, con forma de tubo cilíndrico perforado, con una paleta al final, tres dientes a un lado y un extremo ancho en forma de trébol, tatuada cuidadosamente en el hueco de su codo izquierdo, fue la puerta de entrada a la intimidad de su mundo que me ofreció. No solo a mí, también a Félix, el gerente del banco, y permitió que el maldito de Eduardo espiara por mero morbo.

—¿Por qué un tatuaje?

—Las cosas se estaban complicando en su negocio, estábamos Félix, Eduardo y yo en la oficina analizando su historial crediticio en busca de soluciones. Sin llegar a un acuerdo, se levantó, me guiñó un ojo y me invitó a ver una obra de teatro, inicialmente solo a mí. Al ver a los demás presentes, extendió la invitación a los dos.

—¿Cuándo fue eso?

—Las noches de los miércoles eran para ti, ¿recuerdas? Los jueves y viernes eran míos. Una noche de noviembre, Eduardo te llamó disculpándose, diciendo que iría conmigo a un evento al que nos habían invitado. Luego te llamé para confirmarte la situación.

—¡No te preocupes, cariño! —Me dijo al finalizar la función teatral, dejando a su pareja disfrutar con los actores, mientras ella me llevaba por las calles empedradas del viejo barrio, con el gerente dos pasos detrás y mi peculiar ángel guardián.

—Aunque parezca que estamos solas, hay suficientes ojos vigilando nuestros movimientos. No te preocupes, hay mucha seguridad privada debido al gran flujo de turistas por aquí. No todos los transeúntes durante la noche son tan despistados como parecen, mi hermosa Blanca Nieves. —Susurra a mi oído derecho, haciendo que los vellos de mi nuca se ericen con su cálida voz.

—Quizás los rubios de ojos azules por la mañana, tan esbeltos con sus mochilas, sí lo estén. O tal vez sean los mismos, simplemente aprovechan la luz del día para llevar a cabo sus gestiones y disfrutar de la oscuridad nocturna en las calles estrechas para conseguir lo que desean desde temprano, ya sea drogas o experiencias sexuales extremas. —Concluye.

—La Pili,

Ella se esforzó en dirigirnos, mientras yo, debido a los altos tacones de mis zapatos, luchaba por mantener el equilibrio, caminando sobre las piedras lisas y húmedas de las estrechas calles. Camilo coge el cenicero y, recostado en la baranda de madera, se deja caer lentamente al suelo, escuchándome con atención, sin apartar de sus labios el tramo amarillo de su cigarrillo.

—Hay bastantes hombres gay disponibles, querida, y grupos de jovencitas menores de edad que ofrecen sus servicios como compañía a través de tarjetas de presentación. La mayoría están vinculadas a personas adineradas, quienes también alquilan habitaciones en estas casas para llevar a cabo sus acciones pecaminosas. Otras propiedades son utilizadas para organizar fiestas y eventos, como la que estamos a punto de presenciar, sin hacer muchas preguntas, ya que son antiguas herencias familiares casi en desuso, salvo los fines de semana. Son fachadas de casas viejas, pero que esconden en su interior un mundo totalmente distinto.

—Todavía lloviznaba cuando nos detuvimos frente a un portal de madera pintado completamente de verde manzana. Félix y Eduardo nos rodeaban, escuchando atentamente el desenlace de su descripción.

—Pero también habitan personas muy cultas e intelectuales, refinados conocedores del placer, bohemios escritores, músicos y artistas, ya sea famosos en la televisión o influyentes en las redes sociales. También se reúnen anónimos maestros en el arte callejero de entretener a los transeúntes y subsistir en la dureza del día, pidiendo limosnas. Con todos ellos hemos creado una suerte de club exclusivo, donde charlamos sobre arte y poesía, intercambiamos ideas filosóficas y debatimos sobre ética y costumbres de otras culturas, junto a amigos extranjeros. En ciertas ocasiones, en plena madrugada, abordamos otros temas de interés. Y al finalizar su exposición, dio tres golpes para anunciar nuestra llegada al interior de esa casa.

—Una pequeña ventana se abrió y, arremangándose el chal y la manga de su blusa tejida en lana, ella mostró un tatuaje en la esquina. Los goznes de la puerta chirriaron espeluznantemente al ceder ante nosotros. Dentro de una sala circular, el hombre y la mujer que nos recibieron recogieron nuestros abrigos, bolsos y sacos sin decir ni una palabra, indicándonos que dejáramos nuestros teléfonos celulares en una bandeja de plata.

—La privacidad es un derecho fundamental, especialmente aquí, mi querida Blanca Nieves. Asentí con una sonrisa y todos cumplimos con la orden.

—El frío de la calle ya no se sentía una vez dentro. La seguí a ella primero y detrás de mí iban ellos dos. La minifalda que lucía era tan corta que, al caminar delante de mí, podía apreciar la separación en sus glúteos, lo que hacía que imaginara cómo sería su parte trasera.

—Al final de un largo pasillo, cruzando el patio central con un antiguo pozo de piedra caliza, rodeado por cedros y arrayanes, unas luces ámbar y risas estruendosas parecían dar la bienvenida, mientras en el entorno se percibía el aroma a Palo Santo y una niebla espesa pero baja, similar a la que se utiliza en las discotecas, nos aguardaba unos tres o cuatro metros más adelante.

Mariana hace una pausa en su relato y, frente a mí, se recuesta sobre el vidrio de la ventana, acomodando sus piernas entre las mías. Estira su brazo y con cuidado apaga la colilla en el cenicero. Se frota las manos y observa detenidamente las caricias que sus dedos realizan en la otra mano. No se cubre.

el área genital y le veo, tan suave y lisa, con los pliegues bien cerrados, como asumiendo desde ya, nuestra triste despedida.

—En el espacio abierto de esa residencia, ya se encontraba instalado un toldo, o si prefieres una mejor claridad, debo informarte que era una gran carpa usada, similar a la de un circo ambulante. Incluso estaba remendada con parches rojos y amarillos, tanto en la cúspide como en uno de los lados, cerca de la entrada. En su interior estaba débilmente iluminada, pero muy bien decorada. —Inclina la cabeza hacia su derecha y con los ojos cerrados, sigue narrando, sobre algo desconocido para mí.

—Sillas con respaldos altos, todas cubiertas con telas blancas ajustadas por detrás con cintas negras cruzadas, simulando un delicado corsé. Frente a ellas, se encontraban mesas largas, aunque demasiado bajas. Todos los manteles eran negros con flores de Liz color purpura impresas, y los cubiertos, al igual que la vajilla utilizada por los otros invitados anteriormente, –con restos en algunos de ellos– permanecían desordenados sobre cada mesa, todos de un estricto color dorado. Colgando de festones, se veían gruesas cadenas, fustas de cuero, máscaras decoradas con plumas de diversos colores, y varias cuerdas de fique gruesas.

Gira su cabeza nuevamente y al volverla, abre los ojos y me escudriña brevemente. Mariana frunce los párpados, y lleva ambas manos a sus mejillas, presionándoselas, en un gesto de nerviosismo.

—En una esquina cerca de una mesa de billar, varias personas reunidas observaban, tomando lo que parecía ser un whisky irlandés de calidad. Algunas comentaban con entusiasmo las analizadas jugadas, y otras en total silencio, se besaban y acariciaban sin tapujos bajo la ropa, desestimando el resultado del juego. Varios hombres, y casi todas las mujeres, lo hacían a medio vestir; pero los dos experimentados jugadores de billar, estaban concentrados en el juego, completamente desnudos, salvo por anchos collares con remaches alrededor de sus cuellos, y con relucientes cadenas colgando libres por sus espaldas, hasta la mitad de la nalga.

—Y en el extremo opuesto, vi arrodillados a un hombre y una mujer, frente a un gran tablero de ajedrez, hecho de cristal templado reluciente y donde cada una de las treinta y dos piezas, eran figuras fálicas delicadamente talladas. Los reyes, grandes consoladores, al igual que las reinas más bajas y las piezas extremas eran ligeramente curvadas. Estimuladores de clítoris por alfiles, tapones anales en forma de estilizados caballos, y torres esbeltas con esferas en la parte superior. Todos los peones eran tapones anales del mismo tamaño y forma. Los dos jugadores vestían trajes de látex de un negro brillante, y tenían máscaras cubriendo sus rostros. En sus bocas, llevaban mordazas con bolas rojas que les impedían emitir sonidos comprensibles, planeando en sus mentes, el próximo movimiento.

—Y un poco alejada del centro, una jaula de al menos metro y medio de altura. En ella, una mujer morena, delgada y bella, con grilletes en las manos y varias cuerdas enrolladas alrededor de sus senos, la cintura y ambas piernas separadas, era obligada a mantener sus nalgas junto a las barras y por entre ellas, era penetrada desde el exterior, por un corpulento, velludo, anciano calvo y flácido. La joven sollozaba mucho, pero no de dolor como pensé, sino de placer por el duro tratamiento al que era sometida.

—¡Pobrecita! Qué espectáculo presenciaste. ¿Y en todo ese bullicio, qué te dijo tu amiga? Y… ¿Cuál fue la reacción del encargado y el despreciable de Eduardo?

—La Pili, con una sonrisa placentera. Yo sin palabras, el encargado consternado, mientras que el despreciable ese, se encontraba jubiloso. Estaba en su elemento, el infeliz. Ella me observaba, atenta a mi reacción frente a esa escena, y tomandome de la mano, me hacía sentir cada embestida del anciano a la chica, apretándomela con fuerza, soltándomela con suavidad, repetidamente.

Recoge susmuslo de forma agraciada, y usa los codos como apoyo para los antebrazos, y en el extremo de los brazos, una mano se sitúa sobre la otra, inclina la cabeza hacia la derecha, y me mira de reojo de manera inexpresiva. Después, cierra los ojos lentamente y continúa tranquila recordando.

—De esta forma, siguiéndola, la acompañé hasta abandonar aquella carpa por el lado opuesto, y nos guió hasta el ala este de esa antigua residencia, donde llegamos a un pasillo con múltiples habitaciones a ambos lados; ninguna frente a la otra, todas sin puertas, y cada una de esas sombrías habitaciones con atmósferas similares. ¡Imagínatelo! Numerosas velas amarillas sobre estantes de madera y grandes velas en el suelo; manillas y cuerdas desenrolladas, cuerdas que tensaban la piel de alguna mujer, decorando el entorno con ella suspendida en el aire, en una posición peculiarmente entregada. Cadenas y esposas, inmovilizando a un hombre desnudo en una cruz de madera oscurecida y de espaldas a nosotros, un hombre fornido vestido de etiqueta y con una máscara de cuero marrón cubriendo su rostro, le golpeaba en las nalgas y la espalda, con varios latigazos.

—¡Con más fuerza! —Le pedía a la mujer, un corpulento hombre vestido con frac y con una máscara de piel marrón que cubría su rostro.

—Son marido y mujer. No te preocupes, cariño. Por lo que parece, esta semana él marido no se ha portado muy bien y el amante quiere darle un escarmiento. —Me informó.

—Telas de terciopelo carmesí cubrían las paredes de otra de esas salas. Personas de distintas edades y tonos de piel entraban, permanecían un rato y salían. Varias escenas de libertinaje, pero en cada una de ellas, mucho castigo voluntario, y humillaciones dolorosas por placer y lujuria. ¡Vaya! Demasiados golpes secos, algunos gritos angustiados, y bastantes gemidos placenteros. Todo un universo desconocido, presentado en vivo y en directo, con mucha crueldad, expuesto ante mis ojos.

—¿Te gustó? —pregunto a Mariana, intentando averiguar si debido a eso o por esa otra mujer, su actitud y apetito sexual habían cambiado nuestra intimidad.

—Eso mismo le preguntó María del Pilar, pero a tu pregunta, ella le añadió una proposición futura.

—¿Cuándo probamos, Blanca Nieves? —Indagó con suspicacia, y permití que mi cordura se corrompiera bajo la apasionada cadencia de su voz.

—¡Pronto, bruja malvada! Cuando logre librarme de estos enanos. —Le susurré al oído, y le di un sonoro beso en la mejilla.

—¿No hicieron algo más? ¿Te obligaron a hacer algo extraño en esa ocasión? —pregunto, ya que recuerdo uno de los fragmentos de los mensajes que contenía el informe, donde Eduardo y ella intercambiaban opiniones y mencionaban a la conocida presentadora, comentando entre ellos sus exóticos gustos. Eduardo sugería probar, y Mariana simplemente admitía que le gustaría experimentar.

—Sí, querida. En realidad, salimos los tres hacia el lado derecho, hacia el ala oeste de la casa. Allí, en medio de un amplio salón, había otras personas, todas elegantemente vestidas, sentadas en cómodos sofás y sillones de piel de cocodrilo, algunos hombres fumando habanos y las mujeres, no todas, cigarrillos normales, conversando entre ellos, ajeno al parecer de lo que sucedía en las otras habitaciones de la mansión. Saludaron afectuosamente a María del Pilar y ella nos fue presentando uno a uno.

—Recuerdo a un francés alto y delgado, elegante, fumando en pipa, y con algún cargo importante en la embajada de su país. También a una chica rubia de cabello corto y semi ondulado, que identifiqué al instante, actriz y presentadora de noticias, al parecer muy amiga de La Pili, y disfrutaba de la conversación con ese francés junto a su novio, otro famoso artista de cine y televisión. También me presentó con otras personas, periodistas, un engreído abogado.

Casi sin cabello, una cirujana estética que curiosamente conocía al médico quien, en ese momento, estaba por realizar la operación de aumento de pecho en mí, y a varias personas más con las que apenas crucé saludos. —Camilo frunce el ceño, recordando seguramente esos días, cuando volvió de su viaje al Chocó y se encontró con la sorpresa de verme en nuestra cama, acostada boca arriba y en compañía de mi madre, su hermana menor, y por supuesto de nuestra vecina. No le agradó mucho que me hubiera sometido a la cirugía de aumento de pecho, pude notarlo en el brillo de sus ojos marrones, pero como siempre, por su gran amor hacia mí, aceptó mi decisión y no protestó.

La botella de tequila reposa sobre la mesa. Ahora necesito tomar un trago, directo de ella, puro, sin nada que lo suavice. Estiro mi brazo izquierdo, pero no consigo alcanzarla. Mariana sonríe ligeramente al notar mi intención y es ella quien, ajustando los costados de su bata, se arrodilla y la destapa. Ella toma un trago primero, se agacha y me la pasa, con el sabor de sus labios humedeciendo el pico de la botella.

—Y para hablar de lo que acabábamos de presenciar nos invitó a sentarnos frente a una preciosa chimenea, –le explicó a Camilo, llevando el pico de la botella a su boca–, en las paredes, muchos estantes de cedro con cientos de libros, y alrededor una exhibición de cuadros de paisajes amazónicos vivos y coloridos, realizados por ese pintor cuyo apellido nunca logré memorizar. Él no se encontraba allí, pero sí estaba una mujer, la esposa según me informó La Pili, conversando animadamente con las personas que admiraban esas obras, seguramente intentando conseguir compradores.

Mariana decide levantarse, pero no para alejarse, sino para recostar su espalda contra la superficie de cristal, y continuar evocando sus aventuras con esa mujer que la impresionó tanto. Se cubre el rostro con las manos, juntándolas por las palmas sobre su nariz, y dentro de ellas, suspira deliberadamente.

—Una copa de champaña rosada en su mano y otra en la mía. Whiskey sin hielo en la diestra de Eduardo, y una copita de coñac en la de Félix, disiparon nuestras impresiones. Mi presunto ángel guardián, cautivado por lo que había visto, esbozando su sonrisa malévola. El gerente aterrado, pálido y sin poder articular palabras, parecía querer irse lo más pronto posible. E intrigada yo, le pedía algunas explicaciones a La Pili, quien brevemente me dio algunas respuestas, las otras… Esas quedamos en hablarlas después, en privado.

Otro trago le permite a Mariana tomar aliento para continuar.

—Recuerdo que, al regresar a casa, todavía estabas despierto, trabajando en unos planos topográficos, completamente concentrado en ellos. Y en el suelo había una serie de bocetos con tus contenedores dispuestos de diversas formas, en medio de paisajes selváticos. Te sorprendí con un beso y mis brazos rodearon tu pecho desde atrás y...

—Y nos fuimos a la cama y ahí, mientras te desmaquillabas, me relataste tu aburrida experiencia. La verdadera, con la obra de teatro que no lograste entender por sus diálogos complicados. La aparente, con tu visión de ese mundo tan "intelectual" –con el movimiento de mis dedos entrecomillo esa irónica palabra– que, al parecer, causó esa revolución en las semanas siguientes. —Dejo que mi colilla agonice en el cenicero, al igual que Mariana, sin apagarla.

—No solo de vestimenta, –le enfaticé – mucho menos de tus rutinas diarias, pero al cambiar de peluquería, alteraste el precioso color natural de tu cabello, y al dejar de ir al gimnasio del club, para inscribirte en otro más al nororiente, varió tu mentalidad y con ello, tatuaste en tu espalda ese mensaje tan revelador y, con el paso de los días, durante las noches, tu actitud hacia mí en nuestra alcoba cambió. —Mariana extiende su mano y toma la botella. Un pequeño trago, ya que nos queda poco por consumir, le permite saciar su sed, mientras

se desmorona nuevamente delante de mí.

—¿Más autoritario, mencionas? Con órdenes imperativas y a veces... ¿empleando un tono despreciativo? Así lo intenté, pero te resististe a mis gustos de atarte al cabezal de la cama, y con el cinturón de seda de mis batas, o con tus propias corbatas, si las tenía más a mano, involucrarte en esas nuevas aficiones mías. Y para que perdieras tus temores a mi oscuridad, vende tus ojos con mis pañoletas satinadas, y acallé tus gemidos o tus súplicas, con mis tangas enrolladas dentro de tu boca.

—Se limpia el alcohol de ambos labios, con el dorso del dedo índice, y extiende su discurso.

—Sin embargo, al ver que no te complacía, cambié de estrategia poco después. Opté por ser para ti, como lo era para ella. ¡Sumiso, obediente y entregado! Pero mi parte dominante, que también quería salir a la luz, la utilicé con José Ignacio, para acercarlo cuando necesitaba alejarlo de K-Mena, y, finalmente, con el tímido gerente del banco, para que hiciera lo que fuera necesario, con tal de obtener la aprobación del préstamo para la casa de María del Pilar.

—¡¿Qué?! ¿Con ese individuo también... tú?

—En dos ocasiones me encontré con él, en la misma habitación, con ellos. Juntos, pero no mezclados, cariño. Digamos que fuimos perdiendo el miedo, hasta que le tomamos el gusto. María del Pilar y yo, exclusivas en nuestro espacio, para llevar a cabo nuestras actividades. Félix, compartiendo su descubierta afición por recibir dentro de sí a Bruno, la pareja de La Pili, y por darle azotes con gusto, a la secretaria del gerente general de su banco. Compartí con él, espacios en su mundo oculto, con vistas desnudas, pero sin derecho a roces. Y a finales de diciembre, una comisión para mí por la venta de la casa en Peñalisa y un significativo aumento salarial para él.

—Por lo que veo, lograste tus objetivos. ¡Qué eficiencia tan perturbadora!

—Entiendo que imagines ver lo que no está a la vista. Pero lo que no logras imaginar ni observar, fue el tormento en mi interior. Experimentar era la motivación inicial. Tras su dominación y mi sumisión, con sus golpes y las vejaciones a mi cuerpo, comprendí luego que eso era lo que necesitaba, y curiosamente lo encontré en ella. Necesitaba alguien que me sometiera, porque yo, mi vida, necesitaba ser castigada por no haberte prestado atención, para luego traicionar tu amor y comprometer mi fidelidad. Ansiaba sufrir, anhelaba ser castigada, y bajo tus amables manos, no lo conseguiría fácilmente. Me das fuego, ¿por favor?

—Me fuiste abandonando mientras ella te iba mostrando un nuevo sendero, aquel donde el descontrol de tus actos, –saltan chispas, nace la llama y Mariana aspira con su elegancia habitual– dieron forma a nuestros futuros encuentros en nuestra alcoba. Tú, deseando que te diera palmadas con fuerza en las nalgas y en las plantas de tus pies, y yo, arrepentido tras la lujuria, besando, lamiendo y cuidando con ungüentos, el enrojecimiento de las marcas que te causé por obedecerte. —Mariana exhala el humo por entre la abertura de rosa de su boca, y al frotarse la nariz, se muerde inconscientemente el labio inferior, perforando el lunar.

—Dices que necesitabas ser reprendida por mis manos, pero al mismo tiempo mantenías luego esa actitud distante y displicente hacia mí, durante el día. Creí que te entendía, pero te volviste tan incomprensible, que decidí liberarte, aunque las cuatro paredes de nuestra casa, te mantuvieran prisionera de nuestro matrimonio. Cambiaste tanto que estaba a punto de dejarte, solo que entre Mateo y mi pesar, dudé en fijar hora y fecha a la propuesta de divorcio. —Mirándome fijamente, el sol brilla diminuto en la esquina inferior del topacio de sus iris, y en el borde de su párpado inferior, se muestra ante los míos, el torrente de su pesar.

—Una noche, o dos, después de echar por tierra mis sueños de pasar vacaciones antes de fin de año, los tres afuera.

Proveniente de la nación, llegaste nuevamente tarde, y al recostarte exhausta a mi lado en la cama, a causa del agotamiento de tus compromisos empresariales, me percaté de un llamativo morado en tu piel, apenas visible en el lateral del inicio de tu cuello. —Mariana despeina la onda elevada sobre su frente, con la mano libre, mientras con la derecha, ocupada en medio de sus dedos por el filtro blanco, recoge con la palma las lágrimas que fluyen sobre su mejilla izquierda.

—A pesar de usar esos pijamas de algodón que te ocasionaban tantos calores, el final de tu espalda descubierta por tu postura acurrucada, me permitió observar varios rasguños surgiendo desde un extremo del rombo que forman tus fosas lumbares, descendiendo hasta el inicio de tus glúteos. Obviamente, al no haber sido yo el causante, imaginé que ese trasero tuyo había sido invadido horas antes por un desconocido. Y ese otro individuo no podía ser otro que tu desagradable colega. ¡Qué equivocadas estaban mis sospechas!

Finalmente cesa de mirarme y baja la cabeza, resignada. Endereza la espalda y con ese movimiento la vuelve a elevar. El cuello se le tensa, y el hoyuelo en su mentón apunta directamente hacia mí. Después de limpiarse la nariz, amortiguando ese absorbente sonido con el carraspeo, dos veces seguidas en su garganta, Mariana da a entender que está por aclararme algo… ¡Algo más!

—En su cabello enmarañado y decolorado, con secciones rubias por delante de mechones más oscuros, y otros naturalmente canosos, parecía residir su temperamento rebelde, dominante y autoritario. Pero en la plenitud de sus redondos ojos taciturnos, sus impulsos reflejados en ellos cedían ante mi firme decisión.

—Ella también lo ansió desde el principio, pero respetó mi decisión de no "usarlo", porque era exclusivo de mi esposo. ¡Qué cosa!

—Esas características tan exclusivas del matrimonio, –y por eso lo detesto tanto– son las que precisamente hacen más entretenido el arte del engaño, y al mismo tiempo, más tentador pecar, para ambas partes. Para mí, la fidelidad, pequeña Blanca Nieves, no tiene nada que ver con el "hacer", sino con el "no sentir". Nada tiene que ver lo que hacemos con nuestros cuerpos o nos dejan hacer, con lo que realmente se siente en el corazón, al regresar de donde partimos y nos inunda la felicidad al renacer palpablemente en un simple abrazo, de esa única persona a la que amamos de verdad. —A La Pili le fascinaba filosofar, en algún descanso de nuestras tardes y esporádicas sesiones de obediencia y dominación.

—En cierto atardecer, con ella inhalando su porro de marihuana, contemplando las arboladas colinas de su propiedad, donde finalmente la convencí de aprovechar ese paisaje para instalar unos glampings, sacando provecho del creciente turismo en la región, y yo inhalando la venenosa nicotina de mi cigarrillo, por diversión más que por deseo, utilicé para provocarla la expresiva frase que solías decirme para predecir el futuro de una de nuestras noches de pasión, con un leve cambio en el pronombre y su sugestiva posesión. "Ese trasero será tuyo algún día, por supuesto, ya que solo a ti, este asterisco te guiña el ojo y te coquetea".

A Camilo lo noto angustiado, después de confesarle haber formado parte de mi falacia, estando ausente pero siempre presente cuando necesitaba con urgencia uno de sus abrazos al regresar a su lado. ¿Se lo cuento o no, cómo sucedió? Ya lo dañé. ¿Qué importa ya, mancharme más, si no voy a salvarme?

—Una tarde, estando ella sobre mí, abrazándome tras hacerle sexo oral que la enloqueció sobre mi rostro, besaba mi cuello y la clavícula cercana, noté que separaba mis piernas con las suyas, tratando de posicionar aquel miembro artificial más abajo de mi vagina húmeda, pero sin preparación no me sentí capaz de permitirle avanzar más. Logré rechazarla, moviendo mi cadera a un lado varias veces, pero luego ella abrió mis piernas con ambas manos,con suficiente firmeza, y yo derrotada, ya no ofrecí resistencia. Me amarró los tobillos al catre y yo… ¡No expresé palabra alguna!

—Manipuló con la cabecilla de su dildo negro de silicona entre los pliegues de mi intimidad, durante un largo tiempo y al mismo tiempo, dirigió su boca a mi cuello para morder y succionar mi piel a su antojo. Entre mis palabras escapó un ruego sencillo. «¡No dejes marcas en mí!», pero hizo caso omiso a mi súplica y mordió varias veces la parte inferior de mi cuello y clavó sus uñas en mis glúteos simultáneamente. Por supuesto que sentí dolor, me enojé, pero me agradó.

—Muerde también mis senos, le dije con mi voz delicada, tan aguda como la de una soprano sumisa. «¡Te morderé, solo cuando lo desee! ¡Aquí no dictas órdenes, mi pequeña Cenicienta!». —Esa respuesta, pasando por alto mi deseo, indicándome quién llevaba el control cuando estaba con ella, solo logró excitarme más con el dolor causado por las punciones de sus uñas aferrándose a mis glúteos, y sus mordidas en el lóbulo de mi oreja derecha. Realmente lo estaba disfrutando, pensando específicamente en ti, y en la posibilidad de que notaras los moratones en ciertas áreas de mi piel, y celoso me preguntaras qué me sucedió, para poder responder sin ningún tipo de vergüenza, que la responsable era una mujer.

Mariana ha optado por levantarse y caminar, cigarrillo en mano hasta el otro extremo del balcón. Requiere un tiempo para continuar y oxígeno para revelarme lo gratificante que fue para ella estar con esa mujer.

—Ummm, aferrada a mis caderas la última vez, con aquel consolador lubricado atado a su cintura, ella empezó a introducirlo en mí, ansiosa por hacerme gritar ante el primer dolor, gemir posteriormente mientras alcanzaba un rápido orgasmo. La dejé moverse detrás de mí, como una María del Pilar oculta que quería o estaba acostumbrada tras su capucha de látex, doblando mis piernas y levantándome por la cintura con su brazo izquierdo, ligeramente, apoyándose con la otra mano sobre la manta. También me incorporé parcialmente para ofrecerle uno de mis senos, luego ella con su cabeza entre mis pechos, exhaló por el esfuerzo y succionando un pezón, con fuerza penetra en mí.

—Con los ojos cerrados, sintiendo cómo me penetraba y sacaba, a veces parcialmente y en otras ocasiones por completo de mi interior, utilicé esas sensaciones físicas para traicionarte mentalmente, y fantasear que eras tú, sensorialmente, quien me introducía. A su desenfrenado impulso, le coloqué el traje de gala de tu devoción, ya que a pesar de que se sentía placentero, ese disfrute no era suficiente para mí. Necesitaba el tuyo, tan particularmente mío. Inexplicable por tu entrega, diferente en esencia y motivación. Nuestros tiempos coordinados y prudentes en la mayoría de las ocasiones, cuando hacíamos el amor, contrastaban con sus extremas y no convencionales formas de poseerme, similares solo a las nuestras, cuando solo físicamente luchábamos por conseguir el anhelado relax tras lograr nuestros clímax.

—El deseo en ella, en cambio, parecía ser inagotable. Concentrada en hacerme experimentar dolor y placer alternadamente, hacía pausas para cambiar mi postura tras sus enérgicos embates, y pequeñas pausas después, para restaurar mi ritmo cardíaco, nuestras frecuencias cardíacas, y mimarme con sus caricias. Ambos, ella y tú, poniendo por delante el deseo de satisfacer mi placer. Amoroso el tuyo, perverso el de ella.

Apoyando su mentón sobre su mano izquierda, abre sus ojos, pero no me mira. Solo contempla la danza del humo de su cigarrillo, sostenido entre sus dedos medios. No logro identificar exactamente la razón. ¿Será por remordimiento? ¿O estará anhelando aquel momento al recordarlo?

—Diferentes a las tuyas, sentí sus manos apretar las carnes de mis glúteos y separarlas por el pliegue, indicando que estaba próxima a detenerse por el cansancio en sus caderas. Los dedos

las tuyas, podrían haber trazado las iniciales de nuestros nombres, o un corazón inmenso para ir desde la zona sacra, hasta el surco de mi nalga derecha, avanzar con placer hasta el hoyito que había sido tu objetivo y ascender de nuevo. Ella no hacía esa clase de distinciones, y quería todo al mismo tiempo, penetrarme una última vez con fuerza, urgida de hacerme sufrir y, por ende, hacerme sentir especialmente suya.

—Me di cuenta de que debía apresurarme, llegar antes que ella a mi cúspide y reduje aquel bombeo retrasándome. Aflojé la tensión con la que mi esfínter oprimía la verga de silicona, y ya erguida y liberada, la agarré con la mano para volver a introducirla, lo suficiente y a mi ritmo, para que La Pili tomara un respiro y no se rindiera aún. Me clavé con precisión y agrado sobre aquel arnés, pero en mi mente lo hacía sobre la tuya, una y otra vez. Y otra y enseguida... Enseguida, una melodía de eróticos gemidos, con suspiros y grititos intercalados, se escaparon de mi garganta, anhelando por la tuya, -también por un beso profundo de tu boca- me senté completamente sobre la suya, acariciando sus pequeñas tetas, y al frotar los labios hinchados de mi vulva contra su mano enguantada, exploté con fuerza mojando su pene falso, sus correas negras y la frazada de lana.

Con el cigarrillo entre sus dientes, sus dos topacios clavados en los míos, Mariana extiende sus brazos hacia arriba, se estira por completo y resopla con fuerza, –asustando la fumarola– y los baja luego por detrás de su cabeza, donde entrelaza sus dedos sobre la nuca y suspira aliviada, al parecer ya, más desahogada.

¿Cuánto de realidad y autenticidad hay en su historia? Hay personas que se aferran a la verdad, en las narraciones que cuentan de sus propias mentiras. ¿Todavía Mariana, estará sumida en su mitomanía? Su honestidad al revelarme este oculto romance con su diva, me ha sorprendido. ¿Debo comprender su situación y verlo todo desde un ángulo de mayor realismo y menos ilusión?

—Recordando, fue justamente después de verte al llegar a casa luciendo tu nuevo look. Cabello ondulado, unos centímetros más cortos de lo habitual, pero con un color rubio que, aunque te sentaba bien, para mí acostumbrada cotidianeidad, supuso un toque de intriga, al verte tan diferente físicamente, y que encajaba muy bien con tus recientes cambios de actitud hacia mí. Y aunque te elogié de manera cariñosa, muy dentro de mí se encendieron las alarmas de la infidelidad.

—Por eso estuve más pendiente de tus cambios de humor, ¿sabes? También de los pequeños detalles que antes pasaba por alto, por descuidado o por confiado, como esas nuevas palabras incorporadas a tu léxico, o esos nuevos gestos decididamente más coquetos en tu mirada, y en la forma desafiante de colocar tus manos sobre las caderas, después de tener los brazos cruzados frente a tu pecho escuchando mis quejas por tus frecuentes retrasos, para acentuar tu desagrado por mis reclamos. E incluso noté que exagerabas el balanceo de tus caderas al caminar por los pasillos de la constructora.

—Pero no solo me fijé en tu aspecto físico, sino que curiosamente, utilicé sentidos que estaban ahí, pero mantenía descuidados. ¿O acostumbrados? –En la frente, Mariana muestra marcadas las arrugas por la inquietud. – Por ejemplo, mi olfato. —Le aclaro y al mismo tiempo, me levanto.

—Para tratar de descubrir si habías tenido relaciones sexuales antes de llegar a la casa, frotando la punta de mi nariz contra el lineal tapete de tus vellos púbicos, –mientras los tuviste– y de ahí utilizando mis fosas nasales zigzagueando entre los pliegues de tu vulva hasta merodear, con tu mano presionando mi coronilla, la entrada de tu gruta. —Avanzo dos pasos, balanceando mi mano derecha con el índice extendido, acercándome a su esquina.

—Y el del gusto, al probar con cierta precaución los pliegues alrededor

de tu vagina, ya que a causa del alcohol, últimamente llegabas muy excitada y húmeda, luego de salir de fiesta con tus amigos, o cenar con tus potenciales clientes en compromisos ineludibles, que convenientemente se programaban los miércoles, entre cervezas y tragos de whisky, según tu ángel guardián, quien afirmaba que durante todo el día me extrañabas mucho y solo anhelabas llegar a nuestra habitación para satisfacer tu deseo y calmar la calentura de tu cuerpo con esos ¡Te Amo! susurrados, dejando atrás las horas en las que resignadamente debía mantenerme en silencio frente a nuestro hijo, callando mis preocupaciones y olvidándome de ti, horas que tú necesitabas. No porque ya no sintiera nada, sino porque todo en la casa me recordaba que la noche no era completa, porque al igual que yo, te faltabas tú. —Mariana en silencio baja la cabeza.

A veces olías a la mujer de siempre, conservando el inconfundible aroma que mi olfato reconoce de ti. Otras veces, ese perfume era apenas perceptible, oculto tras una minuciosa limpieza en tu intimidad, a pesar de tus ganas contenidas; y la barrera inicial, por la sequedad en tu vagina, era un indicio claro de que no estabas tan deseosa o dispuesta, haciendo ver que me buscaba solo por cumplir con nuestro compromiso matrimonial, sin que yo expresara objeciones.

Creí firmemente que tenías un único amante, cuyo físico y género, grabado en mi mente, en absoluto me hacía sospechar que, estando cerca en parte, en realidad se encontraba tan lejos de tus nuevas inclinaciones sexuales.

Camilo, cariño. Jamás tuve la intención de herirte de esa manera, hacerte sentir apartado de mí y, sobre todo, menospreciarte y acostumbrarte a mis horarios, aparentemente felices para esa mujer coqueta y mundana, forzados, tediosos o incluso rutinarios para la mujer hogareña. Es cierto, mi amor, que para tu mente resultaba imposible imaginar otro escenario en el que mi deslealtad ocurriera a tus espaldas con una mujer. No tenías forma de intuirlo.

Mi esposo mueve la cabeza, intentando comprender. A pesar de estar cerca, no se ha animado a avanzar. Yo sí lo haré, porque quiero y necesito esclarecerle a su mente algunos detalles de esa realidad que aparentemente pasó desapercibida.

Coloco mi mano izquierda en su hombro derecho, acortando la distancia que él no se atrevió a recorrer, para expresarle…

Pero hay algo más, que al parecer tú desconoces. —Camilo frunce el ceño de inmediato y estrecha sus ojos con desconfianza, intrigado y sorprendido.

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