EpÃlogo.
—Y asà Rodrigo, ¿vas a explicar al fin por qué no querÃas que nos encontráramos en este bar?
—Vaya, don Camilo, usted siempre poniéndomelo difÃcil. La razón es simple. En este mismo establecimiento, para personas solitarias, un dÃa de agosto, hace tres años, se reunieron mi entonces esposa y su nuevo compañero. Y ellos no estaban solos, ni mal acompañados, según parecÃa.
—¿En serio? DeberÃas haberme avisado y habrÃamos cambiado de lugar. Escuché la recomendación en la radio y me dio curiosidad. Este local es uno de esos lugares con temáticas sociales, donde la soledad se encuentra para socializar con personas en situaciones similares a la nuestra. Lo siento. Si prefiere, podemos ir a otro lado.
—No hay problema. Ya está superado. De todos modos, ya estamos aquà y el ambiente es agradable, la música no está mal. Además, veo que ya pidió para los dos. ¡Salud por su regreso!
—Salud, amigo. ¿Y mi auto?
—Está bien, arquitecto. Por ahà sigue rodando. ¡Jajaja!
—¿Y cómo terminó todo con su esposa?
—Hmm, refresque mi memoria, Rodrigo. ¿Dónde lo dejamos?
—Cuando se despidieron en el hotel, si mal no recuerdo.
—Déjeme contarle. Después de cerrar la puerta, me sentà desolado. Cada paso hacia las escaleras era un esfuerzo. Desde uno de los rellanos la vi. Estaba en la esquina del balcón, mirándome con una mano en alto despidiéndose, mientras con la otra se tapaba la boca, llorando al igual que yo.
—Debe haber sido difÃcil para ambos.
—¡Mucho más de lo que imagina! Después, dejé de mirarla, no soportaba verla asÃ. En realidad, mientras caminaba, analizaba lo ocurrido en nuestra conversación.
—Después de haber conocido todos los detalles y revivirlos, a pesar de no gustarme imaginar lo que ocurrió, cómo se entregó, escucharla hablar de sus errores, arrepentida y dolorida, causándome un dolor inmenso, sentÃa que a pesar de todo, ella seguÃa amándome y yo también a ella. —Da un gran trago a su jarra de cerveza dorada. Me mira por encima del borde con espuma, y después de beber, baja el envase para continuar explicando lo que sentÃa en su interior.
—HabÃamos construido una pequeña vida, cinco años de risas y complicidad, que nos unÃa y seguirá haciéndolo. Como padres, nuestra responsabilidad era seguir amándolo, estar allà para él, velar por su bienestar. Esa misión encomendada por el amor que nos unió nunca terminará. No puedo huir de ella, ni Mariana de mÃ. ¿Lo entiende, verdad?
—Claro, don Camilo.
—Era evidente que nos sentirÃamos vacÃos al principio, como durante esos siete meses en los que no fuimos tan necesarios, pero después… serÃa un gran esfuerzo. Mariana sabe que aún la quiero, y sé que ella harÃa lo que fuera por verme feliz. —Su mano vuelve a agarrar la jarra, pero no la lleva a su boca, sino que la gira cuidadosamente.
—Fue difÃcil dejarla allÃ. No sabÃa cuánto tiempo pasarÃa ni en cuyos ojos podrÃa volver a encontrarme reflejado y sentirme.La calma que encontré en sus ojos de topacio, ¿en cuál otro abrazo, Rodrigo, podrÃa ella sentirse resguardada? ¡Caray! Aquella extraña sensación en el estómago y la opresión en el pecho que me impedÃa respirar. Caminar de regreso al hostal era una travesÃa larga y el sol que brillaba con intensidad aquella mañana me abrumaba y casi sofocaba. La mejor solución era tomar un taxi, refrescarme y salir de allà cuanto antes.
—¡Adiós, mi amor! —Esas tres palabras resonaron desde el balcón.
—Siempre desearé que te vaya bien en todo lo que emprendas. —Siguió gritando sin importar que otros oÃdos, aparte de los mÃos, la escucharan.
—¡En todo, aunque ya no esté en tu camino! Por favor, amor mÃo, hazlo por mà también, con más fuerza, con todo tu ser, porque yo, querida, seré quien más lo necesite, ya que estoy dejando ir al hombre que más amo en este mundo. El amor que compartimos durante tantos años. El complemento perfecto en mi vida, lo mejor que tuve y el amor imposible en el que, por mis caprichos de niña consentida y mis errores de mujer empoderada, lo convertÃ.
—Te amaré eternamente, Mariana. —Le respondà a gritos, elevando mi voz hacia aquel balcón. —Y sé que permanecerás conmigo, aunque ya no estés a mi lado. Ojalá puedas dejar de sufrir por mÃ, porque, a pesar de todo, durante estos dÃas sin ti, estuve hundido en un pozo del cual no veÃa salida. Tus revelaciones y tu valentÃa al enfrentarme, acudiendo con dignidad a tu juicio, esas verdades que herÃan mi alma contribuyeron, sin embargo, a aligerar mis dudas y permitirme aferrarme al borde para sacar mi cabeza del pozo. —Hicimos una pausa, y ambos, a la altura de nuestras cervezas, bebimos otro trago.
—Sabes, algo más. —Continué confesándole, allà parado, mirándola desde abajo sin prestar atención a la joven que barrÃa con calma el pasillo por donde debÃa pasar. —Has disipado mi oscuridad y en lugar de lastimarme más, has devuelto mi paz. No me equivoqué contigo, donde pensé que lo habÃa hecho. Aunque mi intención era odiarte, para facilitar mi despedida, si no pude hacerlo antes fue porque te amaba profundamente, y ahora menos podré odiarte porque mostraste valentÃa y además, porque aún te amo. Te perdono, y entiendo que será imposible olvidarte, que tu pasado me seguirá causando dolor y las dudas persistirán.
—¡Guau! Eso fue una verdadera declaración de amor. ¿Y qué contestó la señora ante tus palabras? ¿O guardó silencio?
—Por supuesto, se conmovió, pero apoyada en la baranda de madera con ambas manos, me respondió…
—Nos haremos falta, amor. Será inevitable. Me extrañarás, pero yo te extrañaré aún más. A pesar de la separación fÃsica, estoy segura de que veremos crecer a nuestro Mateo, tu pequeño loco del alma, y en él depositaremos todo el amor que nos tuvimos, y el nuestro, a pesar de ser antiguo, persistirá cuando estemos solos y pensemos el uno en el otro.
—Las palabras se me atascaron y las lágrimas, que tanto intentaba contener, brotaron libremente. Solo pude bajar la cabeza y salir corriendo del hotel lo más rápido que pude.
—Esa es la parte más difÃcil de una despedida, arquitecto. ¡DÃgame a mÃ! Querer detenerse, volver atrás y regresar, pero al mismo tiempo, entender que lo mejor es seguir adelante, paso a paso, avanzar y dejar ir.
—Exactamente, Rodrigo. Finalmente, llegamos con bastante ritmo al final.
retraso en el aeropuerto y…
—¿Hemos llegado?
—SÃ, todos. Ya sabes. Se corrió el chisme sobre mi partida y según decÃa mi abuela: «En casa pequeña, se oyen y se huelen todos los pedos».
—Mientras realizaba el check-in en el mostrador de la aerolÃnea, recordé aquella solicitud y salà apresuradamente por los pasillos en busca de la tienda más cercana para conseguirla. Fue entonces cuando la vi a lo lejos, despidiéndose con abrazos y lágrimas, tanto de Maureen como de Kayra. Caminaba detrás de mi "Hermano". Mariana, entre risas provocadas por una de las bromas habituales de Eric, se sonrojó, recibió un par de besos de despedida, y mientras Pierre le ofrecÃa un pañuelo para secar sus lágrimas, ella se abalanzó sobre William al verlo, y al notarme, me vio.
—¿Camilo? ¿Qué haces aqu�
—Recordé que a Mateo le faltaban algunos colores, asà que también conseguà este set de marcadores con punta pincel. Son similares a los que usas. Seguramente se pondrá muy contento. —Respondà mostrándoselos. Extendió la mano para recibirlos, pero en lugar de entregarlos, los guardé en mi mochila Wayuu.
—Entonces, arquitecto, finalmente me hizo caso.
—Por supuesto. Ese es el segundo mejor consejo que me has dado, Rodrigo. Luego Mariana se percató de que llevaba colgado un morral de cuero marrón en la espalda y preguntó…
—¿Qué contiene eso?
—Algunas cosas. Algo de ropa y dos pares de zapatos. —Resolvà su duda.
—¿Vas a regresar conmigo? ¿De verdad me has perdonado y volverás? —Asentà y Mariana rodeó mi cuello, y sin decir nada, me besó. Fue más bien un beso suave, con los labios extendidos como un pico de pato.
—Me acerqué a su oÃdo derecho, rozando su arete de oro, pero no para besarlo.
—Tienes mi perdón, Mariana. –Le susurré. – Cometimos errores, confiamos demasiado y yo también. La responsabilidad es compartida. Ambos la regamos. Borrar el pasado no será posible, eso lo sabemos los dos. Quizás con el tiempo, nuestras nuevas vidas nos permitan, en tu caso, podrÃas pintar nuevos colores sobre ese lienzo, y en el mÃo, construir sobre ese cimiento nuevas estructuras con espacios amplios, nuevos y frescos. ¿Vamos? —ConcluÃ, ya que la agente de inmigración nos sonreÃa amablemente y nos apuraba con un gesto hacia la puerta de seguridad.
—Me despedà rápidamente de todos, prometiéndoles que regresarÃa en unas dos o tres semanas, especialmente a Maureen, que no dejaba de llorar. ¡Celebraremos la navidad juntos! —Le aseguré.
—¿Cómo conseguiste…
—¡William! Sabes bien que mi Bro tiene varios amigos y algunos le deben dinero al banco. —Respondà con una sonrisa de satisfacción, mientras nos despedÃamos a lo lejos de nuestros amigos. ¡De mi otra familia!
—Por la amistad. Arquitecto. —Y brindamos con nuestras jarras de cerveza, vaciándolas por completo.
—¡Salud!
—Asà que, mi querido amigo, continuamos andando hacia la sala VIP. ¿Tienes cigarrillos? Se me olvidaron los mÃos. Debo haberlos dejado en el bolsillo de la otra chaqueta.
—¡Vamos! Sentémonos en esa mesa en la terraza, junto a esas dos cuchi-barbies. ¿Quién sabe si, además de exhalar humo como locomotoras, hacemos nuevos amigos? —Y tras reÃrnos, nos instalamos en una mesa para dos. ¡Para dos camaradas desilusionados!
—Ya cómodos en la sala VIP, esperando el llamado para abordar, ella posó su mano derecha sobre mi rodilla y me dijo…
—¡Por siempre te agradeceré la felicidad con la que llenaste mi vida! Me enseñaste que en la vida, todo es posible si te lo propones. Aunque ese éxito que anhelas tarde un poco, ¡no desistas!quizá más de lo que habÃa anticipado. Y para poder disfrutarla al máximo, se encuentran extensas y planas praderas en plena floración, divididas por diversos senderos que conducen de un lugar a otro, como los enredados hilos de este lazo carmesà que me entregaste. Sin embargo, tan corrientes y desprovistos de encanto, –advertiste– que terminan resultando tediosos hasta el hastÃo.
—También mencionaste la existencia de otros terrenos más allá en el horizonte, emocionantes si te gusta explorar. Observarás cómo, –me contaste– el terreno se va inclinando gradualmente hasta encontrarte cara a cara con imponentes acantilados infranqueables o caminando de repente al borde de peligrosos desfiladeros, tras dejar atrás esas frondosas laderas adornadas con altos cedros, robustos nogales y fragantes eucaliptos.
—Con sus diversos senderos ascendentes, la emoción de la aventura nos llevará a sus hermosas y desconocidas alturas, haciendo que olvidemos el ocre en sus espigas, los amarillos girasoles y también el violeta de las petunias de la apacible llanura ya recorrida. Según tu experiencia como viajero, detenernos momentos antes de dar el siguiente paso, para contemplar con sensatez desde su cúspide, nuestra vida en perspectiva y decidir si avanzar o retroceder.
—En ese momento, no presté la debida atención a tus consejos y dejé simplemente que tus palabras se empolvaran en algún rincón de mi mente, sucumbiendo a mi propia autosuficiencia y a mi impaciencia por demostrar de lo que era capaz de lograr… ¡Sin tu guÃa!
—Cuando llegó el segundo llamado para abordar, secando mis lágrimas con dos pañuelos faciales, concluiste tu emotivo discurso diciéndome…
—Ahora que reconozco ante ti, mi amor, mis errores y las malas acciones que cometÃ, y la manera en la que te enteraste de ellas, también considero que debo pedirte perdón. Al irte, te desprecié. Lo sé, lo sé. Me lo merecÃa, pero hubiera preferido que gritaras, me insultaras y me expresaras claramente tus sentimientos esa noche, en lugar de castigarme con tu silencio. Y te odié más que nunca por eso, por esa mirada llena de desprecio.
—¿Me odiaste, Melissa? Hmm, ya veo. Es frustrante que, a pesar de todo, sabiendo tú la verdad, yo debiera cargar, además de con mis propios problemas, también con los tuyos.
—¿Odio? No, mi amor. ¡Jamás quise lastimarte o desearte el mal! ¿Rencor? SÃ, sin duda. Porque me corroÃa por dentro el ver que tú no reaccionabas como esperaba. Fue una mezcla de ambas, si debo ser sincera. Me sentÃa sola y derrotada. No dijiste nada. No sabÃa a qué atenerme, aunque por tu repentino distanciamiento y el eterno silencio que nos envolvió en los últimos dÃas, busqué un culpable. Al ver que te habÃa perdido, que ya no me amabas, necesitaba encontrar en ti algo malo, un punto débil en tu amor del que agarrarme para salir del agujero en el que me encontraba.
—¿Que ya no te amaba? Escucha, Melissa. Para mÃ, amar no se limita a demostrarlo con palabras, actos, regalos o miradas tiernas, no. Amar también implicaba saber callar y esperar a que actuases con tu habitual sabidurÃa y me hablaras con confianza, incluso si estabas confundida. Conociéndote como te conozco, yo, que te he amado desde el primer dÃa que te vi, pensaba que quizás pudiera entender lo que sentÃas o lo que querÃas experimentar. ¿Lo hice? ¡No! ¿Verdad? A pesar de todo el tiempo que llevamos juntos, decidiste alejarme de tu vida para dar paso a extraños.
—¿Odiarte? Bien, seamos sinceros. Lo intenté. Pero, te aseguro que no lo logré. Sentà rencor, desde luego. Decepción, sÃ, la experimenté. Pero detestar a la mujer que me llenó de alegrÃa durante tanto tiempo, no me fue posible.
su alegrÃa en mis años, la luz de sus dÃas en mis mañanas y la complicidad de sus tardes, prolongando mis noches, colaborando juntos, cuerpo a cuerpo para experimentar un gratificante sexo, o simplemente acunar mis sueños en tu despierta realidad, y, sobre todo, ¿engendrar a nuestro pequeño Mateo? No Mariana, detestarte, no pude y tratarte mal, eso jamás.
—Pero, pues por esa razón estoy aquÃ, no me solicitaste explicaciones, y yo estaba confundida, completamente aturdida ante lo ocurrido. Nunca lo imaginé, no creà que terminarÃa todo de esa manera. No quise lastimarte, aunque en mi interior cada dÃa no dejaba de reflexionar en que lo hacÃa. SÃ, fui desleal, me transformé en otra mujer buscándome problemas sin necesidad, rompiendo de paso con todo, rompiéndote a ti, a nuestro matrimonio, echando por la borda tantos años de felicidad. Dejando sin su padre a nuestro hijo por mi maldita culpa. Perdóname, por favor perdóname si puedes.
—«La cara alegre de la infidelidad pierde su atractivo y las sonrisas, cuando al girar la esquina de la rutina, se encuentra de frente con la faceta tradicional de la costumbre».
—¿Qué? ¿Cómo?
—No, nada. Solo es una frase que escuché a Rodrigo, y que acabo de recordar.
—Ah, bueno. Yo... La verdad que no sé cómo explicártelo, mi amor. Lo que hice y lo que desequilibré, mi cambio, las mentiras, mi disfrute y también mi dolor… Todo, cariño mÃo, tiene una explicación. Durante toda mi vida lo tuve todo y, sin embargo, dentro de mÃ, faltaba algo.
—Bueno, no es tan asÃ. En realidad, no es que hiciera falta, pues estaba allà oculto, esperando el momento para salir expulsado al exterior. Desde pequeña siempre obedeciendo a mis padres, a mis hermanos mayores y a mi abuela también. Yo, la niña de la casa, la hermanita menor a quien proteger. ¿Proteger de quién o de qué? Me cuestionaba a solas muchas veces y de ellos escuchaba, casi en coro… ¡De los hombres, mi princesa, los hombres malos! ¿Hombres malos? Entonces… ¿Mi padre y mis hermanos eran de esos individuos de los que me debÃa cuidar y defender? Pero si de ellos solo recibÃa amor, ternura, juegos y una cuidadosa protección, en serio no entendÃa.
—Mi padre se mostraba enamorado de mi madre y estaba más que convencida de que mi abuelo habÃa amado siempre a mi abuela. ¿Entonces cuál era su temor? Muchas preguntas revoloteando en mi cabeza, como enredos tenÃan mis cabellos y que en las noches mi padre cariñosamente se encargaba de deshacer antes de que su princesita se fuera a dormir.
—Y no, no arquees tus cejas ni frunzas el ceño. Mi padre nunca abusó de mà ni se excedió en sus caricias fraternas. Por supuesto, mis hermanos tampoco. Siempre me respetaron y era por eso que no comprendÃa por qué mi madre y mi abuela se esforzaban tanto por cuidarme de los hombres.
—Ser buena niña, muy respetuosa y educada, comportándome como una pura doncella. Por nada del mundo podÃa pelear con mis hermanos o los otros niños como ellos si lo hacÃan. Nada de decir malas palabras como escuchaba a veces de mis hermanos. ¡Siéntate bien, estira la falda, cubre las rodillas y cruza bien las piernas! ¡No te agaches asà que se te van a ver los calzones! ¡No juegues a la pelota, lo tuyo son las muñecas! No era tan libre de ser como yo querÃa, era como tener voz, pero no podÃa expresar mis pensamientos, ya te digo que, de los sentimientos, ni hablar.
—Me asustaban con sus cuidados tan exagerados, no me dejaban ser como sentÃa que tendrÃa que ser. Y, sin embargo, fueron pasando los años y dejé que me formaran a su semejanza y mis ganas, mis derechos de vivir como pensaba, fueron quedando olvidados en lo profundo de mi inconsciente.
—No me dejaron de pequeña socializar, ni como yo querÃa ni con quienes me agradaba estar. Jugar con los niños al futbol era un problema grave, pues podrÃan lastimarme con la pelota en mis pechos, o si con mis amigos en la calle nos daba por jugar a las escondidas.
PodrÃa experimentar sensaciones inapropiadas en mi cuerpo debido a esa etapa de la vida, y en las festividades navideñas, alejados de mis primos en los intercambios de regalos, un beso robado ponÃa en peligro la inocencia que se guardaba entre mis piernas. Sin embargo, en las reuniones de adultos, me instaban a acercarme a los hijos de sus amistades, creyendo mis padres que me convertirÃan en una persona mejor, rodeándome de individuos respetables y cultivados, sin tener en cuenta mis gustos o pasiones, pasando por alto mi punto de vista.
—Pero yo simplemente anhelaba ser una mujer mejor, sin miedos, rencores ni complejos. Solo ser yo misma, vivir mi vida, explorar, aprender y descubrir. ¡Saber valerme por mà misma! Les hice caso, renuncié a mis derechos, a mi individualidad, y seguà siendo el consentido de la abuela y la delicada princesa de papá y mamá.
—Amor mÃo, me descuidé a mà misma. ¿Me comprendes? Me moldearon con el tiempo como a otra persona y oculté mis gustos, mis preferencias, todas las dudas existenciales sobre mi forma de entender la vida cuando era niña, solo para darles la razón. ¿Por qué sà a esto y por qué malo aquello? Y mientras más trataba de ocultar ese mal, la intriga y la curiosidad por explorar y descubrir, latÃan fuertemente en mi interior.
—Finalmente, les hice caso y conformé en ser una mujer ordinaria, una persona común y corriente, para encajar en la sociedad. "Haz esto mi niña y evita aquello que no está bien visto en una dama", me aconsejaban mi madre, mi abuela, las maestras y algunas de mis supuestas grandes amigas. Esa fue la norma, la constante invariable a seguir en mi vida, según mi formación moral.
—Y la joven mujer que pensaba distinto, sentÃa de forma distinta y deseaba jugar a lo que era mal visto por los demás, se perdió en mi subconsciente con los años y lentamente la dejé morir. Simplemente la olvidé... ¡O al menos eso creÃa yo!
—Años y años manteniéndome alejada de lo malo, pero... ¿Y si lo malo ya estaba dentro de mÃ? Me protegieron de los demás, todos... Incluyéndote a ti. Pero cariño mÃo... ¿Quién demonios velaba por los oscuros deseos del demonio que habitaba en mÃ?
—Te fallé, es cierto, y aunque suene a una excusa barata, fui infiel hasta cierto punto. ¿Por qué te preguntarás? Pues porque aunque ofrecà mi cuerpo, nunca entregué mi corazón. Ese siempre ha sido tuyo, a pesar de que no lo creas. Te entiendo. ¡De verdad! Me llevó varios dÃas a mà misma comprender la razón detrás de mis acciones, destrozando nuestro matrimonio, minando tu confianza en mà y clavando varios puñales en tu corazón. Mandé al traste lo que tenÃamos, lo que construimos juntos a lo largo de los años... ¡Nuestra unión!
—Asà que entiendo tu sorprendida expresión y esa sonrisa despreciativa como respuesta a mis palabras. Me lo tengo bien merecido, Camilo, no te preocupes.
—Pero en serio amor mÃo, no fue el sexo con otros lo atractivo, aunque para ti, como hombre y esposo, eso sea crucial. Para mÃ, ese sexo fue simplemente una consecuencia fÃsica de los sentimientos que yo, embriagada por ese nuevo poder que sentà al poder defenderme por mà misma de los hombres malintencionados, fui construyendo para mà y esa otra mujer que vive en mi interior. Fue el poder de decidir qué decir y qué hacer, cómo hacerlo, cuándo y con quién. El dulce gusto de la sensación de tener el control sobre mi vida y usarlo en mi beneficio y con las armas que disponÃa en mi cuerpo, para influir en la vida de los demás.
—Pero también amor, debes saber que siempre, siempre fui consciente de que tú te habÃas ganado completamente mi corazón y que emocionalmente, yo solo era tuya. IncreÃble e inexplicable, pero es la pura verdad.
—Y antes de contestarle algo, Rodrigo, debà preguntarme si realmente serÃa capaz de olvidarlo todo, convivir y juntos, intentar superarlo. Pero... ¿SabrÃamos cómo hacerlo? ¿TendrÃa la suficiente fortaleza para entender sus motivos y perdonarlos?
¿Por qué razón? ¿Se sintió fuertemente atraÃda por ese individuo despreciable, siete damas, o por esa actriz de telenovelas? ¿Seguirá pensando en ellos? O simplemente... ¿Su mayor anhelo de sentirse poderosa y ser deseada por todos, se habÃa cumplido, y a pesar de lo que me dijo, volverÃa a sentirse completa conmigo y satisfecha a mi lado Ãntimamente, sin necesitar nuevas sensaciones en su vida?
—Y me visualicé en un futuro, viviendo nuevamente con ella, desconfiando cada dÃa. ¿PodrÃa resistirlo?, o serÃa mejor... ¿Vivir nuestras vidas amistosamente separadas? SÃ, esa era la cuestión por decidir, mi apreciado amigo. Para ella, no deberÃa haber más, aunque siga imaginándome a su lado.
—Supongo que te quedarás con nosotros por un tiempo, hasta que encuentres un lugar para ti. O si prefieres, podemos buscar una residencia nueva, o un apartamento en otra zona para que nadie de nuestro pasado pueda volver a incomodarnos, especialmente, esos dos tipos necios. —Interrumpió mis pensamientos.
—Por Eduardo, no te preocupes. Milton se encargó de averiguar sobre esos personajes, y él ha estado ingresado en una institución de salud mental durante cuatro meses. Al parecer, Fadia lo dejó allÃ, para que supere una esquizofrenia paranoica. No puede recibir visitas a menos que sea un familiar de primer grado. Ella vendió todo y se fue, suponemos que con su prima dichosa. Se marchó sin dejar rastro. Lo abandonó y desapareció. —Le relaté la situación y nos pusimos de pie para formar fila en la entrada.
—¿Y tus antiguas amistades? —Presioné un poco y ella me respondió al instante...
—Como te conté, nunca revelé mi verdadera identidad. Nadie tuvo mi número de teléfono personal, nadie que me siguiera en redes sociales conoció mi perfil real. ¡Ni él, ni ella! Desde que te fuiste, he vivido todo este tiempo sin la necesidad de saber nada de ellos. Te lo juro por la memoria de mi padre. —Respondió con determinación, y luego, con curiosidad serena, Mariana me preguntó…
—Hummm, ¿y qué asiento te asignaron? —Preguntó Mariana al dirigirse hacia la puerta del avión.
—No lo sé. ¡Este! –Le mostré mi pase de abordar. – Supongo que será al final, en la cola del avión.
—¡Qué lástima! Yo estoy en…
—Lo supongo. En primera clase, ¿verdad? —La interrumpÃ.
—Me miró un poco triste, y tras saludar al sobrecargo cortésmente e ingresar a la cabina, y antes de separarnos, se acercó a mà y en voz baja me preguntó...
—Cielo... ¿Crees que puedo cambiar?
—No lo sé, pero es mejor que lo intentes y que este viaje de vuelta para ambos no se convierta en otro error. —Me tomó del antebrazo y, muy cerca de mÃ, me dijo en voz baja...
—Jajaja, no mi amor, no me referÃa a eso, sino a mi ubicación en el avión.
—No creo, todo está completo. Tuve suerte de encontrar un cupo. Igual podemos aprovechar para descansar un poco. No he dormido nada, y al igual que tú, se me están cerrando los ojos.
—Está bien. Pero amor... Quiero que entiendas que no habÃa nada mal en ti y que no fue culpa tuya. No te faltaba nada y no estaba hastiada contigo; no fallaste emocional ni económicamente. Si te fui infiel, fue por un deseo reprimido, algo infantil al principio. Después... Después descubrà que querÃa más, obteniendo un beneficio egoÃsta adicional. ¡Fuerza! Mi amor. Una poderosa sensación de dominio se apoderaba de la mujer que conocÃas, la que tanto querÃas y cuidabas, pero surgió de mà de repente, esa diosa oculta que mantuve olvidada durante años, sin dimensionar el daño que te causarÃa a ti, a mÃ, a nuestro matrimonio.
—Una señora con dos niños pequeños y tres maletas de mano nos interrumpió...
durante unos momentos, caminaron por en medio de los dos, buscando luego sus respectivos asientos.
—Por supuesto, cariño, no miento al afirmar que disfruté de ese poder adicional, al tener a otra persona que, al igual que tú, se fue enamorando de mÃ. Bueno… ¡De esa otra versión de mÃ! Pero, además, debes saber que, asà como disfrutaba espiritualmente, también lo sufrÃa, ya que mi amor siempre ha sido para ti. A pesar de que esta blanca rosa tuya transmutara a roja por la pasión, sin que tengas desconfianza, al dejarme tomar dÃa tras dÃa por el tallo, por pura vanidad, yo te clavaba estúpidamente mil espinas.
—Ya estábamos causando demasiada incomodidad, y el sobrecargo claramente querÃa interrumpirnos, cuando sonó su teléfono. Dudó un breve instante, pero finalmente contestó la llamada sin darme la espalda, por lo que pude escuchar toda la conversación.
—… ¿Hola? ¡Julián? ¡Julián, casi no te escucho!
—… ¿Qué? ¿Dónde estoy? Pues… En el aeropuerto.
—… ¿Qué? No, no, no estoy en El Dorado… Estoy en… En el aeropuerto de El Hato, en Curazao. Y no. No he revisado los mensajes en el móvil. ¿Por qué lo preguntas?
—… Después te lo explicaré. Mejor dime, ¿qué sucede con Mamá?
—… No, no. ¡Maldición! Yo… Cuando esté en Bogotá, voy a resolver algunas cosas y dejaré a Mateo con… Con su papá.
—… ¡SÃ, claro! Me apresuraré todo lo que pueda. En cuanto esté listo, te daré los detalles del vuelo. Ok. Y dile a mi mamita que la quiero mucho. ¡Que mantenga la esperanza, porque estoy segura de que Dios la sacará adelante de todo esto! Ok. Un beso, hermanito.
—Otra vez viendo sus ojos azules, las lágrimas empezaron a brotar. No tuvo que decirme nada. Lo supe de inmediato. Al verla desconsolada, la abracé y simplemente le dije que todo saldrÃa bien. Ya habÃa tomado la decisión después de la conversación que tuvimos, mientras llegaba en taxi a la cabaña, y al parecer el destino también jugaba su papel para que regresara a cuidar a Mateo mientras su madre debÃa estar con la abuelita Panchita.
—Mi cliente y amigo dio dos sorbos largos a su cerveza, y ambas quedaron al mismo nivel.
—La felicidad de Mateo al vernos llegar juntos a casa no se puede imaginar. No le habÃamos dicho nada para que fuera una sorpresa. Esa misma noche montamos su pequeña tienda de campaña, con los planetas coloridos estampados, en medio de la sala y dormà junto a mi pequeño, abrazándolo, con la mitad de mi cuerpo fuera de la tienda, y asegurándome de cubrirme bien los pies, ya que sentÃa frÃo, a pesar de tenerlos casi pegados a la chimenea encendida.
—Al dÃa siguiente, Mariana gestionó los trámites necesarios y consiguió un vuelo para Dallas, a media tarde. La acompañamos al aeropuerto, Iryna, Natasha, y Mateo siempre en brazos. Ahora estoy solo con mi hijo en casa, esperando que la salud de mi suegra mejore, para que Mariana pueda regresar lo antes posible, ojalá antes de fin de año, y asà finalizar nuestro divorcio en enero próximo, cuando abran los juzgados, para poder irme a trabajar a Qingdao. Tienen un proyecto gigante entre manos, para trabajar con los contenedores marÃtimos y desarrollar un innovador escenario deportivo.
—Vaya con ese problema del cáncer. Esperemos que su suegra se recupere pronto y que su esposa pueda regresar para resolver ese tedioso asunto. Es una pena que se acabe asÃ, pero es una decisión sabia. Estoy seguro de que le irá bien en China, arquitecto. Y no se preocupe por su esposa, ella sabe valerse por sà misma. ¡Todo estará bien!
—Lo sé, Rodrigo, lo sé. Mariana ya me demostró que no es tan frágil como una flor.
—Claro, ella es tan delicada como una bomba nuclear. ¡Jajaja!
—¿Pedimos otra ronda? ¿O tiene prisa?
—Bueno, como dirÃa Rodrigo… ¡Pidamos la última, qué demonios! Total, Mateo está con sus primos, su tÃa y mi madre.
—¿Necesita que lo lleve de vuelta a casa más tarde?
—No, gracias. ¡Traje el Audi!
—¿Por fin se lo prestaron, eh? ¡Jaja!
—Ja-ja-ja-ja. Qué gracioso.
-Fin-
… «Si uno de vosotros juzga a la esposa infiel, que también el corazón del marido pese en la balanza, y mida su propia alma con cuidado.»
Gibran Khalil Gibran – El profeta.
Todos los derechos reservados.
Queda prohibida su reproducción total o parcial.
Bogotá – Colombia.
Noviembre 20 del 2021