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Mensaje al autor de «La sala de pruebas (madre e hijo)»

La sala de pruebas (madre e hijo)

Tras la extenuante rutina en el gimnasio y considerando que ya tengo 56 años, me encamino hacia las duchas en busca de un baño reparador. Mientras el agua recorría mi cuerpo, mi mente se veía invadida de pensamientos: el trabajo, el hogar y, sobre todo, el encuentro de hoy con un colega. Pero de forma más apremiante, debía plantear a mi marido la finalización de nuestra relación, que él mismo se empeñó en destruir hace aproximadamente año y medio.

Lo que más me atormentaba era lo que ocurriría esta noche en mi primer encuentro con Ángel, quien me propuso salir, aunque aseguró que sería solo para tomar algo. A mi edad y a la suya, sabemos perfectamente cómo acabaría eso, sobre todo considerando la falta de intimidad que he estado experimentando.

Mientras reflexionaba, sin darme cuenta, me descubrí acariciando mi zona íntima, completamente húmeda tanto por fuera como por dentro. Incapaz de resistirme, cerré la cortina y me entregué a la tarea de proporcionarme placer estimulando mis labios y clítoris, llevándome así a un orgasmo reparador en poco tiempo.

Una vez vestida, llamé a mi hijo para que me acompañara a comprar ropa y luego almorzar juntos, propuesta que aceptó con gusto.

Nos encontramos en la puerta de una tienda de ropa femenina. Lo vi aproximarse con paso pausado y tranquilo, con su estatura de metro ochenta y cinco, luciendo una remera que dejaba entrever sus bien formados bíceps y un trasero firme, fruto de sus rutinas en el gimnasio, así como un prominente bulto que se insinuaba bajo sus pantalones deportivos.

Tras un efusivo abrazo y un beso en la mejilla que me ruborizó, entramos al establecimiento. Debo admitir que mi hijo demostró gran paciencia mientras seleccionaba las posibles prendas a adquirir. Le llevé al probador vestidos, pantalones, remeras, medias, zapatos y zapatillas, sin olvidar la ropa interior sugerente, por si acaso surgía algo interesante esa noche.

Cada conjunto de prendas lo sometía a su criterio, convirtiendo la experiencia en una hora de tortura para mi hijo, quien, sin embargo, se mantuvo estoico, dándome su aprobación en cada elección hasta que dimos con una combinación juvenil e informal que se adaptaba a unas zapatillas blancas tipo tenis.

- Mamá, agradece que soy tu hijo, de lo contrario, ¡me casaría contigo! Eres hermosa, tienes un cuerpo espectacular y emanas dulzura.

- Gracias, pero seguramente lo dices porque soy tu madre.

- No es así en absoluto. Incluso con tu edad, estás más atractiva que una mujer de veinte o veinticinco años.

- Hijo, ¿qué cosas dices...?

Los halagos hicieron que me sintiera excitada nuevamente. Hacía tiempo que no recibía comentarios de ese tipo, pero... él es mi hijo. ¿Ideas insensatas de mi mente o quizás no tan descabelladas?

- Bien, cariño, ahora me probaré la ropa interior.

- Claro, mamá, te diré cómo te queda.

- No aquí, ¿cómo se te ocurre verme así?

- Mamá, te he visto tantas veces...

Se retiró sin más preámbulos. Me dispuse a probarme la lencería, pero ninguna me convencía. Sin más opciones, llamé a Julio.

Al entrar al probador, sus ojos se abrieron como platos al verme luciendo una diminuta tanga que apenas se perdía entre mis glúteos y una pequeña prenda que marcaba la forma de mis labios sobre mi recién depilada zona íntima, notando cómo su miembro crecía gradualmente. Mi deseo se intensificó al mismo tiempo, humedeciendo de forma visible aquel diminuto trozo de tela que apenas me cubría.

No hubo lugar para dudas en ese instante: nuestras manos buscaron lo deseado, nuestros labios se unieron. Bajé ligeramente su pantalón y bóxer, liberando así el prominente miembro que Julio guardaba entre sus piernas. La tanga cayó al suelo y, con determinación, me giró para inclinarme mientras sus manos sujetaban mi cintura.

Con la libertad tapé mi boca mientras introducía de una sola vez todo ese cuerpo venoso, largo y grueso que se perdió con facilidad dentro de la encharcada vagina; con vigorosos empujones me hacía sentir su presencia en el interior, percibí cómo se inflamaba más ahí dentro, palpitando la inminente llegada del semen que impactaría en mis entrañas, primero finalizó Julio, al sentir ese semen caliente, mi organismo no dudó e hizo lo suyo, dejándole saber a mi hijo que mi orgasmo fue intenso, cuando abrí mi boca de forma descomunal y le mordí los dedos.

Apenas terminábamos de vestirnos cuando la vendedora se asomó y con una mirada cómplice al ver nuestros cuerpos agitados y el rubor en el rostro dijo en tono pícaro.

- ¿Terminaron? ¿Ya se probó la ropa?

Tomando el tanga y el corpiño, dijo entre risitas y oliendo la prenda.

- ¿Lleva esta no?

Luego de pagar salimos tomados de la mano sin pronunciar palabra, algún beso que otro perdido por ahí, me hizo caer en la cuenta que no fue un sueño.

Coronamos el mediodía con el almuerzo prometido hablando de cosas cotidianas, sin mencionar nada de lo sucedido debido a la cercanía de la gente que estaba en mesas contiguas.

Debo reconocer, cada vez que Julio rozaba mi mano con la suya mi vagina volvía a palpitar, creo que se lo hice saber cada vez que mis ojos se ponían casi blancos de la excitación que me producía su cercanía y esa mirada esmeralda penetrante que tiene.

Subimos al vehículo y tomamos la salida del estacionamiento, el rumbo no era el que yo había hecho tantas veces, dio vueltas en varias esquinas y tomó por una avenida por la que no transitamos muchas cuadras, pues en el primer letrero de hotel alojamiento giró a la derecha y estacionó en la cochera de una de las tantas habitaciones, justo la número sesenta y nueve, (los vicios), más que sorprendida estaba excitada, mi vagina destilaba fluidos y, hasta humedecieron la entrepierna de mi pantalón y nuevamente su gran verga estaba en alto, orgullosa, gallarda. No quise perder la oportunidad, de un tirón bajé un poco el pantalón y me zambullí para engullirla, cosa que me costó, nunca había tenido dentro de mi boca algo tan grande, lo escuché gemir por primera vez, sentir el sabor de su líquido preseminal en mis papilas me hizo mojar aún más, pasaba mi lengua de su cabeza hasta sus testículos y volvía a introducirla, no con menos dificultad. Ya mi excitación era tal que la necesitaba dentro de mí, nos apresuramos a descender del vehículo para ingresar a esa habitación que sería testigo de nuestro consentido incesto.

Casi arrancándome la remera y el corpiño, fue besándome el cuello, bajando de a poco por mis laterales y abdomen, lo que hacía poner a mi piel totalmente erizada, qué habilidad tuvo para desnudarme por completo y hundir su mano en mi chorreante entrepierna, me tomó de allí y mi espalda depositándome en la cama, sin dejar de besar mi piel se fue acercando a la entrada de la vagina, para comenzar a hurgar en ella con su lengua.

- Por favor Julio, qué placer me estás dando, hacía tiempo que no sentía esto que pasa por mi cuerpo y mi mente ahora.

- Me alegro mamá, disfruta al máximo.

Lo dijo sin separarse mucho de mi concha ardiente, su aliento cálido al hablar justo ahí, me provocó un orgasmo muy intenso, que por más que lo hubiera querido ocultar no lo podría haber hecho, creo que mis gritos se deben haber escuchado en varios cuartos contiguos.

No podía creer que la verga de mi hijo me estaba dando un placer que no lo había experimentado en mis años de actividad sexual.

Ya tenía unas ganas irrefrenables que me cogiera, se lo hice saber dejó de chupar mi concha y siguió por mis tetas, estaba feliz viendo la boca de Julio succionar mis pezones, a la vez que su miembro hacía presión en la entrada, colaboré abriendo más las piernas para que pueda entrar toda, sentí un poco de

angustia combinada con placer al desaparecer totalmente en mi interior

Entre gemidos y gritos, le pedí una vez más...

- Penétrame fuerte, mi amor, con fuerza, quiero recuperar todo el tiempo perdido, lléname con tu semen, hazme sentir quién es mi hombre.

Comenzó con embestidas intensas, las que tanto me gustan, volví a sentir esa sensación abrumadora, su pene se inflamaba cada vez más, y al solo anticipar lo que vendría, tuve otro orgasmo intenso, casi al mismo tiempo que él; mi vagina se contraía y succionaba el miembro de mi amado hijo como queriendo extraer hasta la última gota de su ardiente semen.

Continuamos nuestra actividad sexual hasta altas horas de la noche, solo nos faltó la práctica anal, no me atreví aún, ya que exploramos todas las posturas que conocíamos.

Al salir del hotel y dirigirnos a su departamento, le pedí que se detuviera de inmediato, tomé mi celular y llamé a Ángel.

- Hola Ángel, debo disculparme, esta noche no podré salir contigo, surgieron unos asuntos importantes con mi hijo, ya solucionamos dos, espero que podamos seguir trabajando en ello durante la noche.

- Claro mamá, sin dudas seguiremos trabajando en ello.

Nos mirábamos y nos reíamos en silencio como dos jóvenes.

- No te preocupes, espero que lo puedan arreglar, hay tiempo, la salida queda pendiente.

Colgué y nos dirigimos a su departamento para "resolver" varios asuntos durante toda la noche.

Al día siguiente, antes de marcharme, me dijo:

- Mira mamá, revisa en el reverso del recibo de la ropa.

En la parte posterior, con una caligrafía muy ordenada, decía:

“Sofía, (número de celular), cuando deseen…”

Pero esa, esa es otra historia.

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