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Infiel por mi responsabilidad. Prostituta por obligación (41)


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Falta, penitencia y purificación.

—Siempre soñador y entusiasta con tus planes, las finanzas no te inquietaban tanto. En cambio, a mí los números se me han dado bien, y al trabajar como asesora comercial, el ojo por el dinero se me agudizó aún más. Por eso, amor, cuando más cerca estabas de alcanzar tus metas, después de la fiesta de despedida de año en la constructora, a la que por motivos obvios no fui, primero por cuidar la tos de Mateo, y segundo, para no arruinarlo si veías cómo me acosaba José Ignacio, para sacarme a bailar, o alejarme de la multitud, hacia algún rincón oculto, días después, después del almuerzo, tomando un café para ella, y mi delicioso cappuccino de vainilla, Carmencita me informó sobre la verdadera situación financiera de la empresa.

Camilo presta atención a mis confusas palabras, ya que quizás esto no lo esperaba y de inmediato, su mirada de resentimiento hacia mí, pierde su calma y se intensifica, echando al mismo tiempo hacia atrás, cabeza y pecho.

—A duras penas, sobrevivía económicamente. Mucha inversión, y los beneficios esperados, se retrasaban notablemente. Préstamos de aquí y de allá, no parecían augurar tiempos prometedores. Es por eso, cariño, que te postergaban mes tras mes esa reunión que anhelabas con tanta ilusión, para nombrarte socio de ellos, aunque según llegó a escuchar Carmencita, la mayoría de la junta directiva, al principio se opuso a la idea. Sin embargo, para don Octavio, el socio fundador, tu proyecto hotelero y ecológico, era innovador y con un futuro prometedor a medio plazo. Pero al no contar con un flujo de efectivo disponible, para pagarte la cantidad que pedías por tus diseños, la solución más factible era remunerarte con acciones, e integrarte a la junta directiva.

—Ella me confirmó que, en Cartagena, se encontraba la clave para equilibrar las finanzas de la constructora, y de paso, vislumbré la posibilidad de que lograran cumplir tus sueños, si finalmente se conseguían compradores para el último de los Pent House de la primera torre, y en el primer nivel, el de un local lo suficientemente amplio, como para albergar allí, a una gran cadena de tiendas de ropa.

A Camilo se le caen los brazos, y su boca bien abierta, queriendo expresar algo que no debe ser otra cosa más que un entendible… «¡No lo puedo creer!», se mantiene a escasos treinta centímetros de mi rostro. Esta actitud suya, tan afligida, tal vez se deba a que también estaba siendo engañado por ellos.

—Por este motivo, mi amor, me dediqué a investigar con el director de ese proyecto en la costa atlántica, los valores de venta máximos y mínimos, las características de los alrededores para aumentar su exclusividad, así como los planos y las perspectivas, para mostrarlos en el listado de los clientes que el magistrado me había proporcionado, y ofrecerlos en mi perfil falso de Instagram.

—Es cierto que logré convencer a algunos de ellos para que adquirieran nuevas residencias de descanso en Peñalisa, pero a muchos otros, los paisajes, el clima y las instalaciones, no les interesaron. Los percibían como muy comunes, con demasiada «multitud». Esos pocos deseaban ser admirados y envidiados por sus amistades, al residir en un lugar mucho más exclusivo, privilegiado y más privado. Y mi objetivo era establecer una conexión entre esas personas, algunas con el capital necesario, y el ego inflado hasta las nubes, para convertirlo en dueño de un lujoso y bastante caro apartamento con una de las mejores vistas de La Heroica.

—¿Es verdad lo que me estás diciendo? —Precediendo a su respuesta, Mariana, se aferra con la mano derecha al borde de la bata que me cubre,

Suprimo la separación y me coloco a su lado, con su cabeza descansando en mi pecho, buscando consuelo en los latidos de mi corazón.

—Por completo de acuerdo. En cualquier instante puedes confirmarlo con Carmencita. Al igual que nosotros, ella también dejó su empleo en la constructora. No soportó la presión que recibía, y... Reveló que nos ayudó, y por ende, también ayudó a Eduardo a ocultar nuestra relación amorosa, y accedió a colaborar con mi ingreso de manera fraudulenta. Renunció ese mismo día. ¿Tienes su número? Porque yo sí lo tengo. Si lo necesitas, puedo proporcionártelo.

—Claro que lo tengo. —Respondo apartando brevemente su cabeza para poder ver la sinceridad en sus ojos. Mariana exhala el último humo de su cigarrillo agotado por la nariz, liberando también la última bocanada que, seguramente, había impregnado sus pulmones de humo.

—Resulta que el juez Archbold fue informado y me llamó. Porque... ¡Uf! Estaba ocupada con María del Pilar, por eso no atendí su llamada y así contactó al maldito de Eduardo, quien no tenía idea de mis intenciones y vino a buscarme por la noche a nuestra casa. Nos encerramos los dos en el estudio para tener privacidad mientras tú jugabas con Mateo en la sala de estar.

—Delante de él, contacté al juez, quien me recriminó por no haberle proporcionado la información primero y celoso porque dos colegas de la corte habían mostrado interés en hablarme, expresó su deseo de conocerlo, ya que se iba a realizar pronto una convención de jueces y abogados de Latinoamérica en Cartagena. Junto con Eduardo, planeamos un viaje a La Heroica, incrementando su interés y alimentando su ego al decirle que al concretar esa venta, junto con la del local en el primer piso, a la cual posteriormente dedicaría toda mi atención con algunos conocidos de mis hermanos, podríamos destacar tanto en la constructora que él podría ascender en la gerencia nacional de ventas y yo ocuparía su lugar en Bogotá y la región central.

—Ingenua de mi parte, no lo vi venir. ¡Te lo juro por lo más sagrado! Solo quería ayudarte. Pero resulta, cielo, que Fadia resultó ser muy amiga de un familiar de la esposa del fundador de la constructora. Sin embargo, dentro de la junta directiva existía cierta desconfianza debido a su exagerada homosexualidad y su vida soltera y disoluta. No estaban interesados en establecer vínculos con él, a pesar de sus buenos contactos en el mundo de la moda y especialmente con los inversionistas de una multinacional española. El negocio necesitaba un impulso urgente, o... un trueque, si así prefieres llamarlo. Tanto Fadia como Eduardo volvieron a sacar provecho de su posición y de las circunstancias. —Camilo, manteniendo sus manos en mis mejillas, me mira fijamente con inseguridad, sospechando de nuevo que yo pudiera haber ofrecido algo más.

—El trasero virginal de un joven vendedor, deseado en secreto por el primo de esa mujer, desde que lo conoció en un concierto al que asistió Nacho con su querida Grace, era lo que ese representante del grupo inversor extranjero ansiaba probar. Pero, además de la excelente comisión, a José Ignacio se le planteó la oportunidad de exigir, a cambio de ceder, encontrarse allí en Cartagena, junto a su muy nombrada pero desconocida novia. —Le aclaré finalmente.

Mariana mantiene la mirada fija, sin pestañear, confiada en sus palabras. Sin embargo, en su rostro se vislumbran rastros de desaliento mezclados con profunda tristeza.

—No tenía conocimiento de ese acuerdo. Fue hecho a mis espaldas mientras intentaba conseguir de forma honesta algún interesado en el local comercial, pero el elevado costo impedía a los amigos y conocidos de mis hermanos adquirir aquel inmueble. No fue,sino al llegar a la torre de departamentos en Cartagena, acompañada por Eduardo, el juez y el gerente de la zona norte, cuando me enteré de esa otra mentira de Fadia, y que incluía a José Ignacio, a la esposa de don Octavio, y por supuesto a su pariente homosexual. Los vi en el estacionamiento del edificio y la sorpresa no fue solo mía, sino que también se notó en el rostro de José Ignacio al verme allí, tan bien acompañada.

Al parecer, los dos percibimos que la temperatura de esta mañana y de nuestra conversación, está aumentando. En su frente y en mi espalda, en el puente de su nariz y debajo de mis patillas, el sudor en pequeñas gotas brota, y por esta razón nos separamos. Mariana se me adelanta, y busca frescura dentro de la habitación, encendiendo el aire acondicionado. Me quedo de pie, un paso adelante del marco de las puertas ventana, observándola beber un poco de agua.

—Durante la presentación del apartamento, el juez comenzó a poner objeciones al negocio. La disposición de las luces indirectas en el salón y las de la cocina, por ejemplo. Lo reducido de uno de los baños adicionales, el que estaba a mano derecha de la entrada. O la tina de masajes en la alcoba principal, que no le parecía acorde al color de las cerámicas de las paredes. Y cosas así. Como todo comprador quería un descuento, pero la cantidad que ofrecía era ridículamente inferior a lo acordado en Bogotá. En serio me sentí frustrada y el mal genio se fue instalando, junto a un molesto dolor, en el centro de mis sienes, pues esa oportunidad de negocio, por su arrogancia, se estaba yendo al traste. Eduardo lo notó de inmediato, e intervino por unos momentos, hablando en privado con el juez. Al rato regresaron a la terraza donde los esperaba, ya un poco más calmada. Sonrientes los dos, dijeron al mismo tiempo mi nombre, y con su brazo extendido hacia mí, el juez Archbold, estrechando mi mano me dijo…

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—Ten paciencia jovencita, y no apresures a la vida, pues hay que vivirla con prudencia. No intentes controlar los granos de arena que se precipitan por el angosto cuello del reloj de los años, y mejor marca a esos días y a las noches, tu propio tiempo. Avanza a tu ritmo, mujer. Elige bien los caminos que te lleven al éxito, y no desestimes las oportunidades que se te presenten. Ilusiónate con el panorama que se abre ante tus hermosos ojos, para lograr finalmente tus objetivos. Yo, jovencita, puedo guiarte hacia él, si llegamos a un acuerdo adicional que, por supuesto, no está escrito.

—Camilo… —murmura Mariana, encorvada, dándome la espalda y rebuscando en el interior de su bolso negro, hasta dar aparentemente con lo que buscaba. Al darse la vuelta, observo que sus finos dedos, se esfuerzan en destapar por un extremo, una barra de chocolate blanco. Lo extenuante de esta expiación, le ha causado hambre.

—¿Quieres? —Y se acerca caminando despacio, atenta a los dos cuadraditos blancos con arroz crujiente del extremo, separándolos del resto. Estiro mi mano para recibirlos, pero la suya evita la mía y sus dedos llevan la chocolatina directo a mi boca, se sonríe y corta otros dos para ella.

—Le dije…: Estoy vendiendo un departamento exclusivo, adecuado para su imagen y su estilo de vida. –Intervine, sospechando la interferencia de Eduardo en el asunto. – ¡Estaría usted mejorando ese aspecto, impactando con seguridad a tanta gente importante que le sigue! La exclusividad que en Peñalisa usted no halló, aquí en este sector de Cartagena la podrá obtener. —Muerde una de las esquinas y de inmediato, lo mastica y lo disuelve con un sorbo de agua, directamente de la jarra.

—Y por vecinos no se preocupe. Dos expresidentes de la nación, dos pisos más abajo de este Pent House, vienen aquí con cierta regularidad. Un famoso jugador de fútbol, que tiene residencia en un país europeo, pasa sus vacaciones con toda su familia, aquí en las fiestas de fin de año, y sería el más cercano.a usted, ya que reside en el piso más alto del edificio contiguo. Sin embargo, dicho espacio carece de la hermosa vista hacia la bahía que, como ha podido apreciar, sí tiene el que pronto estará en su poder.

—Puede que tengas razón, señorita –me respondió con su habitual tono de voz, el de alguien acostumbrado a dar órdenes–, pero a esa exclusividad que me ofreces por estas frías y vacías paredes, podrías sumarle un poco del calor de... ¡Tu intimidad y agradable compañía! Si estás interesada en cerrar el trato al precio original acordado en Bogotá, sin descuentos ni más objeciones, y con la aprobación de tu jefe, por supuesto me encantaría que esta noche, para celebrar, me acompañes a cenar de manera aburrida con otros miembros de la corte, y luego, sí, salgamos a tomar algo en una discoteca de tu elección, para después permitirme disfrutar de tu hermoso cuerpo en la habitación de mi hotel. —Así, querida, mi cuerpo se volvía a poner en oferta, ya que mi transformación en una apariencia blanca, rubia y con curvas, como tanto le gustaban al magistrado, despertó en él la lujuria, y su imagen de respetable representante de la ley se desvaneció ante la solución sexual que Eduardo le presentó en privado.

El dulzor de su pequeño regalo, que no mastico y dejo deshacer en mi lengua y bajo el paladar, ahora me deja un sabor amargo tras escuchar cómo volvía a entregarse a un hombre mayor y desconocido.

—Su mano derecha, con la piel ajada, me raspa el mentón con el dorso y se inclina para besarme suavemente en los labios, sellando así el trato, al cual no me resistí. No evité sus labios gruesos, ya que, pensando en el futuro y en ti, me prometí mentalmente que sería la última vez que participaría en algo que tanto me atormentaba. —Y en la mano izquierda de Camilo, extendida y cóncava, la frente completamente sudada apoya en su palma, y solo logro escuchar su... ¡Maldita sea la vida!, como una exclamación.

—En la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos, sentados frente a una mesa redonda después de desayunar, se concretó la firma del contrato de compra-venta, sellando así mi compromiso de ser su adorno, embelleciendo su corpulencia con mi nueva apariencia, al mismo tiempo que iluminaba su sombra con una sonrisa fingida.

Conmocionado, Camilo se deja caer en el sillón y con una mano sobre su cabeza, tal vez imaginando mi recorrido, se agita desesperadamente la melena, intentando comprender mi situación de prostitución.

—Esa tarde del viernes paseé con él, tomada de su brazo, por las calles cercanas, hacia las plazas de La Independencia y de Los Coches, incluso actuamos como una pareja de amantes desiguales en edades y colores de piel, por el centro histórico. Por la noche, tuvimos una cena con algunos de sus colegas y sus compañeras femeninas, todas alquiladas al igual que yo. Salimos a bailar a Getsemaní, primero a un lugar y luego a otro, después de unas copas, expresó su cansancio y me fui con él a su hotel.

—Me prostituí nuevamente, aunque al alquilarle mi cuerpo para lograr esa venta, lo hice con el firme propósito que me había marcado como meta, para que, al final, tanto tus sueños como los míos se hicieran realidad. Sí, Camilo. Me acosté con ese anciano, obligada externamente pero motivada internamente por la idea de que, a largo plazo, ambos seríamos felices, aunque yo lo padeciera. Sí, mi amor. Lo sufrí, aunque pueda no parecerte así. ¡Por primera vez, pasé la noche con otro hombre que no eras tú!

Camilo decide levantarse y sus pasos, con el peso de mis malas decisiones arrastrándose en cada pie, lo llevan hacia el balcón. Con furia toma la botella de tequila de la mesa redonda y bebe de un trago lo que quedaba en ella. Me mira, bufando como un toro de lidia, se acerca a mí. Con sus labios ya no tan secos, pero con sus ojos marrones muy abiertos y brillantes, como si lanzaran chispas, furioso aprieta el puño, alza su brazo derecho y...

Se desplaza en el aire, delante de mi rostro. Aprieta sus dientes y se reprime. No obstante, con este gesto, me muestra toda su animosidad y desilusión hacia mi franca pero necesaria sinceridad.

—¿Qué fue lo que acabo de escuchar? ¿Pasaste toda la noche con ese anciano embaucador por mi culpa? ¡Maldita embustera! —Mariana se sobresalta ante mi repentino enojo, adornado con mis palabras gritadas, y con los brazos en equis protegiendo su rostro, creyendo que la lastimaré, entre sollozos termina diciendo...

—Te llamé. Quería hablar contigo. Necesitaba escuchar tu voz, para encontrar en tus palabras la fuerza necesaria para afrontar la perfidia de mis acciones, pero no tenías señal o tenías el teléfono apagado. Llamé tres veces o más a tu número y al no obtener respuesta, hablé con Naty, ya que Iryna tampoco respondía mis llamadas. Estabas enfermo, constipado y con escalofríos.

—Tranquila, Meli. - Me dijo Naty, aliviando un poco mi preocupación. - Sabes cómo son los hombres, especialmente él. Estará bien bajo el cuidado de mi madre. Y por Mateo, no te preocupes, junto a la niñera lo llevaremos al parque en un rato. ¡Disfruta y envíame muchas fotos!

—Tres noches y dos días sin tener noticias tuyas, y cuando podía, me informaba sobre tu salud con Iryna o Naty, además escuchaba a nuestro hijo contando sus aventuras, acampando en la sala con sus peluches y las historias de terror que le contaba Naty mientras comían aperitivos y la gaseosa prohibida antes de dormir.

—Básicamente, ¿insinúas que te acostaste con ese anciano en Cartagena para que la constructora recuperara parte de su inversión y así yo pudiera avanzar con mi proyecto? ¿Quieres transferirme la responsabilidad de tu absurda decisión? ¡Mariana, por favor! ¿Realmente crees que alguien más que tú se cree esa historia?

—No. No, claro que no. Pero habría sido honesta contigo si me hubieras consultado antes. Sinceramente, Camilo, piénsalo. Si estuvieras en mi lugar, por hacer realidad mis sueños, habrías sacrificado tu sensatez y te habrías entregado por mi bienestar.

—Te equivocas, Mariana. Buscaría otra solución, no haría lo que hiciste tú. No habría traicionado ni vendido mi integridad por alcanzar mis metas. Todo lo que perdí, tú lo comprendes ahora.

—¿No harías nada? Permíteme decirte que sentí que se me escapaba la oportunidad de deshacerme de Eduardo y obtener beneficios para la constructora y así pagarte por tus diseños. Dejarme manipular por otro hombre en esas circunstancias era la opción más lógica, aunque siguiera siendo deshonesta contigo.

—¿La última vez? Mariana, por favor. ¿Realmente creías que después de todo eso podría confiar en ti? —Ella ignora mi pregunta y continúa con su relato enojado.

—¿Crees que fue fácil para mí? Hice todo eso porque me importas, sacrificándome por tu futuro, intentando que te cumplieran.con esas sugerencias. ¡Si no deseaban aceptarte como socio, al menos que te retribuyeran generosamente por tus ideas! Por eso, los cuatro cócteles Margaritas que consumí, y una botella de Old Parr a medio terminar para él, los cuales fueron el preámbulo de ese único y amargo encuentro íntimo que tuve que tener con el magistrado, además de soportar su ronquido toda la noche como un oso en hibernación, no significaban nada para mí. Si ya lo había hecho anteriormente para complacer a otros… ¿por qué diablos no iba a ofrecer mi cuerpo una vez más, a cambio del bienestar de mi esposo?

— Muchas gracias Sor Mariana, por tu generosidad y dedicación hacia los demás. –Le respondo con sarcasmo y cierta amargura. – ¡No tenías por qué hacerlo, y punto! Nos habríamos arreglado. Yo habría encontrado otro empleo, o buscaría otra alternativa. No lo sé, Mariana, pero habría preferido mil veces pedir limosna en la calle por unas monedas, para llevar comida a casa, en lugar de que tú tuvieras que atravesar eso que llamas un tormento, arrastrando al mismo tiempo nuestro amor hacia lo más profundo de este infierno por el que estamos pasando.

Mariana emite un sonido nasal. Un silbido audible que surge tras inhalar profundamente para calmarse. Camina por el pasillo hasta llegar a la puerta y se gira lentamente; me examina detalladamente y luego regresa, levantando su mano derecha con el dedo corazón extendido y los dos dedos adyacentes doblados, clara señal de su frustración. De su boca entreabierta, no solo escapa el cálido aliento, sino que también intentan surgir sus "justificadas" explicaciones.

— Fue realmente un infierno, tal como dices. Tuve que acceder a ser su compañera de cama esa noche y, al día siguiente, dejar de ser su rubia asesora comercial para convertirme en la amante pagada que contrató para exhibir; sí, para pasearme a su lado y presumir frente a sus amigos de la sala constitucional, tanto en privado como por videollamada. Pero al avanzar el día, me volví... ¡Puff! Otra. ¿O la misma? Me transformé en la peor de las mujeres de la calle que se pudieran contratar en las esquinas del centro histórico. Eduardo llamó al magistrado para invitarlo a una fiesta especial en el lounge bar del edificio, organizada por la novia de José Ignacio para celebrar la concreción de ambos negocios, lo que significaba que muy pronto tu proyecto se haría realidad con esos ingresos, y yo veía cada vez más cerca mi libertad tan ansiada.

— Al llegar, la música de un conjunto vallenato llenaba el ambiente del lounge bar, interpretada por una mujer corpulenta pero con una hermosa voz. Éramos pocos: el gerente de ventas de la costa acompañado por una mujer, el primo de la señora Graciela, José Ignacio, Eduardo, el magistrado y yo. El Dj, bastante joven, preparaba su consola y demás equipos. Al verlo, pensé de inmediato que tal vez era menor de edad. Una joven con mitad del cabello teñido de rojo cereza y la otra mitad de azul glacial servía las bebidas en el bar y se las pasaba a un mesero delgado y canoso. No había más personas.

Camilo vuelve a sumergirse en los abismos de su mente, reflexionando sobre todo lo recién escuchado, jugando con su anillo matrimonial, estirando la cadena dorada, balanceándola ligeramente, para luego colocarla nuevamente en el centro de su pecho.

— Bailamos algunos temas con el magistrado, –continúo narrando– tomé algunos cócteles, y en un momento dado, cuando el Dj cambió la música por algo más contemporáneo, Nacho me invitó a bailar, lo cual pareció molestar al comprador del local, pero fue tranquilizado por la risa contagiosa de Graciela y la oferta, en una bandeja brillante, de una montaña de polvo blanco y una delgada hoja de afeitar. Justo al lado, en una pequeña mesa, varias latas de bebidas energizantes y... varios condones. Por supuesto que conversamos mientras bailábamos, acerca de nuestro inesperado encuentro en Cartagena, nuestras razones respectivas y, obviamente,

lo particular de viajar sin haber sido informados por Eduardo.

—Y ahí, sin culpar al alcohol, aunque contribuyó en algo, pronto comprendí mi posición en esa situación. José Ignacio se enredaba con krippy junto a esa mujer y el comprador del local, mientras Eduardo esnifaba cocaína junto al magistrado, y yo cambiaba las copas de champagne Dom Perignon por aguardiente antioqueño que tomaba el primo de Grace, y de mis cigarrillos blancos a un poco de marihuana, que me ofreció José Ignacio.

—Después todo se descontroló. En un descuido vi cómo dentro de la piscina, ya desnudos estaban Nacho, su famosa novia y el primo de ésta. Abrazados los tres, besándose entre ellos. Eduardo se mantenía un poco apartado, recostado en una silla reclinable y el magistrado Archbold metía una pastillita azul en su boca, y la acompañaba con un trago de esas bebidas con cafeína. En el salón, el gerente de ventas y la mujer que lo acompañaba, felices bailaban una canción romántica de la fallecida Celia Cruz.

—El olor muy fuerte a marihuana invadía mis fosas nasales, y las inhalaciones de humo denso, irritaban mi garganta. Y de mi maravilloso vestido magenta y con lentejuelas doradas, alquilado en un local de Boca Grande, –para esa noche especial– pasé a quedarme en ropa interior en medio de todos ellos. Con..., tomé unas líneas de cocaína y…, a partir de ahí tengo recuerdos confusos, pero…, sé que me perdí. Me extravié completamente. Me olvidé de ti.

—¡Pero no te escapes, que de todas formas te vamos a intimidar! —Me gritó de manera vulgar pero entusiasta, con su mirada perdida y su andar ebrio, al salir ella de la piscina y con su piel brillante, dejando caer gotas de agua al suelo, se acercó a mí, con malas intenciones y yo, retrocediendo, fui agarrada por los brazos morenos del magistrado, y luego... Todos reíamos por igual, hasta que… ¡Ocurrió!

—Esa boca tan grande se acercó a la mía, y sus labios carnosos, como ventosas atraparon de inmediato los míos, con pasión y deseo. En un momento dado, –sobrepasando los estridentes sonidos del acordeón y el contagioso ritmo de la guacharaca, un cúmulo de emociones y gemidos de placer surgieron de otras gargantas. A dos metros de distancia, dos cuerpos ya se enlazaban, al borde de la piscina, y sus gemidos y lamentos, dirigidos hacia nosotros dos, lograron excitarme y permití que desabrochara mi brasier.

Como relámpagos errantes, iluminando en la oscuridad de mi mente, las imágenes a todo color del informe, se aglomeran y posteriormente se dispersan, iluminando mi desdicha al confirmar Mariana con esas palabras, su última y extravagante entrega, que según ella, lo hacía por mí.

—Excitados por la desnudez de tantos cuerpos, ebrios y drogados, varios se me acercaron, y me acariciaron… ¡Demasiadas manos! Entre ellas, las de Grace, la esposa de don Octavio, la famosa novia de José Ignacio. Cercanos mis pechos a sus no tan firmes senos, y casi arrastrada, besando mi cuello me acercó a una silla de playa. Pero no fui yo quien la ocupó primero. Le ordenó al magistrado que fuera él quien se sentara primero. Con nerviosismo y menos desafiante, obediente cumplió su deseo. Dándole la espalda, levanté una pierna, y apoyé la otra en el borde de la silla de plástico, y luego me senté sobre… Sobre el abdomen del magistrado Archbold, estirando mi espalda sobre su pecho.

—Se movió mucho, y se quejó por no haber esperado lo suficiente para que su pastilla de sildenafilo hiciera efecto. Pero riendo, agarró su miembro con sus dedos y me penetró. Y ella, esa mujer riéndose, se lanzó a lamerme, a chuparme allí, en mi entrepierna, mientras miraba de cerca, en primera fila, cómo me penetraban. Yo… Aquella sensación de su lengua explorando alrededor, me excitó mucho, más de lo que en ese momento pudiera imaginar, pero también disfruté al ver.

Cuando Nacho se posicionó detrás de ella y, de repente, comenzó a tener relaciones con ella sin titubeos. Después siguieron más besos, caricias, entregas y propuestas, de los cuales experimenté todos. Lamentaré para siempre, estando tú lejos de mí, y yo, aún profundamente enamorada de ti!

Con exagerados gemidos de dolor leve tras cada embestida, y con ruegos lastimosos para que no se detuviera y ambos llegáramos al clímax al mismo tiempo, -real para el juez- un poco fingido para mí, la mentirosa experta, tu pareja infiel, logré que, para él, la fiesta terminara, hora y media después de haber comenzado.

Todo concluyó a medianoche, y para Eduardo, eternizar el momento de nuestro éxito se convirtió en una obsesión ridícula. Mientras los demás se vestían, allí junto a la piscina, nos empujó a ese abrazo que a ti te pareció tan romántico y que, por otra estupidez de mi parte, terminé por besar a José Ignacio delante de Eduardo, justo cuando mi ángel guardián tomaba otra maldita foto, una imagen distorsionada de lo que estaba viviendo. Regresé sola en taxi a mi hotel, después de dejar al juez en el lobby de su hotel, rechazando su solicitud de quedarme esa noche con él.

Al día siguiente, por la tarde en el aeropuerto para tomar el vuelo de regreso a Bogotá, me encontré con José Ignacio en la sala de embarque. Su vuelo estaba a punto de despegar, el mío lo haría una hora más tarde. Con algo de vergüenza y timidez, tocamos el tema de la orgiástica fiesta. Me preguntó por mi cliente, con algo de celos en sus palabras. Contesté brevemente sobre él y sus actividades. Tanto José Ignacio como yo sabíamos que habíamos hecho el negocio de nuestras vidas. Su comisión era un poco mayor que la mía, pero eso era lo de menos, ya que para mí, lo más importante se había logrado. Con las ganancias de esas ventas, es muy probable que la junta directiva tome la decisión de convertirte finalmente en socio o, por el contrario, revocarte los derechos sobre tus diseños.

¿Así que todo terminó así? ¿Tan sencillo fue para ti? Te bañaste, te vestiste y regresaste a mis brazos ese domingo por la tarde... ¿Como si nada hubiera pasado, como si todo ya fuera parte de tu rutina diaria? ¿De verdad, Mariana? ¿No sentiste ningún remordimiento hacia mí? Jajaja, obviamente que no, ya que se te ocurrió la genial idea de llamarme el domingo a las nueve y media, saludar primero a Mateo y luego contarme, muy feliz, tu exitosa negociación, sin pelos en la lengua, pidiéndome que el tonto te recogiera en el aeropuerto, dándome el número de tu vuelo y la hora aproximada de tu llegada, para después ir a comer crepes y waffles al centro comercial y celebrar en familia tu nuevo logro. ¡Vaya cómo eres, en serio!

Camilo está muy enfadado, con razón, aunque sin comprender del todo, resopla y quiere intervenir, ya sea para recriminarme o maldecirme, pero no lo permito y opto por rogarle por una nueva tregua.

—Espera, cariño. Todavía no he terminado. Permíteme hablar y escúchame con paciencia. —Y obediente, decide sentarse en la silla, con los brazos cruzados, concediéndome los minutos necesarios para que pueda terminar de explicarme.

No fue tan sencillo actuar delante de ti como si nada malo o terrible hubiera ocurrido en Cartagena. Esa noche, encerrada en el baño de nuestra habitación, me desvestí deseando darme una buena ducha con agua caliente. Te escuché. ¡Claro que te escuché! Golpeaste con los nudillos la puerta que nunca habíamos cerrado, y por eso me preguntaste angustiado... "¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal, mi amor?". Siempre tan cariñoso conmigo, tan preocupado y atento.

Mientras el agua caía sobre mi cabeza, deslizándose por mi espalda, no te respondí,

No lo intenté, me era imposible dirigirte la palabra ya que sollozaba sin control. Esa es la verdad, mi amor. En mis oídos resonaban sin cesar los murmullos de aquellas voces, sus gemidos, los sonidos sobrenaturales y sus risas enfermizas. Recordaba las imágenes de todas esas manos, apretando mis pechos, o recorriendo mis costillas, además de esas bocas devorando mis pechos, humedeciendo mis pezones, mientras dedos y lenguas se alternaban para acariciar mi intimidad, prolongando esos momentos indefinidamente para excitarme sexualmente. No quería reconocer cómo me entregaba de esa forma, pero sentí placer y eso me generó una sensación desagradable en el estómago y mucho más en mi perturbada consciencia.

—¡Repulsión y asco! Hacia mí, hacia él, hacia todos ellos. Incluso las nalgadas que me enrojecieron el trasero, propinadas por el juez, o las groserías con las que se refería a ciertas partes de mi anatomía, no consiguieron incitarme a alcanzar un orgasmo satisfactorio. Su peso sobre mí, tan abrumador que llegué a sentirme sofocada, comprimiendo mi abdomen con su prominente barriga y mi capacidad para respirar... Me torturaba, y al verlo retorcerse con sus manos callosas apretando mis pechos y de forma inadvertida, mi interior, percibí en sus gestos de placer y en el brillo de sus miradas lujuriosas, el reflejo de mi propio infierno.

—En esos momentos de soledad, en los que pensaba que no estabas cerca para evaluarme con tu penetrante mirada, solo deseaba encontrar una forma de alejarme de Eduardo. Anhelaba bloquearlo y apartarlo de nuestras vidas... Sin que sospecharas la causa ni descubrieras las verdaderas razones... Llegué a desear su muerte. ¡La de los dos! Incluso la de Fadia. Sin embargo, ella no se dejaba ver. ¿Marcharnos de nuevo? Era imposible, pues tu sueño estaba a punto de concretarse y yo no sería quien pusiera obstáculos en tu camino para impedir que se hiciera realidad. Aunque... ¡Maldita sea! Al final, lo hice.

—Debería aguardar a que mi propuesta de promocionarlo ante los directivos, a través de Carmencita, tuviera éxito, al igual que mi nombramiento como nueva jefa de ventas. Por lo tanto, debía mantener el silencio y aparentar que no ocurría nada malo conmigo, y seguir adelante con mi... ¡Actuación! Por lo tanto, simulaba estar bien, pero nadie sabía el miedo que se había arraigado en mi interior. Carecía de amigas de confianza en quienes apoyarme. Excepto Iryna, no había nadie a quien confesarle esta carga. ¡Y no, cielo, no me juzgues de esa manera! Tú, a pesar de ser el más confiable, eras también el menos indicado. Por eso, al regresar a casa, me esforzaba por hacerlos felices todo el tiempo, y en los momentos en que podía quedarme a solas, reflexionaba... ¡Pensando en todo!

—En nuestra habitación, con tu cuerpo reposando de lado y ya dormido, a mí, en cambio, me costaba conciliar el sueño. Me pegaba a ti, rodeando con mis brazos tu figura tranquila e inocente, y yo, sintiéndome culpable... ¡Me separaba! Me daba la vuelta y arreglaba la almohada. Con calor, sacaba las piernas de bajo las sábanas e incluso llegaba a considerar cambiar el colchón, culpándolo de mis noches en vela, y entonces me volvía a girar, contemplando tu silueta, respirando pausadamente del lado derecho y sintiéndome indecorosa, como si con mi presencia allí, tan próxima a tu izquierda, manchara con el tono de mi piel nuestra pulcra cama matrimonial.

—Trataba de mantener los ojos cerrados, pensar en otras cosas y contar ovejas... Inútil. Recordaba las noticias del día, los chismes de famosos o la subida del dólar que beneficiaba las exportaciones, e incluso me aprendía las fechas de pago de los servicios públicos; visualizaba de nuevo el consejo de una famosa youtuber -soltera pero famosa- desacreditando la monogamia y promoviendo la diversidad sexual. ¿Es posible el placer sin amor? Meditaba en todas esas tonterías porque al cerrar los ojos, el sueño no llegaba, recordando...que por mi imprudencia fui forzada a decepcionarte.

—Entonces, tanto tú como los demás, no se percataron del desafío que significaba levantarme después de apenas dormir, y liberarme de las sábanas con una sonrisa en el rostro al recibir tu beso matutino y tu habitual "te amo", para luego preguntarme con cierta extrañeza... ¿Descansaste bien? Y yo, con otro beso, una sonrisa y un fuerte abrazo, te contestaba... ¡Impecablemente! Todo con el propósito de tranquilizarte.

—Deseaba sentirme poderosa ante ellos, Eduardo y José Ignacio. Escapar de su obsesivo deseo de ser el "número uno" en la gerencia de ventas del país, y que ninguna de sus burlas hacia mi apariencia o forma de vestir me mantuviera atada a mi escritorio. Si lograba doblegarlos a mis caprichos, estaba segura de que nadie más tendría el poder de controlarme y herirme, excepto tú, con tu estricta rectitud. Si podía someter a esos dos, entonces podría hacer lo mismo con los demás. Y eso, mi amor, solo me incumbía a mí.

—No busqué placer en esta absurda travesía, ya que contigo lo tenía multiplicado hasta el infinito, gracias a tu dedicación como esposo, padre ejemplar y amante excepcional, acompañado del sincero amor que siempre mostrabas en tu mirada cada vez que estábamos juntos. Sin embargo, debo confesar que en algunas ocasiones encontré algún tipo de satisfacción en el camino. Aunque incluso con... con ella. Si bien era similar en la superficie, era diferente en su esencia. No sé si puedes entenderme sin estar dentro de mis pensamientos. Contigo me sentía segura, podía moverme en la oscuridad e incluso caminar con los ojos cerrados. Para mí, la confianza es sinónimo de amor, y tú eres mi amor, mi vida.

—A pesar de verme reflejada en espejos de lugares lejanos y ajenos a mi hogar, como una mujer despreciable, y a pesar de negociar acuerdos con labia y favores bajo distintas condiciones, fui capaz de mantener mi dignidad. Aunque para ellos pudiera ser una simple asesora comercial, una seductora interesada o una dama refinada que sellaba tratos.

—Todos ellos, incluyendo algunos pretendientes en las redes sociales, perdieron la batalla por conquistarme, a pesar de sus esfuerzos. Ni regalos, flores, palabras bonitas ni promesas de viajes lograron opacar el amor que sentía por ti, por nuestro hijo, por mi hogar y por permanecer a tu lado como tu dama. Yo decidía qué dar, cuánto aceptar y qué esperar a cambio. Aunque al principio fue Eduardo, quien intentó seducirme con un irresistible paquete de regalo.

—En la intimidad, ya sea en la cama, en un sillón o sobre una suave alfombra, siempre me sentí como una dama y así fui tratada. A pesar de las dulces palabras de otros intentando seducirme, fueron tus palabras susurradas a mi oído las que me conquistaron sin esfuerzo, junto con tus múltiples muestras de respeto y cariño, hacia mi hijo y exclusivamente para mí. Gracias a ello, me sentía completamente tuya y enormemente feliz de compartir cada día a tu lado.

—¿Qué me sucedió? ¿Por qué insistí en desviarme de un camino tan hermoso? Sinceramente, no lo sé. "¡Mucho dulce empalaga, y una pizca de sal, da sabor a la vida!", me dijo una vez Fadia mientras me preparaba para otra cita de negocios. Aún no logro comprender por qué no me detuve al principio. Qué me impulsó a seguir adelante sin objeciones. Quizás necesitaba algo más y me sobraban tus cuidados y cariño, tal vez al caminar sola aprendí a vivir plenamente, con heridas en mi autoestima causadas por ofensas y golpes a mi confianza.

—Experimenté cómo era sentirme hermosa y deseada con cada paso que daba fuera

de mi hogar, y cautivar con la malicia reflejada en una mirada, la aceptación para suscribir un acuerdo, y controlar con un simple cruce de piernas o un pícaro movimiento de mis pestañas, la negociación de los clientes que pretendían ser exigentes. Nada seduce más a un hombre, o a una mujer, que aparentar inocencia, pero combinada con un toque de deseo, en un abrir y cerrar de ojos o de piernas, convertir un posible no, en una sumisa afirmación.

—Eres un ser maravilloso, y tan dedicado en tus atenciones hacia Mateo y hacia mí, como difícilmente encontraré en otra persona. Valorizo tu esfuerzo, tu valentía y la paciencia en escucharme. Percibo claramente que tu intención inicial era concederme tu perdón, pero entiendo que con todo cuanto has escuchado y que ha salido sinceramente de mi boca, no lo lograré y tendré que regresar a Bogotá, sola, incumpliendo así la promesa a nuestro hijo. Ahora, Camilo, solo aguardo que pronuncies tu frase preferida: ¡Lo que no sirve, que no estorbe!

—¿Has concluido? —Y Mariana, se acomoda ligeramente de lado, en la esquina izquierda de la cama, asintiendo con la cabeza.

—Bien sabes mi opinión al respecto. Nada concluye, no se acaba y, por el contrario, continúa el ciclo. Claramente, no retornaremos a lo mismo, a sentir de igual modo, a vivir de forma similar. Desde el principio de nuestro noviazgo habíamos pactado, y reiterado poco antes de nuestra boda, que si surgía entre nosotros algún conflicto delicado, una discusión aparentemente insoluble, dialogaríamos primero, escucharíamos con atención y tras reconocer nuestras fallas, –dándole la razón opuesta– concluiríamos dándonos un tierno beso y un afectuoso abrazo, pues nunca las discusiones serían más importantes que el amor que nos teníamos.

—Por todo lo compartido, no estoy seguro de si fuiste consciente de tus verdaderos deseos. Tenías en tu interior, y quizás aún permanece arraigado en tu mente, el anhelo de sentirte dominante con tus amantes y sumisa ante mí para equilibrar tus emociones. A mi parecer, disfrazaste esa fantasía con una lucha de poder y de géneros. La mujer equilibrada y comprensiva, confrontada con la necedad del hombre. Aunque llevabas una vida satisfactoria a mi lado, en lo más profundo de tu ser anhelabas vivir de forma más aventurera e impetuosa.

—Lo sé, Camilo, lo sé. Me esforcé por perfeccionar mis habilidades, cuidar mi aspecto físico y renovarlo en cada encuentro con algo distinto, no solo en la apariencia o en los peinados, sino con nuevas técnicas íntimas y presentándome como una agradable acompañante, no solo por el beneficio financiero, también por mi deseo de ser reconocida como la mejor vendedora de la constructora, superando a José Ignacio, rompiendo sus récords y logrando que gracias a mi esmero, le confirieran a Eduardo la dirección general de la comercialización de todos los proyectos de la constructora a nivel nacional. Para librarme de él, para que me dejara tranquila, y así por fin, obtener la libertad de estar contigo, de forma exclusiva y alegrarme por tu ascenso en la constructora, como socio, haciendo realidad tu sueño, concretando el complejo hotelero, reutilizando esos contenedores usados y bajo tu buen criterio, con tus propias manos, darle una nueva oportunidad al material usado para lucir, albergando los sueños y los amores de cientos de personas que buscarían un merecido descanso.

—A pesar de escuchar todo lo mencionado, exculpando en cierta medida tu accionar por la presión obligada que ejerció Eduardo y su esposa sobre ti, y al escucharte tan arrepentida, ahora sí me preocupa tu estado emocional. Si ya está todo dicho, considero que es momento de retirarme. —Me acerco al mueble, dándole la espalda, ante su mirada inquisitiva por naturaleza, le comento…

—Bueno, si ya no guardas más sorpresas por ahí, creo que esto es tuyo. Ya no me pertenece. Haz con esto lo que prefieras.

creas. —Y desde el interior de mi morral, saco el archivador rojo con el cual, sorprendido en un principio, me enteré de la verdadera situación por la que atravesaba yo, aparentemente, ordenado universo.

Asombrada, se endereza para recibir el archivador, con la boca abierta sin poder cerrarla. Primero mira el archivador y luego me observa a mí. Una vez más, su llanto se hace presente y en su rostro de asombro, noto también su angustia y su quebranto.

—¿Co... Cómo es posible? No es posible, Camilo. ¿Quién... Quién te lo entregó? —Inquiero, entre mi angustia y mi enojo, primero con la persona que se lo entregó, –incumpliendo aquella promesa– y luego con mi esposo, por provocarme dolor al contarle en detalle todas las miserias de mi pasado, teniendo conocimiento de mi deshonestidad, repaso mentalmente la escena del despido una y otra vez, sin tener idea de quién me traicionó.

—¡¿Quién fue?! Dime Camilo. ¿Quién rayos me delató?

—Resulta Mariana, que unos minutos después de que te marcharas a tu reunión con la junta directiva, recibí una llamada de don Octavio mientras terminaba de afeitarme.

—¿Camilo? Hijo, me encantaría que me acompañaras a desayunar, y además, podemos tratar un tema importante para ambos. ¿Conoces el restaurante del centro financiero? ¿El ubicado en la última planta de la torre «C»?

—Nunca he estado allí, pero sé dónde queda. Dame unos cuarenta minutos y llegaré. ¿Te parece bien, don Octavio?

—Perfecto hijo, te espero. —Respondió con total naturalidad y luego cortó la llamada. No pensé que hubiera algo sospechoso. Quizás quería hablar en privado sobre los trámites que estaba realizando en la gobernación para la licencia de construcción, o algo por el estilo.

—Terminé de vestirme apuradamente, opté por cambiar mi chaqueta de jean azul por uno de mis abrigos largos, considerando que lucía más formal y acorde con mi camisa a cuadros de algodón con colores claros, mis pantalones negros y mis botines azul petróleo.

—Al entrar al restaurante, le informé al anfitrión el motivo de mi visita, y él me llevó de inmediato a su mesa. Estaba solo, tomando jugo de melón, tranquilo. Insistió en que tomara un vaso también, ya que, según él, era bueno beberlo en ayunas para neutralizar la acidez estomacal.

—Desayunábamos tranquilamente, él a medio terminar su ensalada césar y yo mis anillos de calamar apanados, cuando empezó a alabarme sin dar ninguna pista ni causarme alarma.

—Camilo, hijo. Eres un hombre íntegro y un excelente arquitecto. Soñador como todos los que amamos construir con nuestros sueños, los de los demás. A menudo, hombres como tú y como yo, acostumbrados a ganarnos la vida visionando un mejor futuro, debemos luchar contra las poderosas razones y nuestras pasiones ardientes.

—Justo cuando comenzaba a probar su caldereta de cangrejo y yo mi «Pirarucú Acevichado», comenzó una charla filosófica sobre nuestras labores como arquitectos y diseñadores sin darme indicio alguno.

—Luchamos incansablemente, sin descanso, a veces incluso varias noches seguidas, con el objetivo de fusionar de la mejor manera posible lo artificial con lo natural. Considero que es el principio más importante para nosotros, los constructores. Anhelamos embellecer el mundo, sin dañarlo ni menospreciarlo.

—Como sabes, nuestros espíritus creativos y armonizadores desean aprovechar los paisajes para ornamentar nuestros espacios creados y así brindar mayor comodidad y felicidad a lo que más valoramos, como a nuestros cuidados diseños. ¿Estoy en lo cierto, Camilo? —Asentí sin decir nada debido a que tenía la boca llena, y él continuó.

—A pesar de nuestros esfuerzos, a menudo no logramos equilibrar con nuestra razón y dedicación todas las necesidades.ocultas al resto de las personas. Esa forma de vida apasionada y aventurera, que algunos de nuestros clientes, generalmente los más cercanos y selectos, no encuentran en todo lo hermoso y cómodo que les hemos proporcionado, y que, a pesar de eso, encuentran aburrido y desean cambiar. Y no podemos con todo, a pesar de nuestros esfuerzos.

—Y ya en la parte de los postres, concluyendo tanto él como yo, nuestros Pralinés de almendras, terminó por decirme…

—Para nuestro propio beneficio, es crucial que la excelencia de nuestras creaciones, sobre todo en nuestros proyectos de vida, se mantenga sin decaer y que alejemos, de manera contundente, las tentaciones de las pequeñas victorias que nos ofrecen, las cuales, aunque sumen, no reflejan la totalidad de la grandeza de nuestros esfuerzos.

—En efecto, Mariana, no era la primera vez que compartía el desayuno con él. Sin embargo, esa mañana, al hacerlo solo y prestando atención, sospeché que algo estaba ocurriendo. No algo malo, simplemente pensé que, durante ese desayuno, él me anunciaría que finalmente me convertiría en socio de su empresa constructora.

Inocente, ingenuo. Cuando el camarero llegó con la cuenta, él me dijo sin cambiar su expresión…

—No obstante, a pesar de apreciar profundamente su admirable labor y su dedicación incansable a esta empresa, debo informarle que lo estamos despidiendo, pero antes de hacerlo, quisiera entregarle esto. Sacó un sobre blanco de su portafolio y al entregármelo comunicó su decisión.

—Por razones internas que no le conciernen, llevamos a cabo una investigación en el departamento comercial y descubrimos que usted y su esposa, la señora Melissa Mariana López, mintieron, según consta en este certificado de matrimonio. Ella se unió a la empresa contraviniendo las normas establecidas, que usted también aceptó al firmar su contrato laboral, el cual prohíbe las relaciones sentimentales entre los empleados. Y usted, estimado arquitecto, ya estaba desempeñando sus funciones para nosotros. ¿Me equivoco, Camilo? Me quedé atónito, probablemente pálido y completamente desconcertado, Mariana.

—¿Es así, Camilo Andrés? —Insistió nuevamente, esta vez con un tono más autoritario en su voz.

—En efecto. Sí, señor. —Respondí, muy nervioso, sin duda, pero al mismo tiempo tratando de organizar todas tus últimas acciones, buscando el fallo que pudiera haber desencadenado una investigación. La falta de ventas no era la razón. ¿Dinero recaudado que no fue ingresado correctamente en la tesorería? Tú no tendrías necesidad de estar implicado en un robo o desfalco. ¿Qué otra cosa podría ser? ¿Cuál era la causa de que finalmente descubrieran nuestro engaño? Y no encontraba la respuesta, Mariana. Pero no tuve más tiempo para reflexionar, ya que él continuó diciéndome…

—Sus diseños arquitectónicos se llevarán a cabo, pero sin su supervisión. Otras personas se encargarán de ejecutarlos. Es posible que, así como yo, sea responsable en mayor o menor medida de lo ocurrido, y aunque me he opuesto a su despido, no puedo ni debo saltarme las normas que ayudé a establecer para favorecerlo. Por ello, la junta directiva ha decidido pagarle la cantidad de dinero que inicialmente pidió para cederle su proyecto hotelero. Este acuerdo, firmado por usted con anterioridad y que mantuvimos en pausa, guardado en uno de los cajones de mi escritorio mientras evaluábamos la viabilidad del proyecto y su posible inclusión en la empresa, será ratificado ante notario la próxima semana. Además, en el departamento de recursos humanos, Carmencita le hará entrega de sus prestaciones laborales, así como de una carta de recomendación por su dedicación y excelente desempeño.

—Al revisar el sobre, confirmé que contenía las copias del precontrato que habíamos acordado por mis diseños, los cuales le cedía a cambio de la suma de dinero que consideraba justa por mis noches sin dormir, y con la cual, elfuturo formativo de nuestro hijo, estaría completamente garantizado hasta que escogiera, siendo más mayor, qué carrera le agradaría estudiar en la universidad.

—No disponía de mucha más información o acciones ante la prueba presentada por don Octavio, y me retiré de ese restaurante, reflexivo e inquieto, por conocer de ti y cómo lo hubieras interpretado. Asimismo, con deseos de encontrarme con Eduardo para exigirle aclaraciones.

—Al abandonar la oficina de recursos humanos, escoltado por el jefe de seguridad, y despidiéndome cordialmente de una Carmencita, llorosa y preocupada, pasé a recoger todas mis pertenencias, excepto los planos digitalizados, las perspectivas, los esquemas de distribución, la lista de materiales requeridos, el estudio de color que me colaboraste a realizar para ambientar el exterior y los acabados de los contenedores, entregándoselos a una confundida Elizabeth, en mi despacho en el piso once. La pobre no sabía qué estaba ocurriendo y miraba a todas partes, donde los ojos de los ingenieros y sus secretarias, igualmente, mostraban sorpresa por mi silenciosa forma de alejarme de allí.

—Al llegar al ascensor fui interpelado por esa persona que, con su grave tono de voz, requería mi atención.

—¿Arquitecto?... ¡Señor!... ¡Por favor, don Camilo, aguarde! —Y ese grito hizo que accionara el freno de mis pasos, y le pusiera atención. Se situó frente a mí, colocándose entre el ascensor y yo, sujetándome por un brazo, para contener mis deseos de bajar a tu piso, y salir los dos de allí, despedidos pero juntos. No muy contento, pero con la serenidad interior de tenerte nuevamente, en exclusiva para mí.

—Don Camilo, disculpe que lo detenga de este modo, pero me gustaría que me escuchara antes de... Señor, pienso que es mejor que no busque a su esposa ahora. —No comprendía por qué me alentaba a que no pulsara el botón del ascensor todavía.

—De todos modos, ella ya abandonó las instalaciones, sola y por sus propios medios.

—Mejor dicho, don Camilo, lo que sucede es que... Yo conozco algo que usted desconoce y es... Es mejor que usted conozca algo antes de ir a buscarla. Permítame que lo acompañe hasta el sótano, y allí le cuente.

—Pero... ¿¡Qué ocurre Milton!? Permítame seguir que estoy apurado. Necesito ir en busca de mi mujer, debe estar destrozada con todo esto. —Y en ese momento se abrieron las puertas del ascensor y mantuvimos la mirada entre ambos. La mía con claros signos de interrogación. La suya, con la frialdad de siempre.

—Bien, Milton, ya estamos aquí, dígame qué está sucediendo, pero rápido porque me tiene intrigado y para ayer es tarde. Además, debo buscar a alguien más.

—Tendrá tiempo para eso, créame. Pero antes, arquitecto, pienso que debería echar un vistazo a este informe. —Me contestó y después de chequear a su alrededor, apoyándose en una de las anchas columnas de cemento, debajo de su saco, llevando ambas manos hacia su espalda, sacó una carpeta roja y me la entregó. Aquella que tienes ahora en tus manos. Y del bolsillo trasero del pantalón, extrajo algo adicional y me dijo...

—Su esposa, la señora Melissa, no fue despedida solamente por su relación conyugal. Ella no solo traicionó a la empresa, sino también a usted. Lamento mucho arquitecto, créame. Conozco bien el calvario por el que pasará, después de leer y ver esto, porque yo lo he vivido. Su señora... Mantenía una relación secreta con un colega de trabajo. El arrogante ese, que se considera la última Coca-Cola del desierto, entre otras cosas. Aquí está todo. Podrá observarlo de manera más... ¡Clara!

—Y, me entregó esto también. Una pequeña unidad flash, que jamás fui capaz de insertar en el puerto USB de mi computador, para revisar lo que contenía. Supongo que... Con más evidencias visuales, de todo lo que me has dicho. ¡De aquello que no deseaba ver de ti! Es completamente tuya también, Mariana. Tendrás que decidir qué hacer con ella.

—¿De

¿Quién está hablando? ¿De qué se trata? —Pregunté intrigado, aunque ya tenía en mente el nombre de tu amante.

—La esposa lleva meses en una relación sentimental con José Ignacio Cifuentes, quien hasta ahora se encontraba con su amigo Eduardo y su jefe, quienes les pidieron que renunciaran. Sin embargo, si hubiera estado en mis manos, a ese par les hubiera tratado de forma más contundente, expulsándolos sin miramientos. Especialmente a ese individuo que gusta de involucrarse con las mujeres ajenas, destruyendo relaciones. ¡Incluso hizo lo mismo con María, mi pareja! ¡Ese hijo de…!

—¿María? ¿La esposa de…?

—Sí, exactamente. Los descubrí juntos en la cocina y... pero eso ya es pasado. Aquí tiene, arquitecto, lea esto antes de hablar con su esposa. Aunque sea doloroso, le abrirá los ojos y le ayudará a tomar decisiones para su futuro. Si necesita algo más, al final del informe encontrará mi número. Estoy dispuesto a colaborarle, especialmente con ese sujeto. Buena suerte, lamento informarle de esta situación ahora, pero no podía actuar antes.

—Lo sospechaba, lo sabía desde que lo vi allí, delante de la puerta cerrada de la sala de reuniones… lo presentí. —En ese momento, Mariana se incorpora de la cama y se enjuga las lágrimas con la mano, mirándome con tristeza y frustración.

—¿Y también sabías que tu amante te engañaba con la señora de limpieza? ¿La pareja del jefe de seguridad?

—No me sorprende en absoluto, ese rumor se escuchaba desde que empecé a trabajar aquí. Para él, cualquier oportunidad era buena. —Respondo a su pregunta malintencionada y me acerco para decirle unas palabras finales.

—Siempre nos supimos entender con solo una mirada, tanto en privado como en público. Sentíamos que el tiempo volaba cuando estábamos juntos. Ahora desearía retroceder y revivir los sinceros besos que dieron inicio a nuestra historia, que vuelvan a florecer en nosotros, que tu corazón siga latiendo por el mío. —Y, reuniendo valor, desato el nudo de la bata y dejo al descubierto mi cuerpo desnudo. Para...

—Todavía hay tiempo, amor. Podríamos... ¡Podemos estar juntos una vez más! Toma mi mano. ¡Siente aquí! —Coloca su mano en mi pecho, cerca de mi corazón, y luego me abraza, pero... ¿duda?

En sus brazos me siento protegido. Mi corazón se calma al ritmo del suyo. Pero desearía estar con él una última vez, sentir su presencia, disfrutar juntos. Sin embargo, Camilo no parece querer... ¿O sí? Quizás también anhela lo mismo, pero su orgullo herido le impide ceder. Por eso, apartándolo ligeramente, le digo...

—Cuando mi corazón deje de latir con fuerza cada vez que estés cerca, sabré que ya no me necesitas... Y cuando en mi mente, -y llevo su otra mano a mi frente- tu imagen deje de aparecer con frecuencia...

—O en esta zona, -y dirijo su mano para que me cubra con su palma...mi pelvis - ya no desee tocarme pensando en ti... Debo reconocer, Camilo Andrés, que... Que he dejado de amarte. Y ten la certeza de que en persona, como lo estoy haciendo ahora, te lo diré. Pero en este momento, al igual que en todos nuestros momentos anteriores, te aseguro que sigo amándote.

—Entiendo que no volveremos a ser... Que no seremos tan íntimos como antes, ya que hemos cambiado. A nuestra historia juntos, le hemos añadido capítulos nuevos, y no quiero pensar que hemos llegado hasta aquí, y que en esta habitación de hotel sin intimidad, quede escrita la despedida de lo que no pudimos lograr.

—Me hago cargo de mis acciones. Sé el daño que causé a nuestra relación. Todo lo que has sentido, todas esas emociones de tristeza, decepción y dolor, son responsabilidad mía. Agradezco que me permitas verte de nuevo, y sobre todo por escucharme como al principio, cuando éramos amigos. Necesitaba sincerarme contigo, liberarme de mis verdades. ¡Me has dado libertad!

—Continuaré con mi tratamiento, para sanar mi alma y superar la ansiedad que me estaba consumiendo al darme cuenta de que, en mi confusión, estaba perdiendo la felicidad que compartía contigo. He comprendido mis errores al ayudar a otros sin informarte. Me esforzaré por educar bien a nuestro hijo, pero necesito tu ayuda. Necesito que compartas tus valores morales y éticos con él, mientras yo restauro los míos con el tiempo. ¡Te quiero! Te quiero mucho, Camilo Andrés García Romero. Te quiero, amor mío. Estoy segura de ello, y no dejaré de amarte nunca.

—Mariana, sabes que te he amado desde que te vi por primera vez, arrodillada y agredida por tu exnovio cobarde. A pesar de seguir amándote, esta vez no puedo cumplir tus deseos. Ya no puedo hacerte el amor, adorarte como antes, después de confirmar todo lo que estaba en ese informe al cual me negaba a creer.

—Nos quedará recordar la última vez que estuvimos juntos, aquella noche que hicimos el amor.

—¿Te refieres a esa noche después de mi regreso de La Heroica? ¿Esa noche en la que, al salir del baño, me diste una infusión de manzanilla para calmarme? ¿Esa vez que lentamente me quitaste la bata y, al ver que aún llevaba puesto el sostén, soltaste un suspiro y rápidamente me lo quitaste, dejándolo bajo mi cuello? —Siento tu corazón latir a través de tu mano. También tiembla, pero no la retira de mi pecho.

—Desnudos, me miraste con emoción, no como ahora, pero en ese momento y sin previo aviso, besaste apasionadamente mis senos, succionando mis pezones como si te alimentaras de ellos. Mis pechos operados, bajo tus caricias, ardían, y te pedía que los humedecieras con tu saliva, o los succionaras con más fuerza. Quería que los mordieras suavemente, y me sorprendieras al golpearlos de nuevo con tus manos. Necesitaba el dolor para redimir mi última falta. Con tus dientes aprisionando mis pezones, comencé a excitarme y lograste que, sin tocarme, mi entrepierna se humedeciera y se deslizaran fluidos por mis piernas, abiertas para ti, expuesta y lista para recibirte. Quería que me penetraras con tus dedos o con tu lengua, preparándome para recibir tu deseo más profundo...

—¡Esa

De noche no! – Lo interrumpo. – La vez anterior solamente sentía una atracción por ti. Fue un acto sexual sin más. Era lo que deseabas sentir últimamente. Me estoy refiriendo al día previo a tu súbito viaje. Esa fue la última ocasión en la que hicimos el amor y sentí que estabas entregándote a mí con tu habitual ternura. Ese momento es el que debemos recordar con cariño en nuestra mente."

—Ahora es tarde, pasan de las diez. Voy a ponerme la ropa, y tú deberías descansar un rato. Supongo que tu vuelo es por la tarde. —Con cautela retiro mi mano de su pecho, ya que debo dirigirme al balcón para recoger mi bóxer, que seguramente ya está seco, del respaldo de una silla.

Mientras me acerco allí, vienen a mi mente algunas frases, un pensamiento que leí en su momento, aunque ahora no logro recordar exactamente ni el libro ni el momento.

"El amor no se demanda, no se ruega y mucho menos se mendiga, el amor se muestra en miradas, en caricias, en tiempo dedicado, en paciencia aprendida, en consuelo compartido, en risas que borran las tristezas y en abrazos que te reconstruyen, y en besos que te dan vida. ¡Perdóname, mi amor!

Escucho que habla, a pesar de hacerlo en un susurro, como si se estuviera diciendo a sí mismo. Hablándole a su propio corazón.

—¿Camilo? Cariño... ¿Estás pidiéndome perdón a mí? No, mi amor, soy yo quien tropezó en la misma piedra más de una vez, y por eso caí en sus manos.

—Sí, Mariana. También debo disculparme contigo, porque al escucharte y verte sufrir, me siento realmente mal. Fui un tonto al no darme cuenta de lo que estabas pasando, pero es que... te veía como siempre, a pesar del exceso de mimos hacia Mateo. O en las noches, eras más comprensiva, si me veías cansado, y más... agresiva de lo normal, cuando con solo mirarme, entendía que estabas deseosa."

—Aun así, cuando creías estar sola y sin que te dieras cuenta, en ocasiones te observaba y me sorprendía al sentirte distante y pensativa. Pensé que era por temas laborales, preocupaciones normales por tus negocios. Nunca se me ocurrió que estuvieras enfrentando esa situación sola. Lo liento muchísimo. Perdóname. ¡Debí estar más atento!

—No tienes por qué sentirte culpable, cariño. No tengo nada que perdonarte a ti. Fui únicamente yo la responsable. Desde un principio debí confiar en ti. Y ahora... Por supuesto que al venir aquí, esperaba que pudiéramos volver juntos. Aunque temía que ya te había perdido como pareja, como esposo, pero nunca como el padre cariñoso que eres y que tanto necesita Mateo. Sí, mi vida, por supuesto que quiero, –en medio de este dolor profundo–, que nos demos la oportunidad de reconstruir nuestra relación, de conquistarnos de nuevo, dejando todo en el pasado y estableciendo raíces en otro lugar, para amarnos. ¡Para amarte y respetarte eternamente!

Camilo termina de ponerse los pantalones cortos, y al escucharme, gira la cabeza para mirarme, sorprendido. Aunque veo que quiere decir algo con su expresión, me adelanto a su pregunta.

—Entiendo que me has perdido. Solo hablaba de un sueño, de una ilusión.

—El problema no fue el deseo de trabajar, Mariana. Fue por acceder a una petición ridícula, por un acto de poder inmaduro y casi adolescente que cometiste posteriormente y que fue grabado por alguien en quien confiamos y que se convirtió en tu perdición involuntaria y en la prueba de nuestra relación. —Me habla mientras abotona el tercer botón de su camiseta.

—Quiero que sepas que a pesar de todo, no te odio y nunca tuve la intención de lastimarte. Sentí miedo, Mariana. Miedo de estallar al enterarme de tu engaño, y hacer tonterías, lastimándote y perjudicando la imagen de padre amoroso que tiene Mateo de mí. —Ahora va hacia el cuarto botón, pero me mira directamente a los ojos.

—Al principio...

Por supuesto que contemplé, imaginé y visualicé la idea de estar siendo íntimo con ese individuo despreciable. Me sentí repugnado. Sin embargo, eso quedó en segundo plano cuando... Recordé las últimas semanas, ¿entiendes? Tus constantes viajes y tus llegadas tardías. Tus apresuradas caricias para calmar mi enfado y las frases... Tu expresión favorita para minimizar mis reclamos. Tu cuerpo "compartido" como dices, –y pongo la palabra entre comillas para dejarlo en claro– pasó a un segundo plano. Lo fundamental para mí era el sentimiento, tu amor y mi confianza. Y eso fue lo que me impulsó a marcharme. Ya te había perdido físicamente, por lo tanto, supuse que sentimentalmente también había ocurrido. Eras claramente prescindible en tu vida, necesitabas espacio para dedicárselo a él. Y me fui. —Termina con el quinto, sacude las mangas y revisa el bolsillo donde todavía se vislumbra la mancha.

—Interiormente, algo se estaba desprendiendo, dividiéndose desde hacía varios días en mi alma con tus comportamientos, –y ese viaje tan repentino, con un cliente especial a Cartagena– como si tuviera una estación de radio dentro de mi mente, pero al sintonizar el dial, sin encontrar la frecuencia deseada, solo podía escuchar entre el ruido de fondo una suerte de susurros, como advirtiéndome sobre mis desdichas. —Recoge su gorra y se la pone. El bolso igualmente se lo cruza sobre el pecho.

—¿Y sabes? Ni siquiera me sentí abatido por tener que dejar que otros materializaran mi sueño de construir el hotel ecológico, y más bien comencé a angustiarme por ti y por cómo lo habrías tomado. Te llamé en varias ocasiones, pero no contestaste. Tampoco lo hizo Eduardo y realmente me preocupé. Con mi idea plasmada en mis planos enrollados en tres tubos, el portátil bajo el brazo y la buena indemnización firmada y guardada en el bolsillo interior de mi camisa, me despedí agradecido, pero rápidamente, de las personas que trabajaron a mi lado y con Liz llorando desconsoladamente. Y salí corriendo hacia el ascensor para bajar al sótano, salir como una exhalación sin rumbo fijo en la camioneta, y comenzar a buscarte para consolarnos mutuamente.

—"¡Yo soy la verdad, que permanece en los labios que pregonan a los cuatro vientos que me han olvidado! ¡Yo soy la mentira, que se vislumbra en la sonrisa de aquellos que se enorgullecen de no haberlo hecho!".

—¿Qué? No te entiendo. Le pregunto, ya que honestamente no comprendo lo que quiere decir.

—¿Ah? Nada, nada. Solo una reflexión de Rodrigo, sobre la sinceridad de las personas. Aquellas que aseguran querernos tanto y las que, sin decirlo, lo demuestran más.

—¿Entonces, te marchas? ¿Ya no represento nada para ti?

—Sí, Mariana, me marcho. Pero quiero que entiendas que sentí mucha rabia y dolor, por eso me alejé. Los mantenía estancados, escondidos tan tranquilos en el fango de mi vida sin ti en esta isla. Sé que aguardas con resignación mi veredicto. Un perdón es lo que más anhelas de mí. Yo solo puedo ofrecerte más de mil. Pues eres la mujer a la que más he amado, y has tenido el coraje y la valentía suficientes, para venir a enfrentarme. Ese perdón que esperas de mí, y el que varios amigos me han solicitado que te otorgue, te lo concedo desde aquí, –me señalo la sien derecha– hasta aquí en lo hondo de este corazón, que no ha dejado de latir por ti ni un solo instante desde que te vi por primera vez, desde que me diste aquel, ¡Sí, quiero!, tan radiante, y por supuesto, desde que me entregaste con sufrimiento y amor, esa vida que tanto amo, y por la cual te sentía respirar, junto a mí, velando por su sueño y por los míos.

—Y el olvido que yo necesito, o la posibilidad de retroceder el tiempo, que estoy casi seguro de no lograr obtener, no lo alcanzaré si permanezco a tu lado. Eso llevará bastante tiempo, y tal vez nunca lo logre. No sé cómo seguiré sin ti en mi vida, si mi vida te la entregué el día que me rendí ante tus ojos, estos mismos que llorosos me miran ahora y que años atrás, en la habitación de un motel, me la pintaron de su precioso azul. Te amo, con toda mi alma.

pero debemos proseguir en direcciones separadas. Adiós.

—¡Detente! —Su grito me frena y al voltear, la observo rebuscando en su bolso personalizado.

—Este sobre me lo envió a casa, don Gonzalo. Es para ti. Desconozco su contenido, ya que está escrito en japonés, salvo por tu nombre y dirección. —Y se lo entrego en sus manos. Lo examina detenidamente y luego me dice...

—Jajaja, Mariana, es en mandarín. Gracias. Más tarde lo revisaré con detenimiento.

No puedo contener esta emoción y la abrazo. Sostengo su mentón con mis dos dedos y deposito en sus labios un suave beso, el cual mitigará por un tiempo mi soledad, las dudas de un futuro incierto, la constante ausencia de su voz y la mirada de esos ojos celestes que me enamoraron y que aún hoy, me enloquecen.

—Ahora debo retirarme, Mariana. Te amaré eternamente. Hasta la eternidad...

—¡Y más allá!, cuando nuestras almas se reencuentren de nuevo. —Concluyo su frase preferida y cierro mis ojos, pues no deseo que su última memoria sea la de Camilo alejándose para siempre.

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